El dictador momificado (tipos tópicos 4)

Por LUIS GRAU LOBO

He aquí un personaje universal y atemporal, un tipo tan tópico que se diría vulgar, un individuo común convertido en un lugar común. Todo empezó muy pronto, con pueblos prehistóricos que, queriendo enaltecerse a sí mismos, escogieron a uno de entre ellos para ser enaltecido en nombre de todos. Es un sabido recurso metonímico, al fin y al cabo lo anodino de la exaltación colectiva se torna brillo hagiográfico en la personificación de las gestas. No se libran ni los equipos de fútbol. El asunto tomó sus dimensiones mayores en las naciones antiguas: las pirámides egipcias se convirtieron de esta guisa en el prototipo de la perpetuación, de manera que aunque no conozcamos absolutamente nada del reinado, la personalidad o la obra de los faraones Keops, Kefrén o Micerino, sus nombres (esas etiquetas vacías) parecen sobrevivir al desgaste del tiempo, que según el proverbio teme a las propias pirámides. Sin embargo, podría argüirse que tan fastuosos monumentos, de cierta manera, representan también al pueblo que los erigió: las pirámides finalmente son, más que faraónicas, egipcias. Las cosas tienen una lectura muy distinta cuando esos mismos pueblos son gobernados despóticamente en momentos históricos en que la democracia como forma de gobierno fue hurtada por personajes que protagonizaron crueldades y tiranías sin cuento en regímenes dictatoriales y, por si fuera poco, pretendieron regalarnos un algo monumental destinado a conmemorar tan augustos procederes. Con fiambre dentro.

Da igual el tipo de tiranía, de Lenin a Franco el caso tiene las mismas intenciones y similares formalizaciones: un cadáver poco exquisito amparado por un espacio público notorio, bien visible y epicéntrico, un arracimarse de símbolos casposos en su torno, una profusión de vistosos pedruscos y épicas esculturas glosando las excelencias de su excremencia, etcétera. Ya sabe el sagaz lector veraniego a qué me refiero.

Como sucede con los trastos viejos e inservibles que llevan mucho tiempo con nosotros, hay un período en que no sabemos qué hacer con estos momios, dónde poner cenotafios, mausoleos y demás parafernalias mortuorias de gusto kitsch. Como la sevillana de plástico para el televisor cuando llegó el de plasma o el jarrón de colorines regalo de alguna tía, que primero se guardan en un armario, de ahí pasan al trastero y en alguna mudanza se pierde su pista, con suerte. Ese lapso dura más cuanto más perezosos e indolentes nos portamos. Sabemos que hay que tirarlo de primeras y, si el chisme es grande, con más razón, que así la casa respira y hay hueco para lo que importa. Las momias no traen más que polvo, suciedad y bichitos (algunos viajan desde lejos para honrarlas). Inmundicias.

¿A qué dedica el dictador momificado su imperecedero verano? Se tiende cara al sol esperando un año más que lo bajen al contenedor de una buena vez.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 22 de julio de 2018,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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