Olmedo Clásico 2018 / Nao d’Amores lo ha vuelto a conseguir

“Comedia Aquilana”, por Nao d’Amores. Fotografía: Pío Baruque Fotógrafos.

El espectáculo presentado por Ana Zamora al festival Olmedo Clásico, como ocurre casi siempre con esta directora, es una obra desconocida para el gran público. Pero coherentemente desbrozada, afinada y labrada hasta la extenuación aparece sobre las tablas como una pieza que brilla con luz propia. Comedia Aquilana de Bartolomé de Torres Naharro regaló a los espectadores un ramo de flores renacentista cargado de vitalidad, estética y pulida dicción, según se desprende de la crítica de José Manuel Fernández.

Por JOSÉ MANUEL FERNÁNDEZ

No es poca osadía lanzarse a montar una obra del Siglo de Oro: un buen porcentaje de los espectadores sigue mostrando cierto reparo a la hora de enfrentarse a un texto escrito en verso y con un lenguaje que dista mucho de ser el que hoy se habla de manera cotidiana. Pero ir más allá de un Lope o un Calderón y atreverse con autores anteriores al XVII resulta un acto casi suicida… del que Ana Zamora lleva escapando ilesa desde hace ya unos cuantos años.

Lo suyo son textos aún más raros, aún más desacostumbrados y con una forma de expresión aún más alejada de la actual. Pero aun así, una vez más, con Comedia Aquilana demuestra que es posible salir con bien de esta empresa.

El montaje que pudimos ver en la reciente edición del Festival de Olmedo tiene todos los ingredientes a los que nos tiene acostumbrados Nao d’Amores. De nuevo, vuelve a contar con músicos en directo que interpretan partituras de la época y que incluso interactúan en ciertos momentos con los actores.

Y de nuevo la escenografía y el vestuario, aun siendo sencillos, están cuidados hasta el extremo (en esta ocasión, inspirados ambos en las pinturas de Arcimboldo, el pintor de esos bodegones tan fantasiosos donde frutas y flores son como piezas de un puzle que forman rostros humanos).

La dirección es meticulosa pero apenas se deja notar, porque todo fluye de una manera muy natural y eso es digno de aplauso. Los actores están llenos de energía durante la hora escasa que dura la función (tampoco es mérito pequeño la labor previa para desbrozar unos textos que, representados en su integridad, quizá se nos terminarían atragantando) y manejan una dicción muy cuidada, a pesar de que se enfrentan a fonemas que hoy nos suenan muy extraños.

Que ¿de qué va la obra? Pues de qué va a ir. Del amor, con sus idas y venidas, con sus dificultades y obstáculos, con sus penas y alegrías. Del amor, que no ha cambiado tanto en este montón de siglos a pesar de muchos pesares. Es decir, trata de uno de los grandes (por no decir el mayor) tema del teatro. Y de la vida, claro. Porque ¿acaso no son ambos, vida y teatro, una y la misma cosa?

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*José Manuel Fernández
asistió al XIII Curso de Análisis e Interpretación actoral Fernando Urdiales, desarrollado en el marco del recientemente clausurado Olmedo Clásico.

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