Bar Corner

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

¿Qué le pasa a la niña con mariposas de este cuento? Nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, dentro de su sección “Trazos de sombra”, sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. / Ilustrado con una fotografía de ÓSCAR GARCÍA BÁRCENA.

BAR CORNER

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

La niña llegó a la terraza del bar Corner acompañada por su padre. Iba vestida con una sudadera de color rosa chicle, vaqueros y zapatillas azules con florecillas blancas que, como mariposas revoloteando, parecían seguir su movimiento inquieto de pies. Quizás fueran esas zapatillas mágicas lo que de primeras llamó mi atención, pero también algo de su apariencia corpulenta, torpe. Esa tarde de mediados de agosto se respiraba en el aire una corriente de nerviosismo alegre por la disputa del partido de la Supercopa que, cuando la niña hizo su aparición, llevaba más de media hora comenzado –ya Diego Costa había metido el gol más rápido de su historia en el minuto uno y su oponente Karin Benzema le había igualado en el veintisiete– y al que yo, enemigo impenitente del fútbol, asistía con indiferencia desde un extremo de la terraza.

Padre y niña se sentaron junto a tres niñas delgadas, de melena larga, muy parecidas entre sí, distintas de la niña, en una mesa que había frente a un gran ventanal a través del cual divisaban la pantalla, y cuando el camarero llegó pidieron las viandas.

Mientras esperaban seguían la evolución del partido. Me fijé que una de las otras niñas portaba un iPad del mismo color rosa chicle que la sudadera de la niña, y jugaba a un juego que a veces le mostraba a ésta. Entonces la niña, moviendo su melena a ras de nuca, de una forma bastante aprendida y autómata, le daba al botón de aceptar. En ocasiones también hablaba y cuando lo hacía su voz era gutural, profunda. Una de las cosas que dijo es que era forofa del Real Madrid. La llegada de cuatro fuentes de hamburguesas con patatas fritas fueron recibidas con gran regocijo. Y mientras comían, niña y niñas, pero sobre todo la primera, miraban absortas la pantalla. El padre daba sorbos a su cerveza doble mientras hablaba por teléfono.

Por un momento desvié mi atención para escuchar el pitido anticipatorio del tren de mercancías que siempre me ha cautivado, pero enseguida volví a fijar mi atención en la niña para saber qué reacción provocaba en ella que, absorta a la pantalla y llevándose trozos de comida a la boca, ni se inmutó cuando el tren, como si nunca hubiera existido, cruzó veloz por la vía.

Solo cuando en el minuto sesenta y tres Sergio Ramos marcó un gol la niña se levantó de un bote de la silla, palmoteó con gran estruendo.

“Sergio Ramos es mi novio”

“Sergio Ramos es mi novio”

“Sergio Ramos es mi novio” afirmó tres veces.

Y siguió mirando la pantalla con atención tórpida, embotada. Y yo mirando a la niña, tan distinta, por esos caprichos azarosos de la genética, de las otras niñas. Siguiendo el partido a través de sus ojos achinados. Una atención que se vio quebrada en el minuto setenta y nueve cuando se produjo el empate y se trasformó en ansiedad –las mariposas de la niña se movieron sin cesar en esos momentos– cuando el partido fue a la prórroga. Y de la prórroga al desenlace fatal que se saldó con la perdida de la Supercopa de Europa para el Madrid pero, sobre todo y fundamentalmente, para la niña que, desarmada, con los brazos apoyados en la mesa y la cabeza bocabajo, gimoteó sin consuelo.

Las otras niñas la miraban con estupor, sin entender esa reacción anómala.

“Habrá otros partidos”, le dijo el padre.

“Tendremos otras oportunidades de ganar”, le dijo el padre.

“Si lloras, Sergio Ramos se pondrá triste, y ahora es cuando más necesita de ánimos”, le dijo el padre.

Y fueron justo estas palabras, eureka, las que hicieron que la niña levantara la cabeza, se sacara los mocos y las lágrimas con la sudadera rosa y esbozara una sonrisa enorme, seguida de una carcajada estruendosa, como si no hubiera habido pérdida ni nada de lo ocurrido hubiera pasado.

Niña y padre se levantaron y se fueron, mientras yo seguí por unos instantes el trasiego de las mariposas de sus pies. Luego permanecí un rato más sentado, ajeno al mundo, a las otras niñas, a la calma que se imponía tras el partido, atento solo a ciertas señales del aire que a veces esconden un inframundo inocente y feroz como la vida.

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