Vivir, dormir, tal vez votar (y 8)

Por LUIS GRAU LOBO

Hay mucha gente que no vota. Aún no es tan numerosa en España como en otros países, pero en ocasiones el porcentaje impresiona porque, de movilizarse, daría la vuelta a cualquier elección. Contra lo que a veces se oye, esa gente tiene el mismo derecho a quejarse que los demás. De hecho, no votar constituye muchas veces la queja más contundente y clamorosa, consciente o no, contra el sistema y sus rincones, denunciados por medio de una medida radical: no ejercer el máximo derecho que la democracia confiere a cada ciudadano. Renunciar a aquel no implica renunciar a esta.

La mayoría de quienes no votan engrosan las filas de los excluidos, los perezosos o los desilusionados. Los primeros pueblan las lindes extremas del sistema y apenas consideran que votar pueda cambiar algo esa situación o vaya con ellos. Puede que la democracia aún les cuente en su censo, pero el sistema hace tiempo que les expulsó o prescindió de ellos. Es obligación de este darles cobijo, eliminar esa contradicción. En lado bien distinto están los perezosos. El derecho a la pereza, que teorizara Lafargue, no puede negarse a nadie, y menos en domingo. Y finalmente, la tropa de los desencantados y escépticos, a menudo nutrida de gentes progresistas, según se dice, pero que no extrañaría fuera engrosada por personal aparentemente de izquierdas y en el fondo un poco de derechas. Como quienes se afirman ‘apolíticos’, que la política no va con ellos: el resultado es el mismo. Pocos en el primer grupo leerán el periódico, por los mismos motivos que no acuden a votar: intentar persuadirles afrentaría sus razones. El llamamiento a las urnas solo contrapesa la pereza y la decepción.

La democracia es el único sistema basado en las mayorías que tiene como objetivo fundamental salvaguardar a las minorías. Solo en un estado democrático y de derecho las minorías están –precisamente– a cubierto de los avasallamientos de los grupos mayoritarios, poderosos o predominantes. Y puesto que todos pertenecemos a alguna minoría (o a alguna «inmensa minoría» según expresión de Juan Ramón Jiménez), tenemos un compromiso con el sistema que nos emplaza cada cita electoral. No es mucho el esfuerzo, apenas dedicar un ratito del domingo para identificarse en una mesa y depositar un sobre en una urna. Aún emociona hacerlo si se evoca cuánto ha costado ese gesto tan sencillo que la mayoría vemos natural.

Voten. Hoy es el día en que cualquier queja, toda molicie y hasta alguna marginación no cuentan salvo para hacer estos comentarios idiotas que no llevan a parte alguna. Hoy es el día en que cada uno de nosotros cuenta en el recuento de esta noche. Recordemos lo sucedido estos años últimos, expurgando mentiras y medias verdades, salidas de tono, broncas de debate y vociferios de mitin, memes facilones y chanzas de saldo… Vivan, sueñen y, tal vez, voten; para vivir y soñar un poco mejor.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 28 de abril de 2019,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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