“Relatos del Diablo”. Ignacio Martín Verona

Portada del libro.

Reproducimos el texto del escritor Luis Marigómez leído en la presentación del libro “Relatos del diablo” (Eolas Ediciones), de Ignacio Martín Verona, el pasado 5 de junio de 2019 en la Feria del Libro de Valladolid.

DIABLURA

Por LUIS MARIGÓMEZ

Hace poco la instalación de una escultura que representa al diablo en la calle, en Segovia, generó una polémica que llegó al Reino Unido, al New York Times y hasta Australia. Un asunto endiablado que se serenó un poco en cuanto la pieza estuvo en la calle y la gente empezó a hacerse fotos con él, subyugados ante su encanto mefítico. Al parecer, como temían los denunciantes, la ciudad se ha llenado de adeptos a sectas satánicas. Se pone difícil volver a Segovia a comer cochinillo, sobre todo por el precio. Hablar del diablo tiene su peligro.

El demonio es siempre una amenaza que se cierne, una sombra que atrapa, es el contrapunto de lo sagrado, porque fue parte de la divinidad y, de algún modo, sigue perteneciendo a ese universo. ¿Qué sería de Dios sin él? ¿Qué sería del bien sin el mal? No habría punto de comparación. Se perderían las referencias. Es como si no hubiera noche en el día. Puede que el demonio sea necesario, y la Iglesia lo cree firmemente, y por eso le dedica tantos recursos a combatirlo, y a mantenerlo en pie.

Es el origen de varios conceptos básicos en nuestra vida, de raíz judeocristiana: la tentación, la culpa, el pecado y el castigo. Nos acecha el apetito por los placeres de lo prohibido. Esa sensación es esencial, y el diablo encarna su origen. Si se cae en el pecado, que es la mejor forma de librarse de una tentación, como decía Oscar Wilde, nos convertimos en sus siervos, pecadores. Con el paso del tiempo y la invención del derecho, somos entonces delincuentes para la sociedad civil, y recibimos (o no) nuestro merecido.

Ignacio Martín Verona ejerce como juez en su jornada laboral y no es de extrañar que el diablo le interese en sus ratos libres, por el lado trascendente, no el social, que de eso ya se ocupa él en su oficio, de los delitos. ¿Qué nos hace caer en el mal? ¿Por qué nos atrae?

El escritor se interesa por las formas. En el primer cuento hay una muchacha de casi catorce años, fea y pobre, a la que hay que exorcizar. Su posesión por el diablo podrían ser solo cosas de la edad, un poco exageradas quizá. Ya le ha venido la regla, se está convirtiendo en mujer, uno de los principales focos de tentación y pecado, y su carácter ha cambiado, a peor. Pero la familia es creyente, van a ver al cura de su parroquia y se desata el proceso eclesiástico. Podría ser un invento de su imaginación, pero está basado en un caso real, que ocurrió hace poco y que acabó como el autor predice en el relato. ¿Es cosa demoniaca?

En el segundo, el diablo se lleva el alma de un regidor de teatro, aquí, en la sala principal. Van a estrenar una obra de Zorrilla, ‘El diablo en Valladolid’, y entonces aparece Satán. Deben saber que antes de erigirse el teatro Zorrilla, hubo un convento, el de San Francisco, y que sus monjes intervinieron en la revuelta comunera, planteando conflictos graves con la autoridad. El maligno está aquí mismo. Tengan cuidado. No se vaya a encaprichar de alguno de ustedes.

Los cuatro relatos del libro están relacionados con Valladolid y con su historia. El autor no habla a humo de pajas. Antes se ha documentado con cuidado sobre un asunto que, desde luego, es resbaladizo, y oscuro.

En el tercero, se descubre una ruta que va directa al infierno. La trampilla está junto a la catedral. No sé si el Ayuntamiento la querrá abrir para los turistas. Aquí, el diablo atrapa a los visitantes que cruzan un umbral determinado.

Por fin, en el cuarto, unas estudiantes de medicina estudian poco, engañan en las notas que envían a casa, (su delito es falsedad en documento público) y van a visitar el museo arqueológico, en el palacio de Fabio Nelli. Allí se exhibe una silla del diablo, que parece que sigue ejerciendo su maleficio.

Algo que asombra en los cuatro relatos es que los protagonistas no cometen ningún delito importante, no hay pecado grave, mortal es el término técnico. Aun así, el diablo se hace con ellos. A lo mejor el autor nos lo puede explicar.

Se habrán dado ya cuenta. Estamos rodeados. Y eso que todavía no se ha puesto ninguna escultura junto al puente mayor, que, por si no lo saben, también fue obra del maligno, como el acueducto de Segovia. En realidad, debería ser el patrón de los ingenieros. A ver quién ha hecho más obras públicas en menos tiempo y con menos gasto. Y todavía hay quien se queja porque le hacen una estatua. ¿Qué sería de Segovia hoy sin el acueducto?

El asunto da para muchas bromas, pero es serio. Puede uno no creer en el demonio, pero es difícil despreciar el mal, la desgracia que trae el destino, la capacidad de hacer daño… Puede que este libro ayude a pensar un poco en ese lado oscuro que nos rodea, y que está dentro de nosotros.

 

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

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