Los descansos de Hércules (5) / El correteo de las bestias

Hércules y el jabalí de Erimanto, por Francisco de Zurbarán, 1634 (Museo del Prado).

Por LUIS GRAU LOBO

Hasta los titanes mitológicos tienen pueblo. Nuestro forzudo Hércules era tebano, de la Tebas griega no de la egipcia, por descontado. Es esta Tebas un lugar antiguo no muy apartado de Atenas, fértil en mitos y en preferencia hacia el número siete, por el número de sus puertas y por el de los paladines que marcharon en su contra según la tragedia de Esquilo, que rememorarían ‘Los siete samuráis’ de Kurosawa, el western ‘Los siete magníficos’ o ‘Siete novias para siete hermanos’, ejemplos de hasta dónde acaba llegando el imaginario de una localidad griega. Fábulas colectivas como las que existen en todos los pueblos: que si el cerro o la cueva del tesoro, que si los moros o los franceses, que si el pasadizo que comunica con la antesala del tártaro… O mitos personales levantados en la niñez y la adolescencia, en las eras y los indelebles atardeceres de veranos que tal vez nunca existieron pero se pretenden revivir a la mínima ocasión.

Los hércules contemporáneos si no tienen pueblo lo adoptan, pues nadie enraíza en el vacío. De esa manera, la ‘España vacía’ –torpemente rebautizada por envidiosos del acierto como ‘vaciada’– de repente se rellena (o al menos se hincha) cada estío, al contrario de lo que sucede con los cauces de agua, y vive un mes largo ‘por encima de sus posibilidades’, que diría un banquero. Durante esa riada demográfica despliega encantos propios y raros para gentes avecinadas y momentáneas cual senador del PP. En esos lugares mal comunicados y paradójicos, llenos de campo y uralita, visitamos a los parientes de la infancia, tal cual Hércules en el camino de Erimanto –cuarto de sus trabajos– se detuvo a saludar al centauro Folo. En aquella antigua ocasión los demás centauros enfurecieron y acabaron por atacar al semidiós, de la misma manera a como no es extraño que los paisanos enfurezcan por cualquier tontería contra el veraneante y éste acabe en el pilón durante las tenebrosas horas del fin de fiesta.

Proseguido su viaje, el trabajo mítico que aquí glosamos consistió en atrapar el jabalí de Erimanto, al que nuestro campeón hubo de perseguir, acorralar y amarrar con no poco esfuerzo. Tal el veraneante persigue, acorrala y a veces incluso amarra las diversas bestias, bestezuelas e inocentes animalillos que en esos lugares rurales sirven para el esparcimiento popular. Con ello, forastero y lugareño se amalgaman en jocosas carrerinas, se pringan de comunes porquerías o rompen algún huesecillo inútil entre alaridos de dolorido regodeo. En otros partidos judiciales se arrojan carromatos de tomates, vino clarete u otros productos de la tierra en cantidades ingentes; arduas pruebas que para sí no quisiera el superhombre griego. Nuestro hércules común y corriente, como vemos, no anda a la zaga en retos y fatigas, sin intervención de dioses ni falta que le hacen.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 4 de agosto de 2019,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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