La era de la indignación

Por LUIS GRAU LOBO

Ya ha pasado antes, pero quizás nunca con tanta dispersión geográfica, de manera tan globalizada. Hong Kong, Barcelona, Quito, Santiago de Chile, París, La Paz, Beirut, Londres… Todas esas capitales y muchas otras se han convertido en escenario de marchas, manifestaciones y altercados en los que, con mayor o menor furia, se dirimen insatisfechos y a menudo legítimos anhelos frente al Estado o la política oficial, entendidos como adversarios.

Es cierto que cada manifestación de ira ciudadana tiene un detonador distinto: la subida del precio del metro, de los carburantes o la imposición de una tasa a WhatsApp, la condena a los líderes de un movimiento independentista, una ley hostil, unas elecciones bajo sospecha… Y también lo es que cada protesta tiene un caldo de cultivo propio: desigualdad en el reparto de la riqueza, amenazas a las libertades, marginación económica de los débiles, injusticia social flagrante, aspiraciones de independencia, abusos de poder…

Pero la coincidencia en el tiempo y la forma que adquieren les añaden un punto de similitud que las redes sociales y la interconexión incrementan. Se sintoniza el telediario sin ver los titulares y no sabemos dónde se produce la noticia, de dónde son las muchedumbres que invaden la calle. Salen a la calle en muchos lugares a la vez.

¿Existe un denominador común? Tal vez sí, tal vez todas ellas compartan un mismo desencanto, un desencuentro preocupante y peligroso: el fracaso de la política para atender las inquietudes, aspiraciones e irritaciones de los ciudadanos. La preponderancia de entidades ajenas a los gobiernos legítimos, como multinacionales y grandes corporaciones, el sentimiento de abandono y de incompetencia de los políticos o la falta de mecanismos que atiendan y encaucen esas reivindicaciones están consiguiendo dejar fuera del cauce político a demasiado número de ciudadanos en los países democráticos. En los otros no se esperan cambios, pues tampoco los demócratas hacen por estos últimos, abandonados a su suerte bien por su potencia económica o por sus recursos, bien por su intrascendencia, desatendiendo las reivindicaciones de los ajenos tanto como de las de los propios ciudadanos.

Como siempre que existe alguno, este desencuentro puede achacarse a ambos grupos, por descontado, pero son los representantes quienes rinden cuentas ante sus representados. Y la política continúa ensimismada en sus partidismos, mientras se cuecen lejos de ella problemas que los ciudadanos no entienden por qué se perpetúan. Estos se automarginan y son convocados por populismos y encendidos con emociones que convierten en pretendida política una legítima rabia que no encuentra otra espita de salida. La democracia no da abasto a tanto requerimiento acumulado. Los partidos barren bajo las alfombras y se comportan como si nada hubiera cambiado. Esto también ha sucedido ya. Cuidado.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 3 de noviembre de 2019,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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