“El canto poético de Gamoneda”, un ensayo inédito de Víctor Fuentes

EL CANTO POÉTICO DE GAMONEDA

Sufrientes imágenes y voces del Holocausto
en la poesía de Antonio Gamoneda y más allá:
de “Blues castellano” (1961-1966)
a “Venas comunales” (2015- 2016)

Publicamos un ensayo inédito sobre la poesía de Antonio Gamoneda que nos ha hecho llegar Víctor Fuentes (Madrid, 1933), exiliado español afincado en Estados Unidos, escritor, investigador y crítico literario (también es uno de los grandes especialistas en Luis Buñuel) y profesor emérito de Lenguas y Literaturas Romances en la Universidad de Santa Bárbara (California).

Por VÍCTOR FUENTES

“Este ensayo va dirigido al lector/a común, a quienes quieran conocer más de la obra de Antonio Gamoneda y de su visión poética de la gran tragedia que nos tocó vivir”.

En el 2014, el prestigioso historiador Paul Preston publicó su voluminoso libro The Spanish Holocaust. Yendo a la definición del diccionario de la Real Academia Española, leemos, holocausto: “Gran matanza de seres humanos”, y esto es lo que se dio en la guerra española, en ambos bandos —recordemos aquello del “millón de muertos”—; pero mucho más abundante, e iniciado, por el bando franquista, prescrito por las altas autoridades militares y continuado en los primeros años de la posguerra: el feroz exterminio. En los últimos años ha trascendido amplia información historiográfica de cómo se produjo esto en León(*1) y en sobrados lugares de su provincia, imponiéndose un régimen de terror. El relampagueo poético de lo vivido y “morido” de tanto de esto lo encontramos en el corpus de la obra de Antonio Gamoneda, cantado —y contado— desde su propia memoria de la infancia(*2). A pesar del uso de un lenguaje poético suficiente, con énfasis en la realidad del poema mismo, y su crítica de una literatura social y del realismo informativo, su poesía, envuelta en imágenes y símbolos, nos revela una honda y estremecedora realidad, vista desde una declarada situación proletarizada y dentro de la vivida y asumida “cultura de la pobreza”.

Es poco sabido que uno de los primeros, sino el primero, focos y grupos de resistencia a la dictadura franquista por parte de jóvenes intelectuales, artistas y escritores se dio, precisamente, en León. En el plano literario, varios de ellos estuvieron cercanos a Espadaña, revista de poesía y crítica, editada por el sacerdote Antonio González de Lama y los entonces jóvenes poetas Victoriano Crémer y Eugenio de Nora.

Espadaña —y no se ha destacado lo suficiente— hizo tanto por “romper cadenas” y abrirse en la encerrada España de la dictadura a escritores y artistas del exterior que, ya en aquellos todavía tenebrosos años, publicaría a Antonio Machado, García Lorca y Miguel Hernández, pero también a poetas del exilio español, abriendo además sus páginas a la poesía de Pablo Neruda y de César Vallejo. González de Lama, agudo crítico de poesía, abrió a dichos jóvenes (entre los cuales se encontraba Josefina Aldecoa) la biblioteca Azcárate, en cuya tertulia se reunían(*3).

Contó aquel grupo entre 1947 y 1950, fechas en que el jovencísimo Gamoneda se añade a él, con la presencia del canario Cirilo Benítez Ayala, ingeniero y científico matemático, destinado en León tras haber estado en Madrid como ingeniero de la Renfe, y quien fuera el primer organizador del Partido Comunista en el mundo intelectual, artístico español de la posguerra. De él, Juan Benet, en Otoño en Madrid hacia 1950, escribiera —tras recordar que un día le llevó, junto con Luis Martín Santos, a la “añeja” tertulia en casa de Baroja, a la cual ninguno de los dos volvió— que fue “uno de los hombres que más nos obligó a pensar y reconsiderar nuestra situación” (pág. 61). Corroborando el peso de tal presencia, Gregorio Morán confirmaba: “Cirilo Benítez con su corte audaz, fascinó a los jóvenes estudiantes que se acercaron al partido. Fue el primero que utilizó para definir a los marxistas como él una fórmula que haría fortuna, “nosotros los dialectos”. También añadía que después de su muerte en Asturias, tras el descarrilamiento del expreso Madrid-Gijón, el 6 de abril de 1950, el único contacto intelectual que le quedaba al Partido Comunista era el de Eugenio de Nora y la revista Espadaña (Miseria y grandeza, pág. 230)(*4).

Sobre Cirilo Benítez en León y su ascendencia en el grupito de intelectuales y artistas, Ernesto Escapa, en nuestros días, actualizó dicha presencia en dos artículos en el Diario de León, “Relevo en las Tinieblas”(*5) y “Un faro en las Tinieblas”. En éste, y refiriendo a Benítez como tal faro, evoca: “a diario instruye en un vagón anclado en vía muerta en la estación de León a sus pupilos del frío: Eloy Terrón, José Félix Vega Merino, Antonio Gamoneda, el pintor y vidriero Jorge Pedrero y José Luis Leicea”. Sin precisar, esto, el propio Gamoneda, en reiteradas ocasiones y entrevistas, se ha extendido, aludido a tal actividad clandestina, y destacando tanto en sus poemas, escritos y conversaciones, a Jorge Pedrero, diez años mayor que él, y a quien reconoció como su gran maestro. Y cito una de sus referencias al respecto: “Cuando nos conocimos, hace casi cincuenta años, yo no tenía veinte y él estaría en los treinta. Éramos amigos en grupo Con tres más (otro pintor y dos poetas): y andábamos crispados y avizores en la tristeza intelectual y política del momento (he dicho “tristeza”, podría haber escrito “miseria”)”, y añade a esto, puntualizando lo aprendido con Cirilo Benítez Ayala, y con el continuado trato con Jorge Pedrero, “un hombre obsesionado por la solidaridad”, y lo que él llevaría a su poesía:

Se trataba —se trata— del aprendizaje de una “fraternidad sin esperanza”, de entender simultáneamente en una misma expresión a Marx y a Antonio Machado (nadie se espante que es cosa bella y posible): de saber que la palabra o la superficie pictórica tenía que ver (bajo condición, en otro caso, de no ser nada) con el sufrimiento y el amor de la resistencia, pero que esto no había que decirlo sin hacer substancia de ello en mistura con una serenidad o una tensión formal.(*6)

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Lo dicho hasta aquí, y vivido por Antonio Gamoneda, encuentra ya contundente expresión poética en su Blues castellano, encabezado por una cita de la insigne pensadora Simone Weil: “La desgracia de los otros entró en mi carne”; desgracia, y presencia amorosa del otro/a, que, a partir de este poemario, se halla tan presente en la carne de su verbo poético, comenzando con el amor a su propia madre, Amelia Lobón, “viuda, bordadora y asmática”. El poeta, que en una ocasión, llegó a definirse como “un proletario que escribe”, bien pudiera haber leído ya en tal ocasión Ensayo sobre la condición obrera, de Simone Weil, traducido por Antoni Jutglar y publicado en 1962, pues en el segundo poema de Blues castellano, “Después de veinte años”, se afirma en tal condición, y poetizará abrazado a ella: “Cuando yo tenía catorce años / me hacían trabajar hasta muy tarde. / Cuando llegaba a casa, me cogía / la cabeza mi madre entre sus manos”. La madre —que tanto aparecía en Los heraldos negros de Vallejo y en Soledades. Galerías. Y otros poemas, de Antonio Machado, dos de sus grandes antecedentes poéticos y humanos—, la suya y las otras madres obreras del Barrio de la Sal, y las campesinas del vecinal extrarradio agrícola, formarán en su poesía, a partir de este poemario, una masa coral en la tragedia leonesa de la guerra que relampaguea en tanta de ella.

Sigue a tal poema el de una paráfrasis, “Tatareando Nazim”, de un poema del gran poeta turco comunista, Nazim Hikmet, ya anteriormente cantando y celebrado por Blas de Otero, a quien Gamoneda trató en León a sus 19 años y admirara tanto(*7). En una ocasión, precisando su posición, escribe:

La poesía subversiva en el lenguaje no en el contenido. Hay muy pocos poetas capaces de realizar esta síntesis entre el pensamiento poético y la ideología. Entre ellos los autores anónimos del primer Cancionero, los letristas del jazz, César Vallejo y el turco Nazim Hikmet.(*8)

Y esta triada late ya en el lenguaje subversivo de sus blues del amo, de la casa, del cementerio, de la escalera; con su amor a los seres queridos, y extendido a los pobres del mundo, como leíamos en el en entrañable “Sabor a legumbres”: “… Después que estáis sentados a la mesa / los míos de la sangre —cinco— pienso / que es posible que coman en el mundo / muchas gentes, hoy, esto” (Edad, pág. 166). Al final de Blues castellano se incluye un poema, el penúltimo, del penoso accidente de un obrero: “Después del accidente”: “Cuando levantaron aquel hierro amarillo, / se vio la cosa reventada: dos; / las dos manos del hombre: la gran mano / izquierda, la gran mano derecha. / Machacadas en óxido…”. Y concluye: “Yo te aseguro que cuando venga lo que vendrá / nadie va a llorar por sus viejas manos atadas… Va a ser entonces / cuando de verdad vas a tener manos” (Edad, pág. 202)(*9). No nos debe sorprender que la censura franquista prohibiera este poemario que se retrasó en publicar hasta 1982, lo cual llevó a que Gamoneda se mantuviera en largos años de silencio poético.

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Contra tal mundo de “manos atadas”, cuando no cortadas, en el año 1975-76, cuando finalizaba la dictadura franquista, la mano libre del poeta con “óxido en la lengua”, y provisto “de alquitranes y espinas y lápices iniciados”, en Descripción de la mentira, ¡título tan a propósito por todo lo vivido en tal etapa histórica!, comienza a poetizar su ajuste de cuentas con dicha “Edad”, para usar el título de la recopilación de su poesía en 1987. No se poetizan hechos concretos o anecdóticos, ni se precisan lugares otros que el lugar de la memoria desde donde se escribe. Pero sí se expresa, en un nuevo lenguaje, hermético, en apariencia autosuficiente, con el que se cala, hasta el hueso, en “un país donde la traición no es necesaria, un país sin verdad” (Edad, pág. 240). Nos revela un mundo de imágenes y voces, gritos, gemidos y visiones de tinte apocalíptico, de personas, animales —“perro amarillo”, “hormigas debajo de las llagas”, “lombrices encima de mi alma”, “el pájaro verdugo”—: una fauna y flora “con la tierra ardiendo”. Todo ello, abocado al cuchillo (símbolo de la venganza y la muerte, y, también, del sacrificio, tan presente en toda su poesía) y a la muerte, y por donde parece haber pasado el rastrillo de “El Infierno”, de la Divina comedia de Dante, el gran monumento de la poesía universal en el parecer del poeta.

“¿Por qué quemas tu lengua en las bahías excavadas en pómez?”, se pregunta en una narración en la que el yo poético aparece dividido, roto, multiplicado en el tú y en el nosotros, buceando en la memoria y en el olvido; en un mono-diálogo, en que no se sabe si el tú es el del propio poeta, el sujeto escindido, o el de su querido maestro, Jorge Pedrero, el bondadoso “hombre de la nieve”, y el nosotros el de “las venas comunales”, o el del, con sus alusiones al suicidio, reducido grupito clandestino de amigos. El horror y la oquedad de lo que se describe a lo largo del poemario queda resumido en estos versos, que ya apuntan al próximo, Lápidas:

Tierra desposeída de sus tumbas, madres encanecidas en el vértigo.

Es lo que queda de mi patria. (Edad, pág. 272)

Ya en estos versos de 1976 se vislumbran los de Lápidas, adelantándose el poeta a algo que tardaría décadas en darse en el país, lo de abordar la “memoria histórica” y la exhumación de las fosas de las decenas de miles de personas que el holocausto dejó desparramadas por los campos y cunetas del país. Concluía Descripción de la mentira con el lugar y fecha donde se escribió, León y la Vega de Boñar; diciembre de 1975-diciembre de 1976. Precisamente, será en Boñar donde, en el 2004, se descubra una placa para recordar a un grupo de desaparecidos en 1937: 15 antifascistas ejecutados en las tapias de su cementerio.

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Desde sus primeros bloques rítmicos, como define el poeta a sus fragmentos de prosa/poesía, Lápidas se presenta como una continuación de Descripción de la mentira, poemario, éste, que Daniel Aguirre-Oteiza, agudamente, describiera como “tumba textual”, singular forma de escritura epifánica, como nos dice que, según Paul Ricoeur, inserta la muerte en el discurso; escritura que se puede extender a tanta de la poesía de Gamoneda. Escrito entre 1977-1986, cuando en España se debería haber abordado abiertamente el tema de la memoria histórica, ésta aparece ahora en la superficie, y aludiéndose a nombres y lugares y hasta a fatales hechos anecdóticos. Se encabeza el libro con la frase “En la quietud de madres inclinadas sobre el abismo”, grupo coral de la tragedia nacional que poetiza y que se seguirá oyendo hasta su última poesía; el cual, a partir de estas “lápidas”, parece relacionarse con el de las madres de la Plaza de Mayo, clamando por sus desaparecidos, bajo la criminal dictadura militar argentina. No por nada, Antonio Gamoneda es tan apreciado en Hispanoamérica.

En la parte II, con los bloques rítmicos bajo títulos, comenzando con “Delación del verano”, se alude, directamente, a los crímenes de la represión vivida: “…y los caballos hablando de aquella sangre de aquel aire extinguido en los patios de España / de aquella tierra sin descanso, / de aquel olvido lleno de sangre”. En “Viernes de acero” (ese acero que tanto reaparece en su poesía como simbolizando el plomo que abatiera a tantas víctimas: “La España represada de acero y lágrimas”, leemos en una ocasión) se sigue viendo y oyendo el padecimiento de la tragedia desencadenada: “En las estancias, algunas madres se inclinan para escuchar el llanto de los hijos que aun habían de nacer (hijos asidos al delantal sangriento”, para finalizar con este desolador bloque del acero:

Corazón aciago, corazón hirviendo, baja, pues, entre cáñamos: asiste a la tortura de animales lívidos, éste es el día del acero, baja no obstante hasta el lugar impuro, allí su hueso corporal descanse de tanta muerte como has muerto, España. (Edad, pág. 313)

“Canción de los espías”, termina con la invocación: “Guárdate, pues, de la calcinación y del incesto, guárdate de ti misma, España”, versos que reviven aquellos de su tan admirado y querido César Vallejo: “¡Cuídate España, de tu propia España!”, y con el propio Gamoneda clamando, 50 años después, el “España, aparta de mí este cáliz”(*10). Significativamente, esta segunda sección se cierra con el canto-homenaje al “León de Tabara”, el poeta León Felipe, con su gran voz del furor poético del exilio, y a quien el poeta habla, uniéndose a él en su agonía:

Agonizabas sobre los espejos y no arrancaste de tu rostro la vieja máscara: madre. No te pierdas aún, préstame algo, dame tu incendio, tu piedad estéril, tus zapatos, tus hernias, tus alondras, el huracán de tu melancolía y el gran aviso de tu dedo negro, para que no muera más de mala muerte la criatura del dolor: España. (Edad, pág. 314)

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Será en la tercera parte de Lápidas cuando el poeta canta tal dolor vivido y sentido, por él, en la niñez, adelantándolo con este comienzo: “Aquel aire entre el resplandor y la muerte se hace sustancia que no alcanzan a borrar los días y los tiempos. El contenido de la edad son estos lienzos transparentes”; lienzos de los que añade: “Signos exactos incomprensibles. Están en mí con el valor de una llaga (llaga hiriente, viva, tan presente en toda su poesía), algunas cifras arden en mis ojos” (pág. 317), y, por extensión, en los de quienes le leemos, viendo con el niño “Desde los balcones, sobre el portal oscuro”, mirar, “con el rostro pegado a las barras frías”, lo que pasaba por debajo, y a la madre retrayéndole al interior de la habitación, poniendo “el dedo índice de la mano derecha sobre sus labios”, y cerrando, con el chis, “las hojas del balcón lentamente” (pág. 319).

Dos lápidas después, se concretiza lo que miraba el pequeño: “Sucedían cuerdas de prisioneros”; hombres cargados de silencio y mantas” (como los que viera yo de niño en un lugar de la frontera en Francia, esperando que en la fila de refugiados, entre ellos, viniera mi padre, y el romper a llorar al ver que no le divisaba), y a lo que añade un acto anecdótico, con nada de lenguaje hermético, de compasión y ternura: “Una mujer, agotada y hermosa, se acercaba con un serillo de naranjas; cada vez, la última naranja, le quemaba las manos: siempre había más presos que naranjas” (pág. 321). Transcribo el resto del anterior lienzo poético, en el cual nos dice adónde iban a parar las filas de prisioneros; lienzo inscrito, desde el 2004, en la placa que el Ayuntamiento de la ciudad puso en la casa donde él y su madre vivieran entre 1934 y 1941, el número 6 de la avenida Dr Fleming de León:

Cruzaban bajo mis balcones y yo bajaba hasta los hierros cuyo frío no cesará en mi rostro. En largas cintas eran llevados a los puentes y ellos sentían la humedad del río antes de entrar en la tiniebla de San Marcos, en los tristes depósitos de mi ciudad avergonzada. (Edad, pág. 321)

¡El convento de San Marcos, hoy el Parador de San Marcos, convertido entonces en uno de los campos de exterminio del fascismo franquista! Los demás lienzos de la serie expresan los signos de lo que el poeta niño vivió, vio (el “ví, veo”, se repite con insistencia en las lápidas, con todo lo que caló lo visto en su ser y memoria), oyó, en su “ciudad avergonzada”, “amordazada”. No obstante, en medio de la tragedia, a pesar de los pesares, encontramos lápidas con remolino de gentes atendiendo a sus diarios menesteres y oficios, entre animales, y cosas; lienzos de afirmación de la cultura de la pobreza, “y la pobreza enseña su majestad corpórea”, y de la presencia proletaria: “…Era el rosario de la aurora —leemos— en los márgenes de la pureza proletaria, ante los huertos abrasados por los ferrocarriles y los vientos” (pág. 325). Y la sección finaliza en una taberna, “sobre las tablas olorosas a lejía cesaba el vértigo de los andamios, el aliento venenoso de la soldadura”, donde vemos que “con grandes manos alcanzaban los vasos purpúreos y el vino ardía en el rostro de los obreros” (Edad, pág. 349).

Lápidas es un microcosmos de lo que se seguirá viendo, oyendo y sintiendo, relampagueantemente, en la continuada obra de Antonio Gamoneda, como si se tratara de toda una y única, y según se desprende ya de varios de sus títulos, Arden las pérdidas, Visión del frío, Canción errónea, La prisión transparente. El tratar de ello daría para un más largo ensayo, como parte final de éste; lo resumo con Las venas comunales (2015- 2019) y la conciencia del poeta al final de su obra fundiéndose con la comunitaria.

***

Después de promulgada la ley sobre la Memoria Histórica, en el 2004, lo poetizado por Gamoneda desde 1961, sobre la tan postergada memoria, cobra plena actualidad y relevancia y le abona el terreno para internase, poéticamente, en otras cuestiones del presente y el futuro de España y del Mundo, algo que venía latiendo en su poesía desde Descripción de la mentira. En el año 2007, y tras obtener el Premio Cervantes, apropiadamente aceptó la Presidencia de la Asociación de Estudios sobre la Represión en León, tema que sigue vibrando en Las venas comunales (2019), donde, y en su primer poema, nos dice algo que, en su poesía, ha estado presente desde que escribía Descripción de la mentira:

Hablo de ayer, pero hoy

aún es ayer. Tengo miedo. Podrían

retornar los zaguanes vacíos, los vanos desgarrados por gritos amarillos, los viernes impecunes, el esparto, el ricino, las almas del purgatorio

y las llagas verdes de la sosa cáustica. (Esta luz, 2, pág. 328)

Lo cual retorna (con ese “aún” tan presente en toda su poesía) a lo largo del poemario, ya desde este primer poema, donde continuaba:

Sí,

han cambiado los tiempos pero yo aún oigo gritar a las vecinas y los Borges orinan sobre los muertos y la viuda loca

baila desnuda ante la ventana amarilla. (pág. 329)

El poema con mucho de cumbre poética, regando las “venas comunales”, es el que, a modo de ritornelo, alude a si se pudiera borrar de la historia vivida el sufrimiento y el exterminio, y sus posteriores ramificaciones no sólo en España, sino lo mismo vivido en tantas partes del Mundo; largo poema (págs. 338-343) que comienza:

Hay sequía universal y la ceniza llora como mi madre, sin lágrimas.

Sobre tal sequía y ceniza se prevé que “Ha de llover”: un “Hay que llover”, alternándose con “Tiene que llover”, que se reiteran, repiten, 30 veces, apuntando a lo que la lluvia debiera ahogar o, por lo contrario, dar vida. Me limito a citar unos versos emblemáticos del tema que trato, llamando a que la lluvia caiga sobre el que fuera el “templo mayor” de los sacrificados en la región leonesa. Tras decirnos “…y resuciten las madres clandestinas del Barrio de la Sal”, leemos:

Ha de llover ya. ¿Está lloviendo?

Sí, está lloviendo. Las madres

son blancas y locas. Ya vienen, ya están llegando a la caliza blanca de San Marcos, patrimonio de la humanidad, hábilmente habilitado, en su día, como tanatorio azul nacionalista, y dispensario especializado en la dispensa de la tortura tártara… (Esta luz, 2, pág. 341)

Frente a esto, poco antes, y vinculando el tema de la represión criminal con el del la exhumación de las fosas, tan del momento en que escribe, leemos:

Sí ha de llover. Hoy es martes especialmente; hoy resucitan

los fusilados de Villamanán. (pág. 339)

Significativamente —y coronando lo que Gamoneda sostiene, citando a Aristóteles, de que la tragedia en la obra literaria nos ofrece, también, consuelo y placer por el logro artístico—, en el postrero de los “Últimos poemas” —publicados al final de Esta luz, 2—, al contrario, y frente a tantos otros de parecidas fechas —en que el poeta se ha sentido en “la prisión transparente”, enfrentando a la vejez y a la muerte personal—, comienza diciendo, y a manera de título: “Nadie estaba solo”. Y, cobijándose en el amor a los otros/as, en el mundo de la cultura de la pobreza y la situación proletaria, pasa a evocar la comunidad en la cual creciera: “Iban los hombres al centeno y afilaban el dalle en la sombra; las vecinas en los lavaderos, alzaban las sabanas en la luz y discernían las huellas: las ancianas escondían migas y pequeñas tazas de aceite en las alacenas retiradas…”. Vibran “las venas comunales” en la fiesta, en la música y en las cenas en común (lo cual nos remite a la amorosa de “Sabor a legumbres” en Blues castellano), preguntándose, como su admirado Jorge Manrique del “¿Qué se hizieron?, “¿Qué era aquello, qué era? ¿Qué fueron la pobreza, la salud, los amigos?” (pág. 453)

Y vuelve a verse entre estos amigos (muertos, suicidados o enloquecidos, tiempo ha), el grupito tratado al comienzo del ensayo. Aparecen reunidos en el estudio, al que, de repente, llega el ruido de un motor que se acerca (y, con ese miedo que sintió, sintieron, en sus actividades clandestinas), se miran y se reconocen, “Recuerdo los ojos de Jorge, aquella lucidez excesiva”, lanzándose en una de sus huidas:

Un solo ladrido hizo estallar la noche y huimos veloces a las cárcavas. Nos echamos al suelo entre las bodegas y las viñas y fumamos hasta el amanecer. Escondíamos la brasa en nuestras manos. (Esta luz, 2, pág. 454)

Y termina este ultimo poema, cerrando su libro y quizá ya todo su mundo poético, preguntándose: “¿Qué era aquello, qué era?”, refiriéndose a tal pasado, pero también al mundo presente; pregunta qué nos pasa a nosotros sus lectores-as por si, entre todos- as, podemos descifrarlo.

Cuando estoy concluyendo este artículo, leo que se ha celebrado, en Astorga, un homenaje a César Vallejo, en donde Antonio Gamoneda ha expresado la afinidad que le une a él, declarando que Vallejo había sido creador de una lengua inimitable, quizás imposible para el resto de los poetas, y matizando que “es el poeta universal en todas las lenguas que lleva sustancialmente en su poesía la pobreza de todos los pobres del mundo, la propia y la de todos(*11). Y añadía: “La poesía de César Vallejo es una escuela que yo quiero decir que es la escuela de la pobreza de la cultura de la pobreza y de la poética de la pobreza”. Todo lo que cita del gran poeta peruano está muy próximo a lo que se podría decir del lenguaje y de la obra poética del propio Antonio Gamoneda. He apuntado algo de ello en este ensayo y él, en su nueva obra de inminente publicación, lo tratará a fondo, como ya se desprende del título: “La pobreza. Memorias (1945-1960)”.

Gamoneda en una foto reciente de Su Alonso & Inés Marful.

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* NOTAS:

  • (*1) Recientemente se instauró en León el mausoleo homenaje a los 1.873 fusilados en el polígono de tiro de Puente Castro. Para una visión general, véase León bajo la dictadura franquista, de Jaime Rodríguez González.
  • (*2) En el 2009 Gamoneda recogió en prosa las memorias de su infancia hasta los 14 años en Un armario de sombras. No obstante, salvo alguna excepción, con la prosa informativa no logra la intensidad emotiva que la misma memoria alcanza, en su poesía, a veces con solo par de versos.
  • (*3) Leo que en 1936, en la Plaza de la Catedral, se quemaron diversos ejemplares de esta Biblioteca, de la prestigiosa Fundación Sierra Pambley, y que su bibliotecario, don Pío Álvarez, fue fusilado.
  • (*4) Sobre esta relación Manuel Azcárate se extiende, ya que fuera él quien propiciara tal contacto, con su visita y conversaciones con Nora, en Suiza, donde estaba con una beca, y en París. Derrotas y Esperanzas (págs. 322-324)
  • (*5) El relevo de Cirilo Benítez fue el tan brillante escritor e intelectual Jorge Semprún, en 1953, quien también pasó por León. Ambos artículos, bajo dichos títulos, se encuentran en el Internet. El primero con fechas 30/3/14 y el segundo 9/6/2017.
  • (*6) Se recoge este texto suyo en la semblanza que aparece en Internet, recogida en una página de Diego Pedrero sobre su padre (sobre “El vigilante de la nieve”). Será de gran interés el leer cómo Gamoneda detalla todo aquello vivido en dichas fechas, en su segundo tomo de memorias, “Pobreza.  Memorias (1945-1960)”, de inminente aparición cuando escribo este artículo, a principios de diciembre 2019.
  • (*7) Se da el caso que ambos publicaron un poema en el mismo número de Espadaña, el 47 de 1950. Curiosamente, ambos se dirigen a Dios, pero con la amargura, la ira y el dolor de la situación vivida. Para dar una idea, el de Gamoneda sin título, y que llena toda una página, comienza: “Dios sabe que tengo veinte años / que yo puedo decir que he vivido; / que yo puedo decir cosas amargas…”, y concluye: “Bajo el llanto y los puños en derrota / hay un gozo purísimo encendido. / Podemos estar rotos, ser esclavos / pero estamos vivos”.
    El de Blas de Otero es un impugnador, un tanto escandaloso, hablar con Dios, “Déjame”, llamando a que le quite las manos de encima, porque —y cito el final— “…Matas / no se sabe porqué ¡Quiero cortarte / las manos! Esas manos que son trojes / del hambre y de los hombres / que arrebatas”. Poema, este que causó el cese del sacerdote González de Lama en la revista, posteriormente cerrada, tras el número 48, en el que se publicaba “Por pasos de Castilla (Homenaje a Don Antonio Machado)”, de Antonio Fernández Spencer. Se pueden leer los dos poemas, de Blas de Otero y de Gamoneda, en el facsímil de Espadaña publicado en 1988.
  • (*8) En una entrevista en El País, el 7 de marzo del 2009.
  • (*9) En Un armario de sombras recuenta, emotivamente, el suceso. Cargando unos obreros pesadas vigas de hierro a un camión, una de ellas cayó y aplastó las manos de un muchacho. “Era un hombre rubio y hercúleo”; los otros obreros, muy nerviosos, no acertaban a retirar la viga enganchada a las manos. “Cuando lo consiguieron, vi las dos manos machacadas y colgantes de las que manaba aún la sangre… Me sentí mal. Subí a casa y lloré”. A esto agrega: “Creo que la visión de aquel accidente produjo un cambio en mí. Sería excesivo hablar de un pensamiento, de una inclinación ideológica, pero yo sentía que algo se transformaba en mi conciencia” (Un armario…, pág. 221).
  • (*10) Antonio Gamoneda ha reiterado su gran afinidad con César Vallejo, declarando en una entrevista que a su juicio “el poeta, en lengua española, más importante del siglo XX es César Vallejo”. Espadaña publicó dos poemas de César Vallejo: “Los desgraciados” en el número 22, 1946, y el tan conmovedor “Masa”, en el 45, 1950.
  • (*11) Se pueden leer sus palabras, en Internet, en “Homenaje a César Vallejo. Astorga. Casa Panero”, en astorgaredaccion.com, 30 de noviembre de 2019. También en “Faro Gamoneda”, en la Red, se da cuenta de la celebración, bajo “César Vallejo regresa a la casa Panero de Astorga para quedarse”. Curiosamente, ya en el número 39 de Espadaña, de 1949, y dentro de la apertura propugnada por la revista, se publicó una placa conmemorativa de César Vallejo, con su fechas de nacimiento y muerte, encabezada por José Luis L. Aranguren, seguido de los tres editores de la revista, A. G. de Lama, Victoriano Crémer y Eugenio de Nora, y los destacados poetas y colaboradores de Espadaña Leopoldo Panero, Luis Rosales, José María Valverde y Luis F. Vivanco.

BIBLIOGRAFÍA:

Azcárate, Manuel. Derrotas y esperanzas. La República, la Guerra Civil y la Resistencia. Memorias. Barcelona: Tusquet Ediciones, 1994.

Benet, Juan. Otoño en Madrid hacia 1950. Madrid: Alianza Editorial, 1987.

Espadaña. León: Espadaña Editorial, 1988.

Gamoneda, Antonio. Edad. Ed. Miguel Casado. Madrid: Cátedra, 1987.
—, Sílabas Negras. Eds. Amelia Gamoneda y Fernando R. de la Flor. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 2006.
—, Un armario lleno de sombra. Madrid: Galaxia Gutemberg, 2009. <
—, Esta Luz. Poesía reunida (1947-2019). Vol.2 (1995-2005-2019). Madrid: Galaxia Gutemberg, 2019.

Morán, Gregorio. Miseria y grandeza del Partido Comunista de España 1939 -/1985. Barcelona: Planeta, 1986.

Oteiza, Daniel A. “’Excavando tumbas en el sonido’: memoria de la represión e historia de la recepción de la poesía de Antonio Gamoneda”. Revista Canadiense de Estudios Hispánicos. Vol 37. N. 2 (Fall 233- 257).

Preston, Paul. The Spanish Holocaust. Inquisition and Extermination In Twentieth – Century Spain. London. New York: W.W Norton & Company, 2012.

Rodríguez González, Javier. León bajo la dictadura franquista. León: Universidad de León, 2003.

:: Sobre Víctor Fuentes

Víctor Fuentes.

Víctor Fuentes, profesor emérito de la Universidad de California, Santa Bárbara —donde impartió clases de 1965 a 2003—, es miembro numerario de la Academia Norteamericana de Lengua Española, y correspondiente de la Real Academia Española. Nacido en Madrid en 1933, Fuentes pertenece a la generación del segundo exilio, la que emigró en la década de los 40 y los 50 —él salió de España en 1954— en busca de horizontes democráticos. Tras deambular por Francia, Inglaterra y Venezuela, se instaló en Estados Unidos donde se licenció y obtuvo el doctorado en Lenguas y Literaturas Romances, en la Universidad de Nueva York (NYU), en 1964.

Entre 1995 y 2010, co-editó, junto al gran mexicanista y estudioso de las letras chicanas Luis Leal, Ventana Abierta, revista latina de literatura, arte y cultura.

Uno de sus libros.

Ha publicado numerosos ensayos y entre sus libros destacan, entre otros: La marcha al pueblo en las letras españolas (1917-1936), Galdós republicano. Escritos y discursos políticos (1906-1913), El cántico material y espiritual de César Vallejo, Benjamín Jarnés: Biografía y metaficción, Buñuel; Cine y Literatura (Premio Letras de Oro), Buñuel en MéxicoLos mundos de Buñuel, y ediciones críticas de La RegentaMisericordia y Antología de Poesía bohemia española.

Asimismo, ha publicado una trilogía narrativa (autoficción, crónica y memorias): Morir en Isla VistaBio-Grafía americana y Memorias del segundo exilio (1954-2010).

Sus dos últimos libros publicados son: Antonio Machado en el siglo XXI: nueva trilla de su poesía, pensamiento y persona (2018), y Galdós, cien años después y en el presente. Ensayos actualizadores (noviembre 2019).

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

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