Estampas bucólicas y sin embargo navideñas (1): El coche del dinero

Por LUIS GRAU LOBO

Aún brilla el sol, pero el invierno ha reducido a un suspiro la luz de la tarde, que no cabe desperdiciar. Pese a ello, algunas vecinas han salido de casa nada más comer para reunirse en un grupo que charla animado. Quizás prefieran esta sobremesa a la de casa. Todas ellas se envuelven en mantas y bufandas de colores dispares sobre jerséis de lana gruesa y se mantienen a pie quieto en la esquina de la calle donde el viento hiere menos. Los hombres, no tan puntuales, se acercan vacilantes y rondan el lugar como si no fuera con ellos. Cuando otro llega, gruñen o levantan la cabeza en señal de reconocimiento. Todos llevan gorra de visera o boina, todos miran a lo lejos sin observar nada en especial.

El coche del dinero, dice una de las mujeres cuando suena desde la carretera un vehículo que aún no se divisa. Algunos impacientes comienzan a hacerse notar, como si hubiera una fila que respetar cuando todos saben quién llegó primero, aunque nadie haya preguntado. La mayoría echa mano a sus bolsillos y, de hecho, en muchos de ellos asoman algunas libretas de colores vivos. El vehículo aparca junto al grupo, una oficina móvil en una especie de minibús. Pertenece a una entidad bancaria que hace poco compró a la de siempre, esa que los vecinos siguen mencionando para referirse a la nueva, ajenos a las batallas empresariales. El vehículo de ‘La Caja’ está pintado de tonos chillones y exhibe ilustraciones extrañas que se supone dan confianza al ahorrador. Allí desentonan como si procedieran de una galaxia muy lejana. Una vez estacionado junto a la verja donde asoman hojas rollizas de berza, del vehículo silencioso se abre una puerta lateral y un vigilante de seguridad desciende, se aparta y disimula un bostezo batiéndose el cuerpo con ambos brazos. Hace mucho frío para el uniforme que lleva. Tampoco es necesario.

Mientras unos son atendidos otros animan la conversación, tal vez para ser oídos. Cada vez cuesta más ir por el aguinaldo de los nietos, comienza una. En la ciudad también están quitando sucursales, secunda aquella, no hay quien encuentre una. El tema no prospera. Al menos el de ultramarinos hace sonar la bocina, retoma aquella. Y va de puerta en puerta, añade otra. Mujer, este viene siempre el mismo día y a la misma hora… intenta defender uno. El del sintrón también, remacha otro, pero no nos hace esperar en la puñetera calle.

Pese a haber llegado pronto, el pastor jubilado del pueblo ha sido el último en sacar un puñado de billetes: parece provisto de una paciencia propia de su oficio. Es un viejo afilado y curtido que apenas habla con frases de dos palabras o contesta con monosílabos. Cuando se marcha, chasca la lengua y emite un ruido gutural. El mismo con que azuza a los perros.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 15 de diciembre de 2019,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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