Estampas bucólicas y sin embargo navideñas (2): El árbol de las luces

Por LUIS GRAU LOBO

Hacía cuatro décadas que lo había plantado pero se secó este verano, de un día para otro y, en apariencia, sin que sucediera nada en especial. Había sido un capricho, porque no se trataba de un frutal u otro tipo de especie útil y ya entonces muchos le habían afeado que dedicase el mejor ángulo de la tapia del patio a un árbol tan poco práctico. Sin embargo, con el tiempo su envergadura había proporcionado un rincón de sombra muy agradable durante la canícula. El vecino de enfrente, que tanto lo criticara, lo disfrutaba ahora con algo de envidia cuando entraba a pegar la hebra, sentados ambos a la sombra. Hablaban de pocas cosas y siempre las mismas. Hablaban sobre la abundancia de rapaces y la escasez de caza. Hablaban sobre las heladas, que cada vez eran más suaves y menos frecuentes, lo que provocaba plagas de roedores. Y, en consecuencia, se sorprendían de lo curioso que resultaba que el dueño del árbol no tuviera gato y nunca hubiera visto un ratón en un patio tan enorme… Minucias. Nunca mencionaban el silencio que se hinchaba en las calles del pueblo. El mundo iba a peor, solían concluir.

Un golpe de calor, le había dicho la empleada del invernadero cuando acudió desesperado a buscar un remedio. Él, que tanto se jactaba de sus conocimientos sobre plantas a lo largo de una vida entera en el campo. El cambio climático, que ya se nota por todas partes, le había comentado con cierta suficiencia. Les pasa a las personas, ¿por qué no a las plantas?, remachó.

Desde que el árbol se había secado, el vecino había dejado de venir a sentarse a su patio. De eso hacía meses y apenas se habían visto pese a vivir uno frente al otro, en un pueblo tan pequeño. Sin embargo, una tarde, cerca de Navidad, el vecino abrió la puerta y entró cargado con una sierra mecánica. Vengo a cortarlo, afirmó sin saludar. Ya sé que no tienes máquina, pero yo te lo hago en un momento, no te preocupes. Ni se te ocurra, replicó él. ¿De qué te sirve? ¡Es inútil! porfió el primero. Eso no es cosa tuya, respondió airado el dueño del árbol: es mío, así que largo. El vecino dio media vuelta y su portazo atronó la calle.

Días más tarde, su dueño se sentó junto al árbol seco con una gran caja de cartón. Colgó de sus ramas muertas algunos cables de luces, tendió espumillones alrededor y pinchó estrellas de colores en el tronco retorcido y en la madera vacía. Hasta un belén pequeñito instaló a sus pies, aunque sabía que la primera nevada lo haría desaparecer. Mientras contemplaba el adorno, el gato del vecino descendió al patio gracias al tronco del árbol seco que le permitía salvar la tapia y alcanzar el cuenco de leche que le esperaba todos los días a la misma hora.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 22 de diciembre de 2019,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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