Desde mi celda (2)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” se adentra con esta segunda entrega en una nueva sección, de carácter epistolar, que ha titulado “Desde mi celda”, y que se extenderá durante los días que duren las medidas de contención del coronavirus —que recomiendan y obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio, y que han desembocado en la declaración del “estado de alarma, con el fin de afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el coronavirus COVID-19, en todo el territorio español”—.

Por AVELINO FIERRO

Sábado, día 14. Enrique, ayer, antes de acostarme, abrí las ventanas del balcón. Olía a quemado, a un churruscado de parrilla, a materia orgánica. Recordé que cuando hace años vinieron a casa a hacernos la demostración de la Rainbow, después de pasar el aspirador por el colchón de la cama matrimonial, prendieron los restos aspirados con una cerilla y olió a carne quemada. “Son los ácaros”, dijo el comercial. Aquello me impresionó, y no sé si allí había trampa. Pero también pensé que si uno hace repetidamente y con ímpetu el amor, puede que se desprendan pequeños trozos de piel, pellejitos y dermis que se van quedando incrustados en el catre. Eso sucedió hace muchos años.

Ayer, husmeando el aire de la noche, nada había que delatara la inminente primavera. Imaginaba que ya habría cuadrillas del ejército o somatenes a la caza de estos bichos que se propagan rápidamente. Cuadrillas como las de la película de Truffaut, Farenheit 451, aunque los imaginaba ataviados con uniformes distintos a los de Oskar Werner y el resto de bomberos, que han envejecido mal, necesitarían un pase por el modisto. También vimos hace un par de días, yendo con el coche por esas revueltas del Corral de San Guisán, a eso de las diez y pico de la noche, a un tipo enfundado en plásticos pasando por el suelo una especie de detector de metales. “Está fumigando el verdín con ácido; eso está prohibido”, dijo Sali. En esa zona la capa freática siempre discurre más alta y crecen unas hierbitas muy monas entre los adoquines. A alguien del ayuntamiento debe de molestarle esa nota de color. Ferlosio tiene algo sobre eso: “El tramo de carretera abandonado, con hilillos de hierba naciente en las rendijas del asfalto cuarteado, nos sonríe con toda la dicha de una quietud y una paz recuperadas para siempre, como una ráfaga de redención”. En fin, tendremos que acostumbrarnos a ver a estos operarios con trajes en modo emburbujado.

Antes de acostarme fui al baño y miré casi con arrobo los rollos de papel higiénico. Me dicen que no quedan en el supermercado. Y pensé en aquel cuarto en Marruecos, una habitación enorme con un ventanuco y un grifo casi a ras del suelo y un pequeño cubo al lado. Nada parecido al cuarto de aseo de tu señora, claro. El problema era el secado. Pero en casa podemos poner una toallita de bidé y un cubo de playa de los niños si fuera necesario.

Y no me llevé a la cama a Azorín. Vino conmigo Nathalie Heinich, que ha escrito El paradigma del arte contemporáneo. En las primeras páginas, escribe sobre las cuatro obras que optaban al premio Marcel Duchamp en 2012. Resume las palabras de críticos o filósofos o escritores que habían elegido los artistas para que defendieran sus candidaturas. Algunas de las frases de esos discursos valen para esta crisis neosanitaria: “cambio de paradigma”, “fin del fin de las utopías”, “singular constelación”, “grietas en lo visible”, “intersticios en lo empírico”. Además, uno de los candidatos era Valérie Favre, que pinta cucarachas de tamaño desproporcionado y de colores muy brillantes. “Porque el arte es inquietud, enfermedad o sacrilegio, pero no es cura”. Ya verás qué poco tardan algunos en aprovechar estas cuarentenas para darle a la performance.

Oye, tengo que dejarte. Voy a bajar al quiosco a por los periódicos y a ver qué tenemos en el supermercado. Miguel le contaba ayer a Mar que en el Alimerka de Nocedo, dos señoras tiraban de una bolsa grande de magdalenas cada una por un lado y al final la bolsa se rompió y cayeron al suelo magdalenas y estirantas. Señor…

Un beso, digo, un abrazo.

A.

3 Comments

  1. Un humor muy peculiar el de Avelino, sí. Y lo del olor de los “ácaros” aspirados y quemados con una cerilla tras la demostración de la Rainbow ¡¡¡se me ha quedado grabado a mí también!!!!

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