La contemporaneidad extra de un proyecto de escritura inacabado, con su MacGuffin

Ciclo Tierra de Campos (inacabado).
Aventuras de tres amigos en los tiempos del Nacionalcatolicismo

ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Ediciones Malasangre. Oviedo, 2019

El poeta leonés Aldo Sanz escribe sobre el último libro publicado por el escritor y músico Ildefonso Rodríguez y sitúa la redacción de este “proyecto de escritura inacabado”, datada cincuenta años atrás, en lo que busca ser una aproximación a su marco histórico.

Por ALDO SANZ

Ciclo Tierra de Campos es el último libro presentado por el poeta, músico y escritor leonés Ildefonso Rodríguez. Los textos albergados en la primera parte, según nos informa en la página 37, fueron escritos entre junio y diciembre de 1970 y revisados en el año 2018. Casi cincuenta años después. Lo digo porque es un dato que hay que tener en cuenta. El libro no está exento de curiosidades para mí. La primera es la pretensión del título, donde conviven de una manera comprometedora las palabras (conceptos) Tierra de campos, Aventuras y Nacionalcatolicismo. Nadie, teniendo en cuenta solamente el título, se hace una idea, ni siquiera vaga, de lo que contienen sus páginas. Esto y mucho más. Comienza a aparecer la atmósfera tan recurrente y conformadora de estilo en los escritos de I. R. y que apuntan a una ensoñación arcádica, quizás, usada y expresada como absoluta expresión de libertad creativa, no como oscura torre de marfil negadora de la realidad. Atmósfera al mismo tiempo deudora de Virgilio, poeta que le inspirará, de alguna manera, el imprescindible libro Inestables, intermedios (León, 2014), libro bucólico, al fin y al cabo, donde se me aparecen sin poder remediarlo amigos fallecidos, Ítacas de Cavafis y perfumes, solo perfumes de la Alejandría de Durrell. El comienzo de los poderes expresivos de un creador no siempre se muestra tan claro como en el caso que nos ocupa.

Somos advertidos en la página 25 que los textos son un proyecto de escritura que por diversas circunstancias quedó inactivo prácticamente al nacer. I. R. se refiere únicamente a un proyecto de escritura, y es así como se debe de leer. Lo sugestivo de la idea de “proyecto” es que se puede estirar todo lo que uno quiera. Se me ocurre colocarlo, sin mucha osadía, en el espacio expositivo de una galería que trabaje lo “instalatorio” y lo “performativo”, es decir, básicamente Arte Documentalista, que tanto se lleva hoy día. Esto le daría una contemporaneidad extra a Ciclo Tierra de Campos y estaría nuevamente justificada la idea aventurera que aparece en el título.

Normalmente los proyectos plásticos en nuestros días se generan y se expresan en un tramo muy reducido de tiempo, ofreciendo muchas veces cierta debilidad ideológica y formal. Esto, que a lo mejor no viene muy a cuento, hay que tomarlo como una lamentable queja de la gestión artística actual, del bucle de vértigo y prisa que se desprende del llamado “arte documentalista”. El libro-proyecto-plástico de I. R. se resuelve durante mucho tiempo, es más, todavía se está resolviendo y es posible que ahora sea mucho más moderno que cuando fue redactado.

Releo parte del libro y vuelvo a la idea de “proyecto”. La sola enumeración de las bebidas, la lista de licores en la vitrina de la casa familiar de un amigo en Gijón, (página 37), no es otra cosa que un proyecto, ya que las pequeñas botellas no han sido abiertas ni probadas. Pensando en una futura e improbable exposición-documento en el Musac, por ejemplo, dichas botellas serían mostradas precintadas, tal y como aparecen en el libro, y con unos pulverizadores del aroma de cada marca. Otro documento apropiado sería el poder leer en cuadernillos colgados del techo, o en folios protegidos en vitrinas, la historia de cada bebida, los momentos de la historia en que fueron más demandados, las muertes que provocó su ingesta y otras curiosidades por el estilo.

En los tiempos en que I. R. escribía y planificaba su Ciclo…, en España, ya se sabe, y en León por ende, emergía una poesía que trataba de sacudirse toda o parte de la modorra ideológica que planeaba en el país desde 1936. La antología Nueve novísimos poetas españoles, de Castellet, había aparecido en 1970 y las tres librerías importantes de León de entonces, Pastor, Valderas y Pisa, vendieron sus ejemplares y dos de sus voces más importantes Gimferrer y Carnero, habían publicado algunos textos en la revista leonesa Claraboya (1963-1968). Pere Gimferrer en 1966, número 12 de la revista, publicó “Madrigal o blasón” e “Himno tercero”, y al año siguiente, en el número 15, apareció un breve pero magnífico poema titulado “Caligrafía” donde repasa a sus muertos incondicionales, desde Valentino hasta Marilyn, pasando por Eliot, Joyce, Bogart y otros muchos. Cierto aire fresco ya se podía olfatear en la ciudad. Por alguna razón que se me escapa no recuerdo en aquellos años, iniciales para muchos, ferviente devoción lectora por escritores españoles. Puede que sea una sensación falsa y un fallo en el sistema de recuerdos. De todas formas en la relación de lecturas que ofrece I. R. en la página 25 tan solo aparece Lorca como poeta español. Quien más quien menos abría la ventana-europea o la ventana-americana con el fin de respirar un poco y no quedarse, como diría más tarde Jacinto Santos, “temblando de palidez”. Por otra parte las editoriales ofrecían traducciones solventes de poetas extranjeros, lo cual posibilitaba bastante su implantación y su lectura. Poco más o menos el tono general de la ciudad (de las librerías de la ciudad) era éste en lo referente a la poesía. Claraboya había cerrado ya su actividad pero había dejado un rastro distinto, una huella que incidía en la honestidad de ejercer y de ser mejor ciudadano y mejor escritor.

¿Qué tiene todo esto que ver con la escritura de Ciclo Tierra de Campos? Desde los primeros poemas y textos de I. R. se produce en ellos un desprendimiento radical del concepto noventayochista de Castilla. Laín Entralgo, Unamuno, o el propio Ortega quedan muy, muy lejos de esa poética que comienza a desarrollar Ildefonso a pesar de que la simbología machadiana todavía era muy potente, no solo en León, sino en el país entero. Nombrar La Cólquida. Pero La Cólquida no es un No-lugar. Si es solamente un sustituto de Castilla sería una banalidad impropia del más elemental ejercicio poético. La Cólquida (páginas 11, 17 y 18) es un lugar de transformación, el biombo tras el cual se van asimilando y moldeando las directrices elementales de I. R. Leemos: “Claridad de una tierra sin arados… …nos hacen sentir deseos de algún triunfo…allá en La Cólquida. Qué espectáculo tan improbable.” Todos los comienzos son dudosos y confusos. El libro avanza por sendas parecidas a las que debe de haber en Neverland. Es verdad que a la poesía social ya le sonaban las campanas de la muerte y las nuevas construcciones poéticas comenzaban a ser evidentes, “una cabaña ante la noche muda” (página 62). Hay, en el tramo de los últimos 60 y los primeros 70, autores que como I. R. alumbraron (con la doble acepción, alumbrar=proyectar luz y alumbrar=parir, dar a luz) el mundo lírico de la época. Colinas, Gimferrer, Carnero, Villena y otros, accedieron y mostraron categorías poéticas casi sin explorar en la literatura española. Sebastian Neumeister en su artículo “Renacimiento y Barroco. Algunos temas de comienzos de la Edad Moderna”, refiriéndose al mundo arcádico escribe: “Solo el genial Cervantes consiguió revestir su episodio de la pastora Marcela con los rasgos campesinos más sencillos sin quedarse enquistado en el sabor de una escenografía elitista”. No quiero decir que esto les ocurriera a los llamados venecianos y mucho menos sugerir por ello una poética fracasada o frustrada. En absoluto. La necesidad de esa poética y de su calidad se constata en el éxito de la misma durante muchos años. Jiménez Hefferman señaló al venecianismo como el “espacio de la huida”, para Prieto de Paula la idílica Citerea viene a ser “un proceso de desrealización, los sueños que los griegos soñaron”. A pesar de las evidentes referencias griegas, arcádicas que contienen algunos textos de I. R. no les veo la misma intención que a los poetas anteriormente citados. Por el recuerdo de algunas ya muy antiguas conversaciones con el autor de este Ciclo, (¡que los dioses griegos sean benévolos con la memoria!), consciente o inconscientemente I. R. realiza un ejercicio de lavado, señalando previamente una salida a partir de observar con frecuencia lo minucioso, lo escondido a medias: “No pasaron el portillo/ los tres amigos en Zamora/ no alzaron vuelo las aves/ no se alborotó la ropa de aquel tendedero/ no llegaron al río, en el barranco/ los afectó un olor, deteniéndose/ vieron sortilegios entre las ortigas.” (Poesía Reunida. Página 75). El sortilegio entre las ortigas no es estático y pronto nos guiará –ver los Poemas del Ciclo– hacia uno de los grandes territorios que acogen la poesía de I. R.: la música, el jazz. La palabra respirando a través de los labios de un saxo, de una trompeta. La música hablando a través de los amigos, del abuelo, terrenos abonados y sujetos a la imaginación básica y ancestral de Ildefonso. Carga de profundidad. Cierra el libro un poema majestuoso y violento: “Dos lugares en la noche: Jordu”, que es el título de un disco de Clifford Brown & Max Roach. La Cólquida también ha sido un MacGuffin magnífico para llegar al jazz y poder mostrar alegrías, soledades, dolor, en fin, lo que es la vida. Es necesario estar atentos a la última propuesta que entregue I. R. Hay camino por recorrer. Para evitar confusiones o malos entendidos diré que, aparte del libro objeto de comentario, he manejado los dos tomos de la reedición de Claraboya, el tomo Poesía Reunida de Ildefonso Rodríguez, Musa del 68 de Ángel L. Prieto de Paula, Los papeles rotos, de Julián Jiménez Hefferman y el volumen tercero de la Historia de la Literatura, Akal. La intención no es otra que pretender situar la redacción del libro, que no su publicación, en un marco histórico, o su aproximación, siendo consciente de las muchas lagunas que contiene.

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