Desde mi celda (12)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” nos sitúa, con esta duodécima entrega de la sección epistolar que ha titulado “Desde mi celda”, en el duodécimo día del confinamiento decretado por el Estado de Alarma que, de momento, parece que se extenderá hasta el 11 de abril (este miércoles 25 de marzo, el Congreso votará la petición del Gobierno para prorrogarlo hasta esa fecha).

La sección continuará durante el tiempo que duren las medidas de contención del coronavirus que obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio y poder afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el COVID-19 en todo el territorio español.

Por AVELINO FIERRO

Martes, 24 de marzo.– Aldo, Andrea, buon giorno. En la noche de ayer varios sucesos domésticos hicieron que me acordara de vosotros. Todo empezó con esa película que revisitábamos, Tengo algo que deciros: una familia bien de Lecce –por cierto, qué bonita parece la ciudad cuando se ven sus calles solitarias en dos escenas: al paso de un coche fúnebre y en una pelea entre los hermanos–, una familia que tiene una fábrica de pasta. La abuela, el matrimonio, los dos hijos, la tía alcohólica y una joven que entra también en la empresa y calza zapatos elegantes. La trama es simple: los hijos son homosexuales y uno de ellos lo declara en una reunión familiar.

Todo es agradable: las mesas bien servidas, el cómo a la chica se le humedecen los ojos y cómo se muerde los labios, la banda sonora… Por supuesto que yo recordaba aquella comida interminable en el restaurante del centro cuando volvisteis a esta ciudad a celebrar vuestros veinte años del Erasmus. Y la escena de los vinos españoles que habíais conservado para entonces, y el sumiller sudando. Hoy, cuando alguien saca una botella antigua de su bodega y el resultado no es el esperado, vuelvo a acordarme de vosotros (a la vez que pido una botella sin un vino deprimido, claro).

Cuando la película terminó, me llevé a la cama a la Ginzburg y sus Pequeñas virtudes, por seguir con el aroma italiano. El primero de los cuentos habla de un encierro parecido al que sufrimos estos días: los miembros de una familia de la ciudad pasan a ser internados civiles de guerra en un pueblo de los Abruzos (“lo nuestro era un exilio”, dice la narradora).

Y me sucedió que creí descubrir que el aire está lleno de pequeñas partículas de polvo de oro. ¿Un descubrimiento científico que pudiera servir para algo? En la cama, una polilla diminuta pasaba delante de mi nariz y dejaba un rastro de pequeñas motas brillantes. Al principio pensé que de sus alas se desprendían escamas, pero pasaba y pasaba y seguía dejando aquel hilo dorado. Era extraña aquella visión.

Luego caí en que podía deberse a un defecto óptico, una visión borrosa debido a la medicación antidepresiva, mezclada con un poquito de alcohol. Me levanté a revisar el prospecto, y las contraindicaciones podían afectar al corazón o provocar trastornos en el hígado u hormonales, no en la vista. Tampoco aparecían efectos que podían llevarte a la fabulación. Seguí observando y mi vista se aclaró. No era polilla sino más bien, mosca común, que debía de deslizarse en tobogán o vuelo rasante por delante de mí arrastrando el polvo de las tres pilas de libros que hay en el dormitorio a mi lado, en el mueble alto.

Me levanté y llegué a la solana a buscar el matamoscas –es amarillo, una manaza de plástico con un palo–. Volví a la cama y retiré la ropa para que el bicho no se ocultara entre los pliegues. Esperé. Allí no comparecía nada. Veía mis piernas, mi calzoncillo italiano y el negro de mi camiseta, una camiseta que hace propaganda de un pozo minero, pues con tanta higiene como la de estos días me he quedado sin pijamas.

No estaba cómodo. Además, me dolía algo la espalda. No sé a qué se debe. Hago estos días, como todo el mundo, un poco de gimnasia. Quizá en algún gesto he retorcido en demasía un músculo. Creo que volveré al clásico: subir y bajar las escaleras de casa. Por cierto, una consulta para vosotros, que sois abogados, que abarcáis desde vuestros domicilios de Milán y Nápoles toda la península. ¿Qué se dice ahí, en Italia, de las escaleras vecinales? ¿Se permiten o se prohíben? Porque aquí, algunos piensan que son zonas comunes y no transitables libremente estos días. Digo yo que peor será meterse en los ascensores, angostos, llenos de recovecos y botoncitos, donde se puede ocultar algún espécimen de esta plaga.

El caso es que me fui durmiendo sin que nadie me sobrevolara, con el libro cayendo sobre mi nariz cada poco. Leí algunos párrafos de ese hermosísimo cuento sobre Cesare Pavese en el que se describe la ciudad en verano –desierta, con ráfagas de polvo en las calles y las mesitas de los cafés abandonadas y ardiendo–, cuando él muere en aquella habitación de hotel y se citan en el libro aquellos versos:

No será necesario dejar la cama.
Sólo el alba entrará en el cuarto vacío.
Bastará la ventana para vestir todas las cosas
con una claridad tranquila, casi una luz.
Una sombra descarnada se posará en el rostro supino.
Los recuerdos serán grumos de sombra
escondidos como viejas brasas
en el hogar. El recuerdo será la llamarada
que aún ayer mordía en los ojos apagados.

Mar, que se había quedado en el salón viendo la tele me debió de encontrar cuando fue a acostarse bastante desvencijado. Me ordenó y arropó. He amanecido regular, un poco extraño. Como un abogado al que estos días se le han suspendido todos los plazos procesales.

Aldo, Andrea, un fuerte abrazo.

A.

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