Desde mi celda (22)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” continúa con la sección epistolar que ha titulado “Desde mi celda”, y que con esta entrega cumple con el vigesimosegundo día del confinamiento decretado por el Estado de Alarma que se extenderá al menos hasta el 11 de abril.

La sección continuará durante el tiempo que duren las medidas de contención del coronavirus que obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio y poder afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el COVID-19 en todo el territorio español.

Por AVELINO FIERRO

Viernes, 3 de abril.– Querido Enrique, llegan menos noticias tuyas porque mi teléfono móvil es muy poca cosa y se ha quedado un poco paralizado: no tengo wasap, que era la forma en que últimamente te comunicabas conmigo. Yo creo que puedo fijar el momento del fallo cardíaco: Un vídeo que me remites en el que un hombre con enorme acento andaluz recita un poema.

Es ahí donde mi teléfono de cuarenta y poco euros y marca ignorada empezó su política de mínimos con un mensaje: “Poco espacio almacenamiento…”. Vamos, que le dio el “paralís”, como a nuestro amigo Rubén, ¿recuerdas cuándo volvíamos de jugar al tenis y allí en el Hannen, en la Plaza del Charco, entre el cansancio del deporte y los cubatas de Capitán Morgan adquiría aquella expresión de beatitud? Aquellos días de juventud en los que encerrábamos a veces en el cuenco de las manos los latidos de la felicidad. Los he vuelto a recordar no hace mucho al leer un libro de Juan Cruz, Ojalá octubre. Han vuelto las luces de entonces y las palabras, la música en las voces de aquellos hablantes.

Llegaste a la isla como un pequeño ciclón, con un aire inquieto que revolvía las rutinas de aquella sociedad clasista y provinciana, alterando los ritmos de las casas y las estaciones, aquel orden artificioso y rústico como los personajes en el papel de la pared.

Habrás reconocido sin duda la última frase. Porque a tu adicción a la vida y sus placeres –tantas sorpresas de a diario entre las que no fue la menor la de aquel piano de cola que apareció en tu casa por si la música ayudaba a combatir esa ansiedad y todas las preguntas que te carcomen desde niño; o aquella otra en que volaste de lejos hasta nuestra casa en el Puerto sólo por seguir una conversación, para dejarse ser en amistad…– se añadía la de la poesía, tu gusto por los poemas de Gil de Biedma, algunos de los cuales recitabas enfebrecido. Puede que amaras en ellos su carnalidad, alguna afinidad profunda, y porque veías en ellos también un cierto aire de familia, burguesa por más señas. Me contaste también que conocías a una hermana y otros familiares del poeta, de tus días de juez en Barcelona y Puigcerdá. En fin, fogonazos de esa vida que tú vives para apurarla, para arder en ella.

Leo bastante estos días, un poco de todo. También las cartas de Biedma en una edición que quiere ser definitiva, salvo que aparezcan las que nuestro hombre dirigió a Luis Cernuda. Y eso me lleva a ir a otros libros a los que hace referencia, como este de Ferraté que acabo de consultar para leer un par de artículos, uno en el que analiza “Noches del mes de junio” –ese poema sobre la adolescencia que a mí me gusta tanto, casi tanto como “Ribera de los alisos”– y otro sobre la vigilia nocturna del amante. Al leer este me he disgustado, se citan poemas en varios idiomas de los que sólo se traducen los que están en griego, dando a entender que el lector avisado no necesita nada más. Así que soy un ignorante, me he quedado a medias con Petronio, Escacio o Ausiàs March.

Al menos he conseguido leer un soneto de Wordsworth que versa sobre el espectáculo de una ciudad a la hora del amanecer. Es la hora a la que yo te escribo, cuando veo la ciudad que lleva puesta, como una vestidura, la belleza del día, “silenciosos, desnudos, se yerguen barcos, torres, domos, templos, teatros abiertos a los campos y también a los cielos”.

Dice G. de B. en una carta de 27 de junio de 1963 que ese artículo del amante le ayudó a escribir un poema en el que entonces trabajaba. De esa época son los de tema erótico, esos que él llamó la “serie filipina”, sobre sus amores con D. Por uno de ellos he recordado a una compañera de trabajo, O., que ya murió hace años de cáncer. En una casa solariega de la provincia de Segovia alguien leyó “Mañana de ayer, de hoy”, y ella comenzó a llorar. Yo le había comentado antes mi afición al poeta. A esos poemas que hablan del amor homosexual, pero que a mí me servían bien porque es única esa melodía del recuerdo, de la persistencia del deseo. Igual viene bien que lo copie aquí, ahora, Enrique, Enriquillo, en esta carta que irá pronto hacia tu sol de Málaga, estas letras un poco mentirosas, porque no tienen nada de privado –por ello me callo de lo tuyo y lo mío, de lo nuestro, tantas cosas–. Pero así nuestros amigos lectores, mujeres y hombres, quizá puedan sentir en estos días tristes y apagados el recuerdo de algún cuerpo vivido y un ramalazo de sensualidad.

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  1. Enrique marin

    Ave ave
    Que sabes recoger lo que pensamos y no sabemos escribirlo
    Hombre de bien y permanente memoria
    Empecé un libro: Borondon, es mi pseudonimo, la de octava, brumosa e inexistente isla canaria, quizas porque tampoco existo
    Ruben con copas y su alcoholica beatitud
    Emilio el forense, don agustin, marcel y nuri, asun,en fin, de todo, hace ya mucho tiempo
    Love, olways

  2. ala

    Mójate un poco, hombre: Love, olways

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