Desde mi celda (28)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” continúa con la sección epistolar que ha titulado “Desde mi celda”, y que con esta entrega cumple con el vigesimoctavo día del confinamiento decretado por el Estado de Alarma que se extenderá al menos, tras la prórroga anunciada por el presidente del Gobierno, hasta el 26 de abril.

La sección continuará durante el tiempo que duren las medidas de contención del coronavirus que obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio y poder afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el COVID-19 en todo el territorio español.

Por AVELINO FIERRO

Jueves, 9 de abril.– Amigo José, cuando te escribo imagino que mi carta llega a un lugar pequeño, provinciano y amable, un poco fuera del mundo, un “mundo en miniatura”, con calles de casas con jardín, con el trisar de las golondrinas. Y a ti, por el camino de la Cartuja, zarandeado por la imagen del estallido bermellón de unas adelfas junto al cauce seco.

Así de ignorante es uno –qué quieres, siempre tuve una imagen desdibujada del Sur–, porque el otro día un amigo me dijo que hay en tu pueblo casi tantos habitantes como en esta ciudad desde la que te escribo. Esta ciudad que no sé si es medieval, o prerromana, burgo monástico o territorio de gárgolas y silencio. Quizá te hablo así porque miro ahora viejas fotos en blanco y negro que ilustran un libro de poemas. En una de ellas está el torreón pegado a la muralla, tejados y el humo de chimeneas mezclado con la neblina, un edificio que creo que es el de las monjas… La foto es bonita, llena de brumas, cruza una paloma desenfocada. No sé si es atardecer o amanecida. Un verso dice: “el cielo alto enloquece de pájaros tardíos”. En todo caso, es invierno.

En fin, con esas imágenes puede que se haga algo de literatura, pero en el vivir de los días todo marcha un poco a contrapelo. No hemos avanzado mucho. Aquí los dineros de la cultura están yendo para un museo de Semana Santa que gestionarán los curas, en el que alguien me dice que también se harán apartamentos y ya sabes que ahí no se cobran impuestos. Si Jesucristo levantara la cabeza…

Si corre un poco el aire es gracias a tres o cuatro poetas y músicos y algunos ropavejeros. Lo demás no existe o es procesión a ritmo de cornetín o estatuas de reyes muertos. Ay, José, basta ya de lamentos, porque esto de la idiotez está en muchos barrios; pagamos por gestionar el bien común a auténticos australopitecus.

Así que uno se refugia en la paz de este desierto desde el que te escribo, con unos cuantos libros doctos, conversando con sus autores muertos. Decía Juan Ramón: “Mejor callar que hablar; mejor soñar que callar; mejor leer que soñar o pensar sólo. Leyendo, el mismo silencio se calla y podemos pensar o soñar en compañía”. Así que ayer me llevé a la cama los Cuadernos de Emil Cioran, editados hace poco. No fue buena idea, porque son más de mil páginas que te pueden machacar la nariz si se te caen encima cuando te estás durmiendo. Escribe E. C.: “¿Quién me curará de mi terrible Bildungstrieb? ¿A quién culpar de mi amor por los libros, de la necesidad que tengo de cultivarme, de la sed de aprender, de almacenar, de saber, de acumular fruslerías sobre todas las cosas?”.

Por la tarde había comenzado a leer las Cartas a Louise Colet, de Flaubert. Tengo anotado en la primera página que compré ese libro en la librería Pérez Galdós, en la calle Hortaleza. En la Carta 10, de 26 de agosto de 1846 hay tres párrafos que tienen que ver bastante con algunos comportamientos y cuitas en estos tiempos de encierro obligatorio. “Nos erigimos en centro de la naturaleza, finalidad de la creación y razón suprema de ésta. Todo lo que vemos que no se adecúa a esto, nos asombra; todo lo que se nos opone, nos exaspera”. “La idea de patria, es decir, la obligación en que se ve uno de vivir en un trozo de tierra señalado en rojo o en azul sobre el mapa, y de odiar los demás trozos de verde o de negro, siempre me ha parecido atroz, limitada y de una estupidez feroz”. Relata también un paseo hasta unas ruinas, donde se encuentran unas tumbas vacías y la vegetación invade el lugar y crece sobre los cráneos petrificados: “La Eternidad del Principio reaparece con cada floración de mostazas amarillas. Me agrada pensar que algún día serviré para hacer crecer tulipanes”.

Ideas similares están en tus libros, en pinceladas, en frases certeras, que para eso tienes la visión precisa del poeta: “El dolor no nos mejora, pero consigue que amemos la vida de una manera más depurada, más profunda”. Subrayé en tu último libro esta frase: “La inteligencia se alimenta más con la belleza que con los conocimientos”. Y todo esto también lo condensas en los diálogos que acompañan a esos dibujos que me vienes enviando sobre este tiempo de temor y temblor.

Podríamos publicar algún día estas cartas y esos dibujos, si esta malaventura amaina y no nos deja entristecidos para siempre. Algo parecido a ese libro tuyo, esa miniatura, con los dibujos de Pedro Serna. Tengo de nuestro querido pintor algunas acuarelas. Si el arte o, como tú escribes, una flor, una música o un comportamiento te arrancan lágrimas de gratitud, es más que suficiente.

Recibe un fuerte abrazo.

A.

1 Comment

  1. Va quedando poco espacio en la ilustración, y tengo una duda: ¿Vas a continuar en otra hoja en blanco, o seguirás dibujando al dorso?
    Puede deberse a que hoy me he levantado un poco mustio, pero creo que se te van a agotar los insectos y tendrás que recurrir a peces o reptiles

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