Desde mi celda (29)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor de “Querido diario” y “Calendario” continúa con la sección epistolar que ha titulado “Desde mi celda”, y que con esta entrega cumple con el vigesimonoveno día del confinamiento decretado por el Estado de Alarma que se extenderá al menos, tras la prórroga anunciada por el presidente del Gobierno, hasta el 26 de abril.

La sección continuará durante el tiempo que duren las medidas de contención del coronavirus que obligan a los ciudadanos a permanecer en sus casas, con el objetivo de reducir al mínimo las posibilidades de contagio y poder afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el COVID-19 en todo el territorio español.

Por AVELINO FIERRO

Viernes Santo, 10 de abril.– Querido Miguel, me acordaba en estos momentos de vos, porque andaba sumido en altas lecturas artísticas. En vez de andar ordenando papeles de trabajo a esta primera hora de la mañana, y disponiéndome a ir a la oficina –ya, ya sé que hoy en una vida normal sería festivo, pero uno de los placeres laborales es ir al edificio de los juzgados los días en que no hay nadie– estaba leyendo la Historia del Arte de Gombrich. Releía esa parte que titula “Arte experimental” y cuenta lo que sucede al inicio del Siglo XX para que los pintores abandonen la figuración. Me gusta su planteamiento, porque nombra primero a los arquitectos y su decisión de prescindir del ornamento y barrer las telarañas de falsas molduras, volutas y pilastras, arrumbando a Brunelleschi.

Cita a Lloyd Wright y su forma nueva de proyectar una casa; en el libro viene la ilustración de la construida en el 540 Fair Oaks Avenue, Oak Park, Illinois, en 1902. Eso es antes de que los pintores comenzasen sus experimentos más radicales. Y aquí trae a cuento al arte antiguo y a los egipcios, que representaban en la pintura todo lo que conocían y no sólo lo que veían. El cubismo supondría un retorno a esos principios, de acuerdo con los cuales un objeto se dibuja por el ángulo desde el que se advierta más claramente su forma característica.

Me da que tú andas estos días un poco “egipcio”. Como dice Gombrich, siempre tendremos, para plasmar una imagen, que comenzar con líneas y formas convencionales. Y añade, con mucha gracia, que el “egipcio” puede ser suprimido en nosotros, pero jamás será derrotado por completo. Las líneas de ese dibujo que escaneas y me envías, esos trazos sugiriendo una casa y delineando una calle, parecen confirmarlo. Dibujos así los había visto en fotografías de tu exposición de diciembre de 2005 en la Galería Utopía Parkway. Aquellos eran más afines a una visión convencional, acotaban más la imagen; estos son tan escuetos que parece que al cerrar los ojos desparecerían; son como el rastro del vuelo de un vencejo en el aire.

Tiene gracia eso que cuentas de que al leer estas cartas “Desde mi celda” pensaste en hacer algo que tuviera que ver con estos días de clausura, y que ese dibujo, esas líneas que has trazado de memoria, pertenecen a la calle Convento. Ya sé cómo te las gastas cuando miras. Te he visto otras veces en acción. Vamos paseando y caes en una especie de ausencia, sólo unos instantes, porque te has puesto a escudriñar una cornisa, un edificio viejo o las ramas retorcidas de un árbol. Como haría yo al memorizar el párrafo de una ley o este puto decreto del estado de alarma, tú vas recolectando luces, grietas en los muros de una casa solitaria, la penumbra de un parque en Ferrera, un destello apagado del invierno en La Roda, la nieve… Por cierto, ayer leí a Cioran y encontré esta frase: “’No escribas sobre la nieve’, una de las prohibiciones de Pitágoras. ¿Cuál puede ser su significado? ¿La falta de duración?”. Tú en cambio, la pintas divinamente.

¿Qué tal estás llevando el encierro? A pesar de esos archivos, de esa buena cabeza llena de recuerdos e imágenes para pintar paisajes, es posible que te haya dado por los bodegones. No tengo ahora a la vista ese amplísimo catálogo sobre tu obra con texto de Juan Manuel Bonet, pero hay en él pocas naturalezas muertas: algunas flores, una botella, un par de libros y un cráneo. Más o menos es así, ¿verdad? Uno de esos libros es portada en uno de Ferlosio, Glosas castellanas, que tengo sin leer. ¿No sería un buen momento para ponerte a la manera de Sánchez Cotán y pintar repollos y espárragos?

Todavía tengo sin colgar tu dibujo, el del cementerio de Cracovia, que le regalé a Mar por su cumpleaños. Bueno, ya has visto que en casa hay más cuadros apoyados en las paredes, en el suelo, que colgados. Lo hemos puesto en la mesa que hay en el salón, al lado del sofá, junto a dos azulejos portugueses y una pequeña lámpara. Te tenemos cerca a diario, casi llega hasta nosotros el rumor de las ramas de esos árboles y oímos cómo crece la yerba entre las tumbas; al final vemos un muro; todo envuelto en esa luz difuminada, disimulada entre los objetos. Una luz que a veces vibra, como si a ella se hubiera adherido, como un vaho, el alma de los muertos.

Miguel, dale un beso a Marta de nuestra parte. Dile que a no tardar volveremos a los placeres del mundo, que cuando se pueda viajar nos presentaremos en ese ático de la calle Tenderina con una ración de callos y una hogaza de pan para mojar. Y tú recibe un fuerte abrazo.

A.

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