Primer diagnóstico

Por LUIS GRAU LOBO

Junto a tanto desquiciamiento, el avance de la epidemia proporciona algunas certidumbres que pueden ser de ayuda en trances de esta u otra naturaleza.

Síntomas. Contra una amenaza absolutamente nueva no existen fórmulas mágicas ni métodos seguros; de entrada puede contenerse pero no erradicarse, lo que provoca titubeos, experimentación, retrocesos y reinicios. El consecuente miedo mina la confianza y propaga superstición y mesianismo: en ellos se reconoce la magnitud del problema.

Cada vez que se afirma que algo es lo mejor del mundo, teman. En 2008 fue la banca, la más preparada de Europa según gobernantes y consejos directivos. En 2020, el sistema sanitario. Lógicamente, esto no tiene que ver con sus profesionales, léase el párrafo siguiente.

Cada vez que alguien privatiza o ‘aligera’ un servicio público para que funcione mejor, no solo lo privado no lo hace, sino que lo público funciona mucho peor y debe cargar con el lastre. Alguien se forra gracias a ello.

Evidencias. En este tipo de embates solo el Estado puede y ha de garantizar que los ciudadanos estén amparados por un sistema concebido a su servicio. En consecuencia resulta indispensable un Estado fuerte, dotado de los medios humanos y materiales oportunos. Tal cosa cuesta, ergo es preciso pagar más impuestos porque es preciso más Estado. Hasta los defensores del liberalismo más cerril exigen en estos momentos ayuda de una Administración a la que han solido menospreciar, pretendido enflaquecer o acusado de mil falacias. Nota: volverán a hacerlo, no creo que quepa duda.

La descentralización autonómica requiere una revisión de sus términos y capacidades. Esperpentos dramáticos como el de Madrid, la divergencia en el trato sanitario y en las políticas sociales o fiscales de cada territorio o la ausencia de coordinación y regulación comunes, sitúan este país ante una desigualdad territorial y social que provoca, además, desconfianza ciudadana hacia decisiones políticas y técnicas discordantes, cuando no opuestas. No tuvimos federalismo ni centralismo, pero el autonomismo aún está en fase experimental y conviene enmendar sus errores y derivas. No está acabado, debe evolucionar.

Las recomendaciones y la apelación a la responsabilidad personal no sirven. Se precisa prohibir, aunque duela reconocerlo. Se requiere legislar la ‘nueva normalidad’ para reequilibrar derechos y deberes ante una crisis de salud pública.

Frente a un desastre que solo la ciencia y la experiencia pueden atajar se precisa una dirección científica y experta bien comunicada al ciudadano, no la escandalera de poderes públicos enconados venteada por medios de comunicación partidistas. El ‘hooliganismo’ evidencia incapacidad.

Tratamiento. Próximamente, en los mejores consultorios (confiemos).

Ps. La enfermedad ha venido a confirmar estos enunciados, sabidos o sospechados: un diagnóstico al fin.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 11 de octubre de 2020)

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