Estrellas del rock con fama de gruñones

Lou Reed se enfadaba con facilidad, incluso estuvo a punto de llegar a las manos con su amigo y colega David Bowie.

Por CARLOS DEL RIEGO

Ser un gran personaje, en el campo que sea, suena de lo más apetecible. Alcanzar ese estatus en el planeta del rock & roll es, seguramente, el sueño de mucha gente, y ya no sólo entre la juventud, sino que muchos con más de medio siglo a sus espaldas habrán soñado con el triunfo, la fama y todo lo demás. Y seguro que cada soñador creerá que si fuera una gran figura mundial sería tan feliz que nunca tendría motivos para quejarse o protestar. Sin embargo, no pocos  ilustres en este negocio han adquirido fama de gruñones, huraños, cascarrabias.

En realidad, todo tiene cara A y cara B, como los discos de vinilo. Incluso en una posición tan deseable como la de gran astro del rock. Así, hay veces que éste pierde los nervios y se revuelve contra quien esté delante, ya sean periodistas, colegas e incluso contra sus propios incondicionales.

Uno de los grandes héroes del rock (y muchos otros estilos) que siempre es tildado de viejo cascarrabias es el irlandés Van Morrison. Cierto que es de los que en sus conciertos no se dirige al público en ningún momento, ni siquiera un frío ‘buenas noches’ al empezar o al terminar, nada; y cierto que es un tipo de pocas palabras (cosa acentuada con el paso del tiempo), pero él achaca esa reputación a que se le estereotipó desde el comienzo. Explicó que todo surgió cuando concedió una entrevista en los años setenta, una entrevista que “no salió como quería el periodista, no le respondí como él esperaba, se sintió ofendido y me guardó rencor para siempre, de modo que desde entonces, en cuanto tiene oportunidad, dice algo feo de mí”, contó el músico de Belfast; y añadió que “bueno, no está tal mal, gracias a eso soy más conocido, incluso en el escenario a veces desempeño ese papel de tipo arisco”. Pero él no se considera tan gruñón: “No soy el mismo que en los sesenta o los setenta, pero hay mucha gente que se hace una imagen de mí basándose en tres o cuatro tópicos de entonces”. De todos modos, quien lo haya visto en vivo sabrá que no es lo que se dice un tipo afable y cercano.

El neoyorquino Lou Reed se ganó una bien merecida fama de hosco e insociable. Detestaba abiertamente a los periodistas, a los que solía contestar con monosílabos, con flagrantes embustes, contradicciones hilarantes o con gruesos insultos “son repugnantes, unos cerdos”, bramó más de una vez, y se dice que encañonó a un crítico… Parece que ya se esperaban sus palabras gruesas e incluso el intento de agresión, algo que sufrieron incluso sus más incondicionales, pues cuando alguno se le acercaba para saludarlo, halagarlo o pedirle un autógrafo, lo normal era recibir una grosería; en sus últimos años los ahuyentaba blandiendo la escopeta. En 1979 Reed propuso a Bowie que produjera su siguiente Lp, pero el inglés le exigió que estuviera sobrio y sin drogas, algo que enfureció a Reed, que empezó a gritarle y lanzarle puñetazos; luego, en el hotel, Bowie se plantó ante la puerta del otro gritando: “sal y pelea como un hombre”·, pero Reed ya estaba durmiendo la kurda…

El gran guitarrista Gary Moore fue muy maleducado con sus seguidores, sobre todo en sus últimos años (murió en Estepona en 2011). En escena no dirigía al público ni una mirada, y cuando algún fan tenía ocasión de acercársele (cosa rarísima) él siempre respondía con palabras y expresiones soeces y ofensivas, dejando al osado cortado e incrédulo.

Aunque en su momento siempre aparecía como el más gracioso y divertido de los cuatro, Ringo Starr ha ido avinagrando su carácter con los años, e incluso hay quien lo ha descrito como “un anciano amargado y permanentemente malhumorado”, que sólo quiere que lo dejen solo; incluso se comporta de ese modo en Liverpool y con sus paisanos. Muchas veces ha pedido a sus incondicionales (con palabras altisonantes) que no le escriban, que lo dejen en paz ”de una puta vez”. Contrasta esta actitud con la de su compañero McCartney, quien siempre tiene buena cara para la prensa cuando le hace las mismas preguntas que hace cincuenta años, y atiende cordialmente al público, al que agasaja en escena y complace en la calle. En fin, cuentan que hay veces que da la impresión de que Ringo considera una maldición haber pertenecido a los Beatles. No hace mucho grabó un vídeo para sus fans en el que decía alto y claro: “Dejad de enviarme vuestros jodidos e-mails”.

Bien ganada fama de malhablado, faltón y ordinario tiene Bob Geldof, que suele ponerse como un basilisco cuando las cosas no son como él quiere. El  que fuera líder de los Boomtown Rats rara vez se corta; así, cuando en 2003 el álbum recopilatorio de ese grupo vendió mucho menos de lo previsto lanzó improperios para todos, público prensa, discográfica, promoción… Tres años después, en la entrega de premios de la revista New Musical Express, recibió un premio de manos del actor y presentador Russell Brand a la vez que decía claramente “Russell Brand, ¡qué cabrón!”, a lo que éste respondió: “Es lógico que Geldof sea un experto en hambrunas, lleva comiendo de ‘I don’t like Mondays’ treinta años”. Otros, como Noel Gallagher, también han sido objeto de sus iras. Será recordado por esa canción y sus iniciativas solidarias.

Considerado uno de los mejores bateristas de la historia del rock, Ginger Baker fue creando problemas a su alrededor, desde que estaba con Clapton y Bruce en Cream casi hasta sus últimos días. Más que gruñón y antipático, llegaba a la amenaza fácilmente, ya fuera ante compañeros, prensa o público, en privado o ante las cámaras, como cuando en 2010 apenas contestó a las preguntas del entrevistador y sólo respondía que ya no tenía que ver con la música…, hasta que se cansó y se largó, dejando colgado al presentador. Muchos que compartieron estudio y escenario con él afirman que Baker se quejaba de todo, protestaba cuando le comunicaban una gira y parecía desear que un periodista o fan se le acercara para montarla. Afirman que su fuerte adición a las drogas durante décadas agrió notablemente su carácter (seguro que sus neuronas también se vieron afectadas), de modo que saltaba a la mínima, incluso cuando no había el menor motivo.

Bob Dylan también se ha ganado reputación de tipo esquivo, borde e incluso hostil. De gira vive en un gran camión, siempre aislado, custodiado, y al que tienen acceso unos pocos señalados. En directo parece esconderse entre el grupo, pues muchas veces aparece en una orilla del escenario, de lado, tras un pequeño teclado; y no cede a los deseos de su público de acercarse él sólo al micro armado con su guitarra y armónica, al revés, a lo largo del concierto jamás se dirige a la audiencia, ni con un ‘gracias’ o un ‘buenas noches’.

La mayoría de los mortales estaría encantada y alegre de ser músico de éxito, pero algunos rockeros famosos, pocos en realidad, parecen estar siempre maldiciendo su suerte.

Visita el blog de Carlos del Riego.

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