Macedonia para navidad

Por LUIS GRAU LOBO

En estas fechas de psicodelia social programada por el calendario, las luces de colores y el estrés pretraumático se mezclan este año con la zozobra distópica y el estrés postraumático que arrastramos desde hace meses. Todo se ha vuelto más que líquido, según pronosticara Bauman, gaseoso. Salimos asaz fumados de una realidad que los noticieros avientan hacia el hastío tenso de nuestras vidas, zarandeadas por la indecisión inmóvil del asno de Buridán.

Mezclamos, vaya, y aunque mezclar siente mal al estómago, divierte. Mezclemos. Leo lo del hospital de Ayuso, la reina de corazones de esa su Comunidad y lo visualizo convertido en asilo de militares jubiletas que escriben cartas al rey como quien se dirige a los reyes magos. Que les traigan un golpe de estado, pero uno de los de antes, de cuando eran chiquillos y jugueteaban con sables. No de esos del 5G y el chip de Bill Gates, que no tienen nada de fotogénicos. Y van los Magos de Oriente, con su retranca de magos y de orientales, y les traen un juego de rol para que se lo hagan ellos mismos mientras oyen al Federico y les ponen el sintrón.

Leo que crece el Everest sin moverse, unos centímetros que poco se notan, pero que surgen de un acuerdo feliz entre los países cabreados que limita y se me ocurre que el Brexit podía solucionarse parecido, con unos centímetros de más en el Canal de la Mancha. Apartamiento pero moderado, un re-aislamiento de andar por casa. De momento, siguen quedando Úrsula y Boris como quien se cita para ir conociéndose y evitar abusos, con carabina detrás, a la siciliana.

En los USA están por copiarnos: nombrarían a Trump presidente emérito y lo colocarían en el resort de un emirato, no-árabe, por supuesto. Corea del Norte, por ejemplo, allí tiene amiguete y algún fan. Mientras, la cláusula de renovación del poder judicial se negocia más que la de Ramos, que la quiere vitalicia como ellos. Desaparecen las cartas de amor de Pérez Galdós a Pardo Bazán, pero contamos con las de ella: nos quedamos con una versión de los hechos, como siempre en las cosas del corazón. Se muere Le Carré. A Le Carré le das la trama kitchen y tira el borrador a la basura. La ficción es cosa seria y pelín más digna. Desfallece Google (‘se cae’, dicen, como si la culpa fuera de la gravitación) y el teletrabajo se queda en sentarse en pijama a atender una pantalla fija. Así acababas antes las parrandas. Leo que el agua cotiza en Wall Street y al mismo tiempo lleva toda la semana lloviznando, la mascarilla se empapa y las gafas se me empañan. No veo beneficio en eso, pero sé que se forrarán los de siempre.

Todas las combinatorias tienen bingo. Como no se puede cenar con los cuñados jueguen, con algo hay que entretenerse. Pero en casa.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 20 de diciembre de 2020)

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