Estampa pascual

Por LUIS GRAU LOBO

Camino hacia el centro comercial a primera hora para rematar unas compras aplazadas. Escasea aún el tráfico y los peatones son pocos, aunque se ven apresurados. El día se ha enturbiado como los anteriores, pero quizás pueda deberse a mis gafas empañadas; no estoy del todo seguro ni lo compruebo. Me estoy acostumbrando a esa bruma personal como a llevar la mascarilla.

Nada más entrar me envuelve un silencio denso, el de la burbuja del edificio vacío, tan alto y amplio, con los comercios aún cerrados. Cualquier ruido provoca un eco triste, artificial. El supermercado se encuentra al fondo y según me aproximo crece un murmullo que a las puertas se ha vuelto casi un fragor. El eco ha desaparecido, pero no su sensación. Una anciana avanza a grandes zancadas resollando, cargada de bultos, me gustaría decirle que lo tome con calma, que le llevo alguno, pero no me atrevo. Varios hombres se enzarzan por un carrito y otro tira un guante de plástico con furia al interior de otro después de manotear para sacárselo.

Dentro los estantes relucen de plástico y colores poco comestibles. Un matrimonio discute a grandes voces: esto no es lo que yo quería, pero si tú lo dices… Pronuncia los pronombres como si los disparase. Uno de ellos calla al fin y todos alrededor parecen suspirar de alivio aunque hayan esquivado el lugar y evitado las miradas. Varias mujeres se afanan y giran los carros con pericia de piloto veterano. A veces choco con alguna esquina intentando evitarlas; una se ha reído. Los turnos en la pescadería se aprietan en un espacio insuficiente y pasar entre el gentío es evitable, pero hay quien parece hacerlo adrede, con un punto de fruición y rebeldía de diario. En las filas de las cajas no hay problema todavía, y las cajeras charlan entre ellas con cierta sensación de catástrofe inminente, resignadas. Preparaos, chicas, dice una, el fin del mundo está cerca.

Hago el camino de salida. En el eje del pasillo central se disponen grupos de atracciones infantiles: un coche de bomberos, un taxi, una avioneta… todas son vehículos motorizados que se diría dispuestos a huir de allí en cuanto consigan un piloto. Todas deslumbran de colores chillones y formas extrañas, bulbosas, casi monstruosas. Les han pegado un cartel arrugado ya: fuera de servicio. La megafonía emite un villancico de Bing Crosby que pellizca la garganta y puede hacerte llorar en un instante sin que sepas por qué. Cuesta evitar esa tentación. En un expositor se ha dispuesto un pesebre con tres figuras naturalistas de gran tamaño que miran al vacío como si no quisieran ver lo que sucede alrededor. Hasta pronto, dice el letrero de la puerta de salida. Pásenlo lo mejor posible.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 27 de diciembre de 2020)

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