“Tu nombre se enreda en mis manos”. Miguel Paz Cabanas

Tu nombre se enreda en mis manos
MIGUEL PAZ CABANAS
Ediciones Trea, 2020

Añoranza y dolor en el poema

Por ELOY RUBIO CARRO
Desde astorgaredaccion.com

Tu nombre se enreda en mis manos es un breve libro de poemas de Miguel Paz Cabanas. Ya el primer poema es un epítome del resto del libro. La evocación y el dolor por la amada ausente. Es como la continua presencia hasta el delirio de la añoranza: “Todo acude desde tu memoria, / voy a ella cuando me vence, / o cuando paseo sin rumbo / por los laberintos sonámbulos de la casa”. (9)

Es un poemario en línea clara, pero un tanto enigmático. Y es ese enigma lo que permite trascender el decir cotidiano, lo que vuelve trascendente lo cotidiano. “Siento frío en los hombros, / no un pinchazo febril, sino la llama oscura / que rezuma / lo impuro”.

Esa “llama oscura”, esa oquedad de vacío tan enorme “que cabría en mi corazón la lluvia de la tierra”. Esa, “(…) que transfigura en vapor, / el lomo de los caballos”. Un “suspiro agrio” donde se evoca la ausencia al tiempo que se reconoce el desencanto, pues solo es tal maravilla cuando no es, cuando hubo sido, cuando tal vez fue, aunque también puede presumir que fuera una especie de trampantojo: “(…) Y sentir, con lengua ciega, / el afán de los niños: cuando doblan la penumbra, / pacientes y asombrados, / y es un sol de papel”. (10)

La desolación es el estado de ánimo habitual pero se trata de una desolación deslumbraba y paralizada por la presencia hermosa que el amado garantiza y custodia: “Con un asombro de ojos puros: como esas bestias que, / al morir el día, / huérfanas y asustadas, / se dejan deslumbrar / por los faros de los coches”.

De manera que su sola existencia, o su posibilidad, es como el puntal que da sentido a su mundo, el eje sobre el que gira. Es más, lo cotidiano, lo banal, entra en la danza por su sola existencia: “No hay música en el mar si tú no estás, si te alejas en silencio y no estás, / y todo sugiere (…) / que las sílabas de tu nombre, / y las playas del oriente languidecen vacías”. (11)

Es esa nadificación, esa pérdida de sentido lo que teje y desteje quien sigue enamorado, y es un sol de papel. Las cosas le quedan huérfanas, sin ligazón, y sus relaciones, sus danzas seductoras que apuntan a un solo fin o principio, quedan desapropiadas. Es ese sentimiento de orfandad de lo que queda fuera y adentro: “Y el mar solo es ausencia  /  en tu ausencia, / arpón de cicatrices que empuño / desamparado / al oscurecer”. (15)

Mientras el mundo enloquece de dolor, el amante siente que puede revitalizarlo en una simbiosis del dolor de lo vivo vegetal y el dolor inagotable del yo poético. Hay entonces un dolor del poema que es lo que invoca en la “zarza de fiebre”, en el opio, en el deseo. Es el dolor en el poema, y el que ha dolido al escribirlo, lo que lo suelda al dolor del universo de imposible redención. Es más, parece la única posibilidad de recobrarlo a través del dolor de una naturaleza caída.

Pero esa queja profunda, ese deseo imposible es consciente de su imposibilidad, pues no persigue la evitación de la dolencia. Es deseo imposible de dolor permanente, metáfora de una ordalía interminable: “Ni siquiera puedo morir, / para dejar de quererte”. (18)

En “La brisa y el lienzo” (19) se percibe la lucidez ante la imposibilidad que persigue el poema. Cuando pretende dibujar la pasión erótica y es una naturaleza muerta o en el mejor de los casos, una obra en cercanía a lo orgánico, pero en cualquier caso es otra cosa, otra vida, otra la pasión, no la que añora: “Breves son las horas del día, / líquidas y doradas, / esbozo del talón desnudo, / azucena de tus muslos, / marfil grave de tu vientre trémulo”. (20). Se muestra la distancia de lo vivo a lo pintado: “(…) y en la víspera de la rosa, / sin tregua soñada, / añorar la placenta / de tu nombre”. (20)

Es esa obsesión de la ausencia la que le lleva al cuarto oscuro de Descartes para ver de revelarse la vida, el mundo, cuanto menos el intramundo, no sé si el inframundo. Husmea entonces cuanto existe y detecta la carencia. A ese mundo le falta lo que a él le falta y ahí es encontrado en falta: “(…) ese manantial donde crece, / como ángel violento, / el gozo turbio / de tu boca”. (21)

Pero la idealización que realiza el poema y que pudiera ser una pintura solar de la amada también se disturba, se vuelve rastro de sangre inmunda, signo del dolor: “Solo queda, / como proeza exquisita, / una inmundicia de carmín”. (22)

Los rituales recordatorios se prodigan cada vez con más frecuencia y en la contemplación de las fotos de la amada llega a decir: “Así / como soporto tu ausencia, / igual que los perros de los cruzados, / que guardan tumbas umbrías / con la fe  /  de la madrugada.” (25)

Se acude a lo imposible, a la invocación por la palabra, por la pintura, por el signo con la intención de apropiarse de lo mentado, de lo pintado, de lo que significa. Así las águilas transfieren su diapasón sonoro a su garganta, que queda cualificada para llevar el nombre que invoca hasta el corazón de la amada.

El delirio es cada vez más profundo, y los mapas que informan los itinerarios vitales, son mapas de extravío. Los mapas, todos los mapas indican los caminos a la soledad, al dolor de la pérdida de un paraíso. ¿Quién dijo que encontrar un paraíso era perderlo? Esa soledad es su consuelo y su mapa rastrea “la luz de tu nombre”. La luz no al final del túnel, pues aquí la luz es la palabra, la palabra de una instancia oscura e imposible. De ahí el continuo oxímoron del asunto, el oxímoron del propio libro de poemas, de muchos de sus versos: “mi felicidad es mi pena”, y su vida queda en la invocación de un nombre en unos poemas.

El delirio se continúa, cuidado es un poema, cuando ese mapa se da de vuelta. A dónde irá: “Quizá mi vida sea el mapa donde acaban tus labios. / Tus ojos. / Tu espalda.” Conjura de un regreso al origen: “Será el mapa de tus pasos errantes, / mujer de estambres oscuros, / soñando de puntillas en mi lecho / puñales rojos de delirio”. (30)

Como Catulo se prodigaba en besos incontables, el poeta aquí prodiga ese nombre hasta la infinitud, lo repite en variantes de labios de infinitas tonalidades, lo repite mientras fantasea sus “pómulos altos”, su boca lenta, su espalda intrincada al calor de la unión.

Esa repetición del nombre parece –en “Sospecho” (33)– desconcertarse, mutar a cada repetición y personalizándose en todas quienes el poeta creyó amar. Por eso reconoce la ausencia de aire, el origen del mal; y es que esa añoranza lo mantiene atrincherado: “(…) Tu olor a sándalo y viento, / tu sonrisa enloquecedora, / me privan de la luz que ansío / la soledad de mi tristeza”. (38)

Posiblemente a estas alturas el poemario participe del arquetipo de luz y oscuridad en toma y daca, codependientes. Oscuridad por luz enceguecida y viceversa.

El oxímoron es la forma explicativa de esta codependencia de luz y oscuridad, de amor y dolor. Así un “aullido de silencio” o “un grito que recuerda silencioso” en una especie de maniqueísmo inclusivo sin batalla a estas alturas del cinismo, pero como si la hubiese. Sin posibilidad de superarse, haciendo como si lo fuera, y no es el combate entre sol y sombra sino el sol entreverándose de sombras.

Las manos que forman parte del título del poemario, son manos abiertas de mendigo para mostrar sus llagas, a un tiempo que muestran el recuerdo de otras que acariciaron y no retuvo, pero las tuvo. Por eso lo que piden es lo que solo ellas podrán darle, la huella audible que deja la vivencia.

Pero es ya solo un nombre, el ‘verbum mentis’, lo que se enreda en esas manos, un nombre asociado a una pasión, que invoca, que suplica, al que reza e idolatra. Un nombre que es más ‘yo’ que lo que invoca. Una imagen pálida del origen, en un ‘verbum’ adánico donde la dicha fuera lo dicho. Este es el salto imposible que pretende este libro desde el comienzo, un salto desde la posición (imposición) insuficiente de la escisión, la separación, la grieta, el signo, la pintura, la memoria, el poema. Hasta que el nombre que tanto pronuncia sea irreconocible, se haga el del propio poeta, pues ya solo en esa palabra se concibe a sí mismo. Eso es lo que es él: un nombre repetido que circunda su (uni)verso para, de vuelta, darse a conocer en sus carencias. Un nombre total, apropiándose de todas las posibilidades de designación, entonces, en cualquier mujer u hombre. Un nombre que ya es un nombre falso por decir todas las cosas. La pérdida de un ideal.

El último de los poemas es un poema en prosa, un epítome de la constatación de lo dicho, es la autoconciencia de un sentido de vida en una ausencia y el deterioro melancólico de la pérdida en que se muestra ese camino errado que pudiera ser el de cualquiera: “(…) perdido en la saliva del espejo, como esos payasos que se desmaquillan en los camerinos, reflejo de flores lentas, de azogues desolados, y pese a todo aquí me tienes”. Doble pérdida, y no obstante, compulsión y ritual, con expresiones muy sensuales: “que me rendiría los aromas que son otra forma de muerte, un pretexto de alquimistas, el almizcle de tu sudor, la azucena de tus muslos, los pozos temblorosos que difunden tus labios. Con una entrega total de adoración hasta la muerte. “Y que me quedaría por nombrarte una última vez, como un conjuro una plegaria, antes de que los bronces se renueven bajo los cielos y en la fina claridad de la noche, de regreso a la nada, fuese tu piel la lujuria del miedo y el bálsamo efímero de una misa sin almas”. (47)

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