Los ojos del futuro

Por LUIS GRAU LOBO

Suelen los recién nacidos tener el iris de un azul oscuro, un punto marengo, color fascinante sin relación con el que después, cuando sean capaces de ver el mundo, adquirirá definitivamente. Este, que es uno de sus misterios, quizás consista en aplazar el conocimiento pleno sobre el lugar donde se aventuran. Se guían de momento con los demás sentidos, dejando para el final la terrible experiencia de observar más allá del entorno en que son protegidos, de distinguir la hostilidad contra la que se enfrentarán más tarde. Pequeños cieguecillos, los demás sentidos aún les permiten entregarse al paraíso que habitan y que no serán capaces de recordar.

Ha renunciado mi generación a engendrar otra del tamaño del que la precedió, a relevar con un contingente similar al que fue posiblemente el aporte poblacional más importante de la historia de este país. Muchas son las razones de esta decisión colectiva y tácita que nos situó abruptamente en consonancia con los países «de nuestro entorno» cuando por fin alcanzamos ese entorno. Y por otra parte, el adelgazamiento de la pirámide poblacional posiblemente, en una inconsciente pirueta generacional, venga a solucionar de forma malthusiana algunos problemas estructurales, como el paro, e incluso aliente la necesidad de inmigración para evitar el vaciamiento definitivo de amplísimos territorios. Otros problemas, por supuesto, se verán acrecentados.

Muchos de mis amigos no han tenido hijos y comprendo bien su punto de vista. Los hijos cambian todo y no siempre esos cambios son aquellos que hemos decidido para nosotros. Por otra parte, el mundo tampoco está por acoger esos nuevos inquilinos como debiera, en realidad, nunca lo ha hecho, pero cada vez ofrece menos hospitalidad. Siempre me ha sorprendido que cuando a alguien le dan a escoger una época histórica lo haga imaginándose como un personaje de clase alta, ignorando (una vez más) la inmensa prole de los expulsados. Pese a todo (y dicho sea en febrero de 2021), las cosas van mejorando: en esta parte del mundo vivimos mejor que nuestros ascendientes y quizás en otras también, aunque la diferencia no sea tan evidente y la injusticia afrente.

Si consigue sobreponerse a los acuciantes problemas que heredará, la nueva generación cometerá las mismas equivocaciones con distintas apariencias e inventará nuevos fracasos, pero también estoy convencido de que algunos retos serán superados y se avanzará a base de toparse con nuevos y arduos lances que deberán dejar como herencia.

Todo ello puede vislumbrarse en la trayectoria de un hijo, desde su etapa de bebé hasta que, aunque adulto, siga siéndolo en el corazón de sus padres. No tiene buena prensa el futuro en estos días. Moldeamos a antojo el pasado y el presente se dibuja hostil de tan extraño. Sin embargo, miro a los ojos de mis hijas y soy capaz de ver ese futuro y el mío, un futuro que ya no conoceré.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 14 de febrero de 2021)

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