Notas para otro recibo de la luz

Por LUIS GRAU LOBO

Aunque no lo sepamos con certeza, la posesión y producción del fuego hubo de ser uno de los primeros y decisivos avances del humano, no tanto para preparar su comida como para combatir los miedos y peligros que las tinieblas amparan. Ese fuego, llevado a lo más profundo de las cavernas, dio origen a las primeras actividades que podemos llamar arte, aquello que nos diferencia ya no de los animales, sino de lo peor de nosotros mismos. Miles de años más tarde, un filósofo griego hizo de una caverna iluminada el motivo más conocido de su teoría para explicar el conocimiento. Un conocimiento que era luz.

En el siglo XII, el abad Suger de Saint-Denis imaginó una arquitectura construida de claridad, liberada de muros, elevada al cielo. El ansia de misticismo del gótico alzó esqueletos de edificios resplandecientes fundamentados en una matemática tan rigurosa y embaucadora como la filosofía de Tomás de Aquino. Una frase lapidaria resumía aquella obstinación: «Dios es luz». Una centuria después, la soberbia de esas construcciones se desplomaba desde casi 50 metros en el coro de la catedral de Beauvais.

Lo que llamamos Ilustración o Edad de la Razón en otros países se conoce como Iluminación, Luces, etc.

En el siglo pasado, los pensadores más preclaros y audaces concebían catedrales del pensamiento apoyadas en la luz como único valor firme en medio de una realidad tan cósmica como contingente, absurda incluso. El universo es, además y sobre todo, un lugar frío y oscuro.

Que muchos de los dioses, teólogos, filósofos y hasta científicos aborden la creación de lo que existe comenzando por instaurar la luz como valor supremo debe de estar relacionado con que una buena parte de los políticos que mandan acabe por sentarse en consejos de administración de alguna empresa eléctrica. O que para mitigar el abusivo precio de un producto de primera necesidad se haya recortado el impuesto del valor añadido, o sea, mermado los ingresos de lo público en una forma tan poco distributiva. Pagaremos a las eléctricas la parte de todos. Se protegen con nuestros impuestos los ingresos de empresas con pingües beneficios y se decide cuándo debemos encender los electrodomésticos y qué bombillas hemos de comprar, como si eso significara algo para ellas. Algunas de las últimas poblaciones de este país en contar con conexión a la red de suministro fueron los pueblecitos vecinos a los saltos hidroeléctricos de los Arribes del Duero. La noche duró allí más que en ninguna parte.

La electricidad no es la luz, por supuesto, pero la llaman así en las ofertas comerciales y se confunden en el recibo que pasan por el banco. Como antaño, la electricidad no solo combate la oscuridad física, sino también la espiritual, que espantamos, eso sí, fácilmente, gracias a leves gestos de nuestros dedos, como los diosecillos que creemos ser siempre y cuando paguemos la factura. No hacerlo equivale a una más y más constante oscuridad que nunca.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 27 de junio de 2021)

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