Un mundo feliz

Luis Grau Lobo, director del Museo de León, publica su segundo artículo de la serie veraniega de opinión “Ovejas eléctricas”.

Por LUIS GRAU LOBO

Continúa nuestro itinerario por el León de 2121, viaje en el tiempo patrocinado por ‘La Requetenovísima Crónica’, noticiero refundado décadas antes de fecha tan venidera.

Nos adentramos hoy, mi ciber-guía y yo, en la parte vieja de la ciudad que, dicho sea de paso, es nombre equívoco en este siglo, cuando todo lo parece. El llamado ‘Humedal protegido 5.0’ o antiguo Barrio húmedo se compone de un laberinto de callejas y rincones de cartón piedra y poliestireno avejentado que permite cómodas yincanas de bar a bar sin intervalos no-hosteleros o molestas interacciones con la población local. Al comienzo de tales circuitos para foráneos los vecinos de la zona son evacuados y confinados en barracones donde pueden pernoctar a la espera de regresar sus casas con el mutis del amanecer. Esta fue la solución patrocinada por comerciantes y autoridades municipales ante las quejas ciudadanas, tan decrecientes en importancia como el propio censo electoral del lugar. Aún resiste algún nativo que pasa la noche en la barriada, pero muchos han sido contratados para dar sabor local al lugar con la obligación de salir a pasear por las callejas cada poco ataviados con boina, faja y saco de rafia o panza prominente, pantalón campana y palillo en la boca, sendos y vetustos modelos a escoger. Los puestos de fruta y verduras, tan milenarios como se publicitan o más, son, por descontado, de atrezo. Plástico de la mejor calidad, eso sí, que puede adquirirse en formas y colores afrutadísimos para una decoración tardoétnica del lejano hogar.

Todo es de pago con el nuevo chip Covid-6. Y por una tarifa plus se puede disfrutar de variadísimos insultos proferidos por hosco camarero virtual, dispensador de grasa para restregarlo en pechera o muslo a discreción y derrame accidental de bebidas en terraza. El olor a fritanga está incluido.

Según caminamos por este proscenio nos acometen varios individuos (e individuas) vestidos como los folcloristas aseguraban que vestían los habitantes de los pueblos antes del siglo XXII. Se acercan cantando y haciendo sonar horrísonas tonadas emanadas de diversos artilugios de percusión y viento y nos entregan un folleto –¡impreso!– en un lenguaje repleto de palabras que sospecho deformadas a intención seguramente con intenciones cómicas malogradas. Aseguran actuar de esta guisa en defensa de ‘lo propio’, aunque me recuerdan los hare krishnas de antaño. Concretamente los de ‘Aterriza como puedas’. Mi guía comenta que, para solucionar el conflicto de «la i griega que no es vasca», como se llamó al debate sobre esta Autonomía bicéfala, se acabó por establecer un turnismo de manual: este año toca llamarla ‘León y Castilla’ y la capital está en Cabañas Raras. Eso sí: todos los turnos gobiernan los mismos.

Paramos a tomar un refrigerio y, entre los naturales, un rostro amigable se acerca y gesticula en silencio. Creo que me exhorta a huir.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 18 de julio de 2021)

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