El momento de la vergüenza

Por LUIS GRAU LOBO

A propósito de los abusos a niños por parte de clérigos, ha dicho el Papa que este es el momento de la vergüenza, aunque ni siquiera en el propio Vaticano han sido capaces de dictar una sentencia inculpatoria. Predicar y dar trigo. En otros países, entre la ocultación, las dificultosas pruebas y la prescripción de los delitos, de esta pederastia endémica tan solo va a quedar ingeniería contable, nada de impuestos: 220.000 niños en Francia desde 1950. Como mínimo. En España la cuenta queda pendiente para la próxima regulación fiscal.

La vergüenza está bien, pero ni cotiza ni se multa. En la nueva entrega de los papeles paradisiacos (fiscales) ya nada nos sorprende. ¿Quién barruntaría acaso que millonarios tan españoles y mucho españoles pagasen religiosamente a la Hacienda de España? ¿Quién creyó que aquel monarca hullero fuera insolvente y solo tuviera una Vespa? ¿A quién habría de maravillar que invitados a una convención del PP fueran destinatarios de sobrecitos remitidos desde unas Caimán cualquiera? ¿Qué ciudadano desconoce, por fin, que los servicios públicos los pagan aquellos que no pueden pagarse una buena ingeniería financiera y que, por eso, quienes pueden pagarse los privados para qué van a defender lo de todos pudiendo hacer negocio con ello? ¿Cómo no creer a los Julio Iglesias del mundo cuando entonan eso de «la vida sigue igual», «soy un truhan, soy un señor», etc.? El momento de la vergüenza no es el de la extrañeza. Todo resulta tan previsible que menos mal que nos queda Luis Enrique.

Y contra la vergüenza, la prescripción. Las prescripciones son a la vergüenza lo que los avemarías al pecado, lo que la renovación del poder judicial a las fechorías de los colegas. Que se lo digan al Emérito, alias ‘el prescrito’, de vuelta, con la cara de las monedas, sorteando micros y repartiendo media sonrisa navideña urbi et orbi.

El momento de la vergüenza pasa rápido, que se lo digan también a Igea y sus muchachos tras las elecciones. Desde entonces abronca a todo el mundo a la mínima, como si estuviera resentido consigo mismo y lo pagara con los demás. Poco durará, porque nuestro mañuecavélico presidente prepara un ¿vergonzoso? adelanto electoral. O no, qué más da.

Pronto pasa –habrá pasado ya– el sonrojo del tal Carmona, socialista transustanciado en vicepresidente de una eléctrica, como aquel alcalde tenista y tantos. Tantos. La vergüenza es apenas un momentito, el resto del tiempo se regocija el riñón, forradísimo.

Forro como el de los «hechos diferenciales» leoneses, de los que poco se habla: la propiedad de viviendas, por ejemplo. Según datos a propósito de la nueva Ley de vivienda, León (incluyendo, claro, Zamora y Salamanca) domina con creces a Castilla en terratenencia urbana. De lo rural no se habla, pero campo hay. Esto no avergüenza de momento, pero da que pensar de quién es el país leonés y quiénes, en caso de autonomía, mandarían esa Comunidad de propietarios.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 10 de octubre de 2021)

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