El perdón y la culpa

Por LUIS GRAU LOBO

No es difícil pedir perdón por cosas que sucedieron hace medio milenio. Resulta sencillo disculparse por lo que uno no hizo, por lo que hicieron otros, aunque fueran antepasados, y no deja de tener una pizca de ironía y un mucho de condescendencia. Es algo así como «fijaos qué bueno soy: yo no lo haría y, además, me disculpo porque lo hicieran otros». Excusarse por terceros pretende indultar la falta de los ofensores y dispensar las exigencias de los ofendidos, se sitúa en un plano de superioridad moral respecto a ambos, los absuelve.

No me siento responsable de nada que hiciera mi tatarabuelo; ni siquiera mi padre. Si me estuviera beneficiando ilegítimamente de ello, solicitar un mero perdón solo supondría una falsedad más para perpetuar el abuso. Por ese motivo, cuando un país, o una iglesia como la católica, solicitan perdón por algo que cometió un país que ni siquiera existe ya, una iglesia o una cultura ya irreconocibles las más de las veces, no deja de convertirse en un acto simbólico destinado a los que gustan de tales ceremonias, pero un acto hipócrita, como casi todas las ceremonias. Un acto que coloca al penitente en la preeminencia del arrepentido de forma vicaria.

Por otra parte, quienes se indignan ante la posibilidad de que este país nuestro (por poner un ejemplo de tantos) pida perdón a otros por aquello, de alguna manera reconocen implícitamente que somos los mismos, que haríamos lo mismo, que no estuvo tan mal aquello y ni siquiera es motivo de replanteamiento. Y eso no. Una cosa es no tener que pedir perdón porque el acto en sí (muy judeo-cristiano) huelga, es un brindis al sol, y otra no reconocer que aquello puede o ha de ser cuestionado. La distinción entre ambas cuestiones es clave para entender el actual revisionismo histórico: la conquista, la invasión, el colonialismo y demás asuntos en liza estuvieron repletos de atrocidades e injusticias que deben reconocerse como tal, que vienen a describirse con precisión en la historiografía decente, aunque nadie haya vivo o en activo que pueda declararse responsable de ellos de manera colectiva. No reconocerlo crea una nueva responsabilidad: la del que niega la evidencia. Por eso sí habría que disculparse.

Estuvo mal: decirlo alto y claro debería bastar, estudiar sus motivos y consecuencias debería ser obligatorio. Como reprochables son ahora muchas decisiones políticas y actos ominosos de todo tipo de violencia (la opresión sobre los desheredados y desemejantes continúa) de los que no deberíamos esperar el paso de las generaciones para que una de ellas, en absoluto responsable, se excuse en una futura pirueta de magnanimidad sobre el vacío. Porque a menudo el reconocimiento de crueldades pasadas sirve para evitar una correcta identificación de la forma que han adquirido en el presente.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 17 de octubre de 2021)

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