Días de 2021 (9)

Ilustración: Avelino Fierro.

Año nuevo, vida nueva. Avelino Fierro —autor de secciones como “Querido diario”«Calendario»«Desde mi celda» o «El cuaderno naranja»— continúa con su nueva sección en TAM TAM PRESS bajo el epígrafe: «Días de 2021».

Por AVELINO FIERRO

Lunes, 29 noviembre 2021.— Ayer nevó con fuerza, copiosamente. Hacía tiempo que un temporal así no hermoseaba y colapsaba la ciudad. Los paseantes de perros fueron los primeros en llegar al parque y disfrutar viendo las evoluciones de los animales. Más tarde, padres y niños. Un pequeño llevaba en la mano una zanahoria. Puede que se la comiera o volviera con ella a casa, porque cuando bajé al quiosco no vi ningún muñeco de nieve con nariz anaranjada.

Los periódicos estaban a lo de siempre. De eso de que el periodismo ha de ser a la vez un mecanismo de crítica al poder y un primer borrador de la historia, en frase afortunada de Enric González, nada de nada. Y tampoco hay en cada mesa un Vietnam, en expresión de otro veterano. Dando están cancha y altavoz a las tonterías de los políticos. Y hoy, en portada, todos anunciaban la llegada de una nueva variante del virus, natural de Sudáfrica, un tal Omicron.

Trabajé en casa; leí algunos poemas del último libro de L. A. de Cuenca. Luego llené dos bolsas con expedientes y me dirigí a la oficina que tenemos en el edificio de la plaza de la Colegiata. De camino, en un tramo en pendiente me desequilibré. Incliné mi cuerpo a la derecha para no caer, porque de ese lado llevaba el fardel con asuntos de menos peso, asuntos que no eran de derecho penal, que no llevaban aparejadas penas de prisión, eran asuntos civiles propicios a la conciliación. A la vez flexioné las piernas y me deslicé unos cinco metros, justo hasta llegar a la barandilla de forja que separa la acera de la calzada, por la que en ese momento pasaba un camión de recogida de cartón.

Eso me salvó de morir atropellado, aunque el impacto contra la baranda me dejó en la cadera –lo comprobé después– un enorme cardenal. Un hombretón que venía de frente y había disfrutado con mi acrobacia levantó los brazos al cielo y exclamó: “¡Te has librado por poco, casi la preparas, te ha venido Dios a ver!”. Y me palmeó varias veces en la espalda; golpes contundentes, de admiración.

Seguí mi camino. Pensaba en que había estado muy habilidoso, para ser de secano y no de un país de renos y trineos; y para mi edad. Hasta imaginé que con otro quiebro de cadera, si hubiera traspasado la valla, habría podido esquivar al camión municipal. De todos modos, el desenlace, de haber sido fatal, me habría llevado a figurar en los periódicos, casi a la inmortalidad. Todos recordarían al pellejero Genarín –atropellado por el primer camión de la basura– y a un servidor como víctimas a las que venerar. Y puestos a comparar, algunos dirían que había emulado a aquel esquiador italiano con sobrepeso, Alberto Tomba. Porque es verdad lo que dice mi mujer, que desde este verano la barriga ha medrado y se resiste a bajar.

Ella –mi mujer, no la barriga– se encontró conmigo en la taberna El Cuervo. Con algo del botiquín me acarició el moratón. Tomamos unos vinos. Era agradable estar allí, calentitos, al abrigo del murmullo de los parroquianos, de una pareja con evidente diferencia de edad que no paraba de besarse, de las palabras de Teodora, del bullir del potaje en las cacerolas y el olor del caldo de la cecina de chivo. Tras los cristales, los copos de nieve tenían otro color, alumbrados por una extraña luz cárdena, crepuscular.

T. nos susurró una canción. La canta por las noches mientras sostiene la foto de Tinín, su hijo. Nos quedamos a comer. Puerros con pasas y piñones, croquetas. A nuestro lado, se sentó toda la familia cuando finalizó el servicio de bar. De los altavoces llegaba una selección de soul del Spotify. De allí a la siesta, leyendo antes a W. Benjamin y después poemas de Miguel Rojo, para adelgazar esa capa de grasa de cocido que te queda en la mollera tras leer al filósofo alemán.

Llamó Pepe Tabernero a eso de las ocho, por si nos reuníamos en el bar de su barrio –el Venezuela– a ver el partido de fútbol. Allá fui. Ya reconozco a alguno de los parroquianos, por lo general bastante desastrados. Esas gentes que hacen de la mustiez y la resignación una manera de estar en el mundo. Hay buen ambiente. Incluso dos señoras solitarias, bastante forofas, no arman barullo; únicamente despegan un poco el culo de la silla cuando el extremo izquierdo falla una ocasión clara o se produce un “uyyyyy…” general en el bar. Nos tomamos dos cacharros de Beefeater; uno para el fondo norte, otro para el fondo sur.

Escribo estas historias mientras viajo en tren, eso que otras veces me sucede, escribir en estas cabinas amnióticas. Estoy bien en este confort sobre ruedas, viendo las tierras en invierno. Voy a Madrid para dos días, a unas jornadas sobre la delincuencia informática. Con mucho retraso. El tren que venía desde Asturias no llegó. Un argayo se precipitó sobre la máquina a la salida de un túnel. Estamos ahora a la altura de Valladolid. Luce el sol. Unos jubilados juegan a la petanca en un parque próximo a las vías. Vamos despacio, casi parados.

A mi lado van Marta Martínez y Samuel Rubio. Qué alegría coincidir con ellos. Acuden a ese homenaje que hoy le rinde la Academia de Bellas Artes a su amigo Cristóbal Halffter, fallecido el 23 de mayo. Yo leo a ratos el libro de Óscar Tusquets, Pasado a limpio. Ya lo llevé en otro viaje y empecé a leerlo por el final. Me atrajo el epígrafe “Cosas que me enervan”. Hice un dibujo en la última página, un parroquiano que ora de pie. A lo lejos –no hay altar que valga– brilla en el cielo un cáliz, entre nubes bajas que se enroscan sobre la superficie del mar. El escritor recuerda en esas páginas el funeral de su amigo Jaume Vallcorba, el editor barcelonés. Habla de la música que éste eligió. El autor deja también sus instrucciones.

Yo debería escribir aquí qué es lo que prefiero. Ya que por esta vez me he librado del atropello, de ver mi sangre y mis sesos esparcidos por la nieve, bien podría aprovechar para indicar el lugar de mi funeral, la música que sonará, los licores y drogas que repartir. Estoy ahora despistado, indeciso; lo tendré que posponer y meditar bien.

Miro ahora el paisaje parduzco y gris de la tierra de Castilla. Hay alguna caseta para guardar los aperos. Chopos solitarios rayando el horizonte azul. Un rebullón de pinos. Lomas y alcores. Un galgo y un cazador. Una granja de cerdos. Un gran pájaro que desciende vertical. Música antigua. Motetes quizá.

Samuel me habla ahora de otro funeral. El de Pasolini, en el Cine Farnese, cerca de Campo de’ Fiori. Él vivía a dos pasos, en el Colegio Pontificio. El discurso lo pronunció Moravia. Lo cuenta porque antes le he preguntado yo si le había gustado un libro que le regalé sobre Fellini y la Roma de los sesenta.

No sé. Alguna vez pensé en esa música de Mozart para un funeral masónico, con coro de hombres solos. En fin, lo que mis hijos tengan a bien elegir. Imagino que habrá cierta discusión y pugna. Marta se inclinará por los ruidos más profanos –capaz es de llevar al Combo Toro al completo, con sus sones salseros y montunos–; Javier, puede que acuerde algo con el director Josep Pons –que ofició en el funeral del Sr. Vallcorba– en alguna ocasión en la que se encuentre con él en Barcelona, en la orquesta del Liceo. Mi mujer, que me sobrevivirá, tendrá que mediar.

Y las cenizas. Tampoco sé. Esparcirlas quizá en los prados del barrio en el que viví de niño, en la parte norte de la ciudad, o en el regato que corre entre espadañas y nenúfares por los huertos que quedan detrás de la iglesia en el pueblo en que nací, cuando pensaba que la vida no acabaría nunca, que iba a seguir sonando siempre aquella melodía de la infancia, que nunca nos saldríamos de los raíles de la felicidad.

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