El español Jaime de Angulo, una figura legendaria de la contracultura californiana

Jaime de Angulo. Fotografía: Archivo de The New York Public Library.

EL ESPAÑOL JAIME DE ANGULO (1887-1950),
FIGURA LEGENDARIA DE LA CONTRACULTURA CALIFORNIANA

Desde su casa en Santa Bárbara, el catedrático emérito de la University of California Víctor Fuentes (Madrid, 1933) nos envía este artículo sobre la desconocida figura del poeta, escritor y extravagante heterodoxo, cowboy y aventurero anarquista Jaime de Angulo, español educado en Francia y emigrado a Estados Unidos, donde llegó a ser médico y un destacado antropólogo y lingüista que contribuyó al conocimiento de las lenguas indígenas del norte de California.

Víctor Fuentes.

Por VÍCTOR FUENTES

Nacido en 1887 en París, de padres españoles expatriados, a los dieciocho años se marchó a Estados Unidos, donde falleció en 1950. Pero desde los años 20, con sus genialidades mezcladas con fabulosas intemperancias inconformistas, Jaime de Angulo sobresalió en los movimientos artístico-bohemios y contraculturales que se fueron sucediendo en Carmel y Big Sur, Berkeley y San Francisco.

De él, el máximo poeta hoy vivo de Estados Unidos, Gary Snyder, dijo (y traduzco) que “tras la II Guerra Mundial, Jaime de Angulo llegó a ser, en San Francisco y en Big Sur, un héroe cultural anarquista-bohemio”[1]. Pese a su fama, en España, su país de origen, es prácticamente un desconocido.[2]

En los comienzos: vaquero en Colorado y médico de la prestigiosa John Hopkins.— Criado en el seno de una familia burguesa española, expatriada en París, casi desde su infancia rechazó el mundo familiar ultracatólico y de la rica elegancia victoriana parisina en el que creció. Fallecida su madre cuando él tenía trece años, fue internado en colegios jesuitas contra los que se rebeló, logrando que, a los dieciocho años, el padre le permitiera embarcarse para América. En la travesía, uno de los pasajeros le dio referencias de rancheros y ganaderos amigos en Colorado, y allí se dirigió el joven aventurero anhelando convertirse en “cowboy”. Tras unos tres meses cuidando manadas de caballos durante noches enteras, y aunque ganado por la vida caballar y la de la plena naturaleza, cansado del “pragmatismo” de la “vida moderna norteamericana sin cultura” decidió embarcarse a Suramérica con destino a Punta Arenas, Tierra del Fuego; ese fuego que siempre latería en sus entrañas. Quedó estancado en Tegucigalpa, donde había recalado en busca de una supuesta mina de oro, para terminar trabajando de capataz de presos en construcciones de carreteras. De nuevo agobiado con la vida, ahora en un país caciquil, regresó a San Francisco al cabo de unos meses.

Durante las tres semanas que pasó en San Francisco antes de embarcar para Suramérica, en cartas escritas a su padre y hermana, la fue presentando como una gran ciudad cosmopolita, con sus barrios de inmigrantes franceses, italianos, hispano-mexicanos y chinos, donde —nos dice— apenas se oía una palabra en inglés. Con el énfasis puesto en las voces que iba escuchando demostraba, ya a sus dieciocho años, un extraordinario oído e interés lingüístico, señalando el gutural nasal de París, el más resonante de Bayona o de Toulouse, o el que los mexicanos no pronunciaban las «zetas». Entre los españoles con quienes convivió destacaba escuchar los acentos de Aragón, Castilla, Galicia y cómo, en una esquina, los catalanes hablaban en catalán, y los vascos, por sus gestos —deducía—, hablaban de pelotaris, pues en el Hotel vasco Yparraguire había una pared para sus juegos[3].

Posteriormente, el segundo día de su regreso de Honduras, a las 5 de la mañana del 18 de abril de 1906, le despertó a Jaime la horrenda sacudida del catastrófico terremoto de San Francisco[4]. Y tras nuevos trabajos —entre ellos el de vaquero en Santa María—, aconsejado por su gran inteligencia de que mejor sería dedicarse a los estudios, logró que su padre le pagara el ingreso en el Cooper Medical College de San Francisco, del cual, en 1908, conmutó a la prestigiosa Escuela de Medicina de la Universidad John Hopkins en Baltimore. Allí encontramos las bases de la formación del Jaime de Angulo conocido, y su unión con su novia Cary Fink —con quien se casaría en 1910[5]—.

El mismo año de su boda viajó a Europa, al Congreso Internacional Socialista en Copenhagen, donde conoció a Pablo Iglesias, quien, al preguntarle por fuentes de información sobre el tan sonado caso del maestro anarquista Ferrer, fusilado tras la semana trágica de Barcelona en 1909, le recomendó el libro del catedrático de psicología Luis Simarro, El juicio de Ferrer y la opinión pública europea (1910), sobre el cual escribió una detallada exégesis, “The Trial of Ferrer”, publicada como editorial en el periódico The Daily People de Nueva York (22-01-1911) y como folleto monográfico después, figurando como miembro de la sección de Baltimore del Socialist Labor Party norteamericano[6]. En 1912 concluyó su carrera de médico y consiguió un puesto de investigación genética sobre insectos en la Universidad de Stanford, en aquellas fechas muy anclada a sus alrededores rurales. Con gran satisfacción expresaría después que iba montado a caballo a trabajar en su laboratorio.

Jaime de Angulo en la década de los años 20 del siglo XX.

Bohemio, ranchero, literato ecuestre y amigo de los indios californianos.— Entre el laboratorio y el caballo, optó por este último y abandonó la Universidad, su carrera e investigaciones de médico, para irse a Carmel, donde Cary se había construido una casa junto al océano. Tras el terremoto de San Francisco de 1906, todo un grupo de artistas y escritores/as de tendencia bohemia se habían trasladado a este pueblo de la costa, formando una colonia en la que pronto despuntó Jaime de Angulo[7]. Ganado por su amor a la vida en la Naturaleza y a la caballar, en 1914 destinó parte de la herencia de su madre a la propiedad compartida de un rancho situado al Noroeste de California, en el condado de Modoc, junto al pueblecito de Alturas. Allí, más que con los rancheros y vaqueros blancos, Jaime hizo migas con varios integrantes de la sobreviviente comunidad de los indios de la región del Pit River, los Achumawi, de cuya lengua y cultura él llegaría a ser su gran estudioso. En carta a un amigo en Palo Alto, Chauncey Goodrich, tras una disquisición sobre la “abismal vulgaridad de la humanidad”, concluía que “a veces, encuentro desahogo en sociedad con los indios”, añadiendo: “Solamente sus cuerpos están sucios” (The Old Coyote, pág. 88).

Tras fracasar en solo unos meses lo del rancho compartido en Alturas, en 1915 se hizo con otro rancho ya en la Costa al Sur de Carmel, que mantendría hasta el final de su vida. En el reciente libro California’s Wild Coast, Poetry, Prints and History (2020) de Tom Killion y Gary Snyder, el primero destaca que tenemos la fortuna de que dos “ecuestres literatos” de origen europeo, Jaime de Angulo y J. Smeaton Chase, nos dejaran sus descripciones de lo que hoy llamamos Big Sur, antes de la llegada del automóvil (California’s Wild Coast, pág. 69), y con el aura —habría que añadir en el caso de Jaime— de las comunidades indígenas que lo habitaron, entonces a punto de extinción, tan presentes en su obra.

En los años cuarenta, Jaime de Ángulo escribió su propio relato breve, “La Costa del Sur”. Ahí cuenta cómo fue guiado desde Carmel por Rogelio Castro, Roche —descendiente de los primeros colonizadores hispano-mexicanos en California, quien poseía tierras en las alturas de Big Sur—, y cómo subiendo por un sendero escabroso, abocado a precipicios y difícil de remontar para los caballos, llegaron a un lugar situado a ocho millas sobre la orilla del mar e inclinado sobre este que le dejó fascinado —escribió (traduzco): “Este es el lugar para mí, un anarquista amante de la libertad. Nunca se abrirá una carretera en esta jungla… ¡Es imposible!” (A Jaime de Angulo Reader, pág. 60)[8]—, por lo que cerró el trato con Roche [hoy en día los senderos Castro y Angulo se unen y bifurcan por aquellos terrenos]. Por las durísimas faenas realizadas para acondicionar este rancho, le puso de nombre, recurriendo a su español: “Los Pesares”.

La gestación de un nuevo antropólogo: revolcándose con los chamanes en las zanjas.— Cuando Estados Unidos entró en la I Guerra Mundial, Jaime de Angulo —que había obtenido la nacionalidad en 1912— se alistó, pasando a ser teniente médico y, por única vez, pudo practicar su profesión médica y tomar cursillos de psiquiatría —e impartirlos a su vez, pues había estudiado esa especialidad en su carrera y conocía bien las obras de Freud y de Jung—. Terminada la guerra, de vuelta a Carmel y a Big Sur, de Angulo estrechó contactos con el eminente Alfred Kroeber, fundador y director durante muchos años del Departamento de Antropología de la Universidad de Berkeley. Con sus conocimientos de psiquiatría y psicología impresionó a Kroeber, muy interesado en ambas materias, y fue invitado a impartir dos cursos universitarios en el verano de 1920; uno sobre la mentalidad del pensamiento primitivo y otro sobre antropología y psicología. Parecían abrirse las puertas para que Jaime de Angulo iniciara una brillante carrera de profesor universitario.

Jaime de Angulo con un chamán achumawi.

No obstante, y aunque entre 1921 y 1933 sobresaliera con su labor, llegando a ser reconocido y a codearse con el grupo de académicos que innovaron los estudios de Antropología en los Estados Unidos —los Boas, Kroeber, Lowie, Radin y Sapir—, su personalidad intempestiva, iconoclasta y heterodoxa (se le podría incluir en el libro Los heterodoxos españoles, de Menéndez y Pelayo), chocaba con lo que él denominaba la “torre de marfil” de la Academia. Muy pronto, Kroeber, pese a que admiraba su inteligencia y talento, vetó su ingreso en el profesorado de la UC de Berkeley. Con sus poses radicales, en su corto paso por esta Universidad Jaime de Ángulo anticipó, en décadas, a los estudiantes y jóvenes profesores contestatarios de los años 60. Curiosamente, quien llegó a ser tabú en la Universidad de Berkeley cuenta, en nuestros días, con una placa en uno de sus edificios, con foto y todo, donde se lee esta peregrina inscripción: Jaime de Angulo. Anthropologist, “Erratic Genius” 1887-1950.

Parece ser que el veto de Kroeber, y en ello insistía mucho de Angulo, en gran parte se debía a que Jaime, estando casado con Cary, vivía en relación amorosa con Lucy (Nancy), alumna de Kroeber en el doctorado de Antropología, lo cual redundaba en algo que podría afectar al prestigio del Departamento. La pareja acabó casándose en 1922[9]. Para mayor afrenta, su casa en las colinas de Berkeley (en 2851 Buena Vista Way) fue un centro clave de reunión en aquellos años 20 e inicios de los 30, cuando aquella zona vivió su auge bohemio. Se reunían estudiantes y antropólogos junto a artistas, músicos —música de jazz y de tambores indios—, informantes, amigos e indios que llegaban a la casa. Sus continuos parties libertarios, enfrentados a una moral puritana, causaban revuelo y anticipaban ya lo que se denominaría como «renacimiento artístico» de Berkeley en los años 40, del cual también el propio Jaime de Angulo sería parte. Frente al repudio de Kroeber, y alegando que lo importante no era la moral, sino el fruto del trabajo investigador, Jaime se armó de una frase (y traduzco): “Los antropólogos decentes no se asocian con borrachos que se revuelcan en las zanjas con los chamanes”, aludiendo a sí mismo y al original modo de su investigación sobre las lenguas, culturas y vidas de los indígenas de California, intimando tanto con ellos como tan vivamente lo encarnara en su testimonio literario, Indians in Overalls, publicado en octubre de 1950, el mes mismo de su muerte.

Durante varios meses, entre 1924 y 1925, Jaime realizó investigaciones sobre varias lenguas indígenas de México y también en Taos[10]. A principios de enero de 1925 acompañó a Carl Jung desde el Gran Cañón de Colorado hasta Taos[11]. Durante su trabajo allí, Jaime de Angulo expresó, reiteró, la siguiente frase, clave de su sentir sobre la presencia india —y, refiriéndose a Estados Unidos, un pensamiento que esperemos algún día llegue a tomar cuerpo—. Y lo dejo en inglés: “In America the soil is teaming with the ghost of the Indians. Americans will never find spiritual stability until they learn to recognize the Indias as their spiritual ancestors”. (Jaime in Taos, pág. 93). Por aquellas fechas, escribió una trilogía narrativa, Don Bartolome, The Lariat (La rienda) y The Witch, donde da vida a este pensamiento. Está situada en Big Sur, en tiempos del colonialismo español y sus Misiones, y en ella late tal reconocimiento de los indios como los “espirituales antepasados del país”. [Me ocupo de la obra literaria, de un realismomágico (así, fundidos los dos términos), en un ensayo siguiente a éste.]

Jaime de Angulo sobre su caballo Hudini, en Big Sur (hacia 1920).

Vida, tragedia y penurias en ‘Los Pesares.— En 1925, recibió la primera ayuda de la “Franz Boa’s Committee on Research in Native American Languages”, que se prolongó hasta principios de los años 30 y quedó anulada con los recortes de la Gran Depresión. Vueltos a vivir en ‘Los Pesares’, con Jaime entusiasmado con la nueva casa de cemento que construyeron en el rancho y con sus nuevos caballos, una tarde del verano de 1933 su vida se vio abocada a la tragedia. Bajando en auto, cerca del rancho —ya se había abierto un camino para coches en aquellos remotos lugares—, y tras una reunión festiva antes de dirigirse a otro party, el coche en el que viajaba con su hijo se volcó y cayó al fondo de un precipicio; la amiga que conducía logró salir e ir en busca de ayuda, dejando al niño Alvar, a sus nueve años, muerto en los brazos de su inmovilizado y malherido padre. Tardaron unas once horas en encontrarlos y sacarlos de allí. A pesar de la tragedia, al salir del hospital Jaime quiso seguir viviendo en ‘Los Pesares’. En tal penosísima situación, y bregando con tan duras condiciones físicas en el rancho y con su aislamiento, Big Sur se le impregnaba de una atmósfera contraria a la de lo maravilloso, teñida por lo lúgubre, fatídico y hasta siniestro; un halo llevado por varios autores a sus obras, como el propio de Angulo, quien queriendo curar sus males se acogía en la figura del chamán[12].

Su carismática personalidad seguía atrayendo gente amiga de visita. En junio de 1936 llegó el insigne poeta afro-americano neoyorquino Langston Hughes, a quien Jaime entretuvo con una lección de tambor con su hija bailando [algo que molestaba a Gui, como ella evoca en su libro]. Buen conocedor de la obra de Federico García Lorca, Hughes debió fomentar en Jaime el interés por el poeta granadino, del que posteriormente tradujo varios poemas del Cante Jondo. Hughes también le dejó un poema, en el cual parecía captar el estado espiritual de Jaime, evocado con sus toques de tambor. Lo transcribo (junto a mi traducción):

He sits on a hill                     Se sienta en la colina
And beats his drum              Y toca su tambor
For the great Great Spirit     Para el gran Espíritu de la Tierra
That never come.                 Que nunca llega.

He sits on a hill                      Se sienta en la colina
Looking out to the sea          Mirando al mar
Toward a mirage land            Hacia el espejismo de una tierra
That never will be                  Que nunca será.

[Recordemos que Langston Hughes estuvo varios meses en España durante la guerra civil, escribiendo crónicas, y se sintió muy identificado con el grupo de poetas y escritores españoles y extranjeros comprometidos con la causa republicana. Nos dejó su poema “Songs of Spain” (1937) y ese mismo año tradujo poemas del Romancero Gitano de Lorca. Por su parte, Jaime de Angulo en ocasiones expresó su deseo de ir a España a luchar por la República democrática].

En San Francisco y en el Área de la Bahía: en los bajos fondos sociales y personales se consolida la figura legendaria de Jaime de Angulo.— A finales de 1936 la familia se muda a San Francisco[13], con algunas cortas vueltas al rancho hasta que, con la II Guerra Mundial, se corta el paso por la carretera de la costa que conducía a ‘Los Pesares’. De ahí que, a partir de 1939 —cuando Nancy regresó a Berkeley para que Gui fuera a la escuela—, y tras divorciarse en 1943, Jaime de Angulo vivió solo en San Francisco y en el Área de la Bahía, hasta que pudo regresar al rancho en 1945. Ya en aquellos años, y en los tres últimos de su vida, se fue forjando lo que Gary Synder escribió sobre su influencia en los escritores de la Bahía: “He became a direct influence in a lot of writers in the Bay Area”, incluyéndole a él, aunque no lo señalara, ya que como dijo Allen Ginsberg: “If you want to know Synder’s origins you got to Jaime de Angulo” (“Si quieres conocer los orígenes de Snyder ve a Jaime de Angulo”).

Fueron años muy duros, con momentos muy angustiosos para él[14], apartado de la profesión. Para ganarse la vida daba clases ocasionales de francés, español y hasta de chino, y ya cumplidos los cincuenta años realizaba labores menesterosas como la de ser el hombre de la limpieza de la Oficina de Información sobre la Guerra —algo que él llevaba con desenfado, dadas las duras condiciones de trabajo en el rancho—, viviendo en habitaciones alquiladas o en casas de amigos, en barrios como el de “Montgomery Block” —que seguía atrayendo a artistas radicales y bohemios, con quienes él se reunía. En sus estancias en San Francisco, como ya antes lo hiciera en Berkeley, le gustaba salir vestido de mujer, inspirado en el Orlando de Virginia Woolf, para sentir cómo era ser visto del otro sexo. Robert Duncan añadía que su transvestismo tenía algo de chamánico[15]. Señalando esto también, Allen Ginsberg afirmó (y traduzco): “… y así empezó a frecuentar San Francisco yendo a todos los bares gays vestido de mujer. ¡Este viejo guy [tipo] de setenta años!“, aunque no llegaba entonces a los sesenta.

La vejez, el cáncer, la muerte… y un final extático de su persona y obra.— Terminada la guerra, una vez abierto el paso de la carretera que llevaba a ‘Los Pesares’, Jaime vse recluyó en el rancho desde 1945 a 1948. En Big Sur, con la llegada a la Costa de Henry Miller —quien en 1947 pasó a instalarse en la misma zona de Partington Ridge—, se fue estableciendo una colonia artístico-bohemia. Sobre ella inició Henry Miller la primera parte del libro Big Sur and the Oranges of Hieronymous Bosh, de 1957, declarando (y traduzco): “La pequeña comunidad de uno, iniciada por el fabuloso extranjero [“outlander”] Jaime de Angulo, se ha multiplicado en una docena de familias”. Ya para cuando le evoca estaba envejecido y doblegado por faenas y escaseces del rancho y agobios internos; sin embargo, quienes le visitaban y escribieron sobre él seguían destacando su apostura o viéndole como figura quijotesca o del Greco. En la semblanza que Miller hiciera en The Devil in Paradise, de 1956, exclamaba: “Todavía guapo y muy español”, evocándole después, en 1947 o principios del 48, como un “lobo solitario” [o un chamán, añadimos, gritando y cantando a los espíritus en lo más alto del monte, lo que luego materializaría en sus poemas Canciones del chamán[16]] enfrascado durante noches enteras en sus libros y diccionarios del chino, sánscrito, hebreo, arábigo persa… aunque sobre su carácter añadiría Miller: “emborrachándose, peleándose con todo el mundo, incluyendo sus amigos del alma” (A Devil in Paradise, págs. 72-74). Y Rosalind Sharpe, vecina y de una de las familias pioneras de Big Sur, que le conoció desde niña, resumía que “incuestionablemente era de los más brillantes hombres que había conocido y el más excéntrico” y, tras destacar su extraordinaria lucidez, expresaba esta sublimada imagen (traduzco):

«El sentimiento que uno tenía de él en aquellos momentos [los anteriores en que describía su brillantez] era de una pura belleza; y, en ellos, los que le conocían sentían la plenitud de la pureza de su genio, la cual, sentida tan directamente, era afín a la música, la poesía, las estrellas, la llama y el cosmos” (A Wild Coast and Lonely Big Sur Pioneers, pág. 174).

En 1948 se le diagnóstico un cáncer de próstata que sería mortal, y estuvo internado en el Hospital militar de veteranos de guerra en San Francisco, consiguiendo una pensión como tal. Desde el hospital inició una larga correspondencia con Ezra Pound y su esposa Dorothy, que se alargó hasta la fecha de su muerte en octubre de 1950, e influyó mucho en su entrega final a la creación literaria. Al salir del hospital se recogió en la casa de Berkeley, en la habitación que había ocupado antes del divorcio. Ante el cáncer se acrecienta la figura de Jaime de Angulo (atrás quedan las bravuconerías, desmanes y violencias); laten en él ecos de la actitud española frente a la muerte, ya expresada en las coplas de Jorge Manrique (“Nuestras vidas son los ríos…”). Y en su último año y medio, sobre el sufrimiento, destella un sentido de epifanía que brilla en las cincuenta y dos intervenciones-escenificaciones que realizó en un estudio de radio independiente de Berkeley; elegantemente vestido ante el micrófono, representó vocalmente su magna obra narrativa, Old Time Stories, plagada de peripecias, mitos, leyendas y aventuras de una familia y grupos de indios. Era una especie de representación teatral a cargo de una sola persona, verbalizando una escritura fonética —a la par de la de Ezra Pound—, con voces y canciones en los idiomas de los indígenas. Cortadas y limitadas, se publicaron como Indian Tales en 1953, y este libro ha gozado de continuas ediciones hasta nuestros días (en internet figuran unas 70, y por doquier).

***

Para concluir, incluyo los tributos que le hicieron tras su muerte Ezra Pound, Allen Ginsberg —quien a instancias de Pound logró que se publicaran los Indian Tales— y Robert Duncan  —que le pasó a máquina The Old Times Stories—. En un fragmento de su largo poema An essay at War, Duncan tiene unos versos en los que funde la guerra de Corea, que estalló por aquellas fechas, y la batalla final de Jaime de Angulo con su muerte. Traduzco algunos, pues aportan unas últimas llamaradas de él: “El viejo es como una ciudad / echada a perder por la guerra… Es una casa bombardeada cayendo lejos de nosotros / reapareciendo con su propia luz / un refinamiento espiritual”.

Allen Ginsberg, en un muy posterior ensayo, tras ensalzar la gran labor de Jaime de Angulo al llevar a la literatura, y en forma popular, la vida y cultura de los indios californianos, destaca uno de sus poemas, un “gigante haiku”, con el tradicional tema de un animal transformándose en un humano o un hombre en un animal. De él llega a escribir (traduzco): “Es el más brillante mágico poema que conozco para tan corto espacio”. Lo transcribo:

I a seal lie on the rock warm in the sun
I remember the Essalen, the Mukne
The Sakland, all the tribes that lived
From the Sur to the San Francisco Bay
I dive in the water, and my head looks like a man,
Swimming to the shore in the dusk
I like at night to wonder along the bright streets
In the crowd[17].

Ezra Pound, quien tanto fraternizo con él y llegó a llamarle el “Ovidio americano”, concluía su Pavannes and Divagations (1960) con un poema del hombre-lobo en francés, de Jaime de Angulo, que parece aludir a lo sufrido por él, y con el dibujo que le acompañaba, traducido al inglés por el propio Pound. Lo transcribo en su inglés, idioma que, también, cuenta con una rica literatura hispánica escrita en los Estados Unidos:

Werewolf in selvage I saw

In day’s dawn changing his shape,

Amid leaves he lay

and in his face, sleeping, such pain

I fled agape.

¡AGAPE, que mejor palabra para finalizar este ensayo reviviendo a Jaime de Angulo en su país de origen!

Santa Bárbara (California)

Jaime de Angulo, en una fotografía tomada poco antes de morir.

— — —
NOTAS:

[1] Esta cita, y otra posterior, de Snyder, la tomo de su artículo “The Incredible Survival of Coyote” en el libro A Coyote Reader (paginas, 155 y 160).

Contamos con el extenso libro de su hija, Gui (Guiomar) de Angulo, usando notas de él y cartas familiares, The Life of Jaime Angulo. The Old Coyote of Big Sur (1995), y con el más reciente, Tracks Along The Left Coast. Jaime de Angulo and Pacific Coast Culture (2017), de Andrew Shelling. En español sí se publicaron, por Hiperión, dos volúmenes suyos: Cuentos Indios, con dos ediciones 1992 y 1993, e Indios sin plumas (Indians in overol), 1997.

[3] De aquellos inmigrantes españoles advertía algo parecido a lo que Antonio Machado expresaría en su poema LXXXIII, “Guitarra del mesón que hoy suenas jota / y mañana petenera…”: “… cuando el aragonés Jiménez con su guitarra tañía la jota, todos permanecían en silencio, mirando al techo, con los ojos velados por la tristeza viendo, lejos, tras los mares y los continentes, las tierras de Aragón y de Castilla, los pueblos del viejo país.” (The Old Coyote 34).

[4] Las seis páginas que en el libro de su hija Gui de Angulo (The Old Coyote, págs. 47-53) recogen lo sentido y vivido por él en aquellos trágicos días, en los que hizo de bombero apagando fuegos, son un testimonio que revelaba ya un talento literario.

[5] Tanto Cary Fink como su segunda esposa, Lucy Freeland (Nancy, igualmente licenciada de Vassar y de familia rica), eran prototipos de un grupo de elite de mujeres norteamericanas blancas, a principios del siglo XX, abocadas a un feminismo de libertad de la persona y a una vida profesional e intelectual, heterodoxas frente a las convenciones sociales, culturales y morales de la burguesía, clase a la que pertenecían. Con Cary, de quien se divorció en 1921, tuvo a su hija Ximena, nacida en diciembre de 1918. Nótese la posible vinculación del nombre al de la espoa del Cid.

[6] Presentaba el editorial en el periódico el líder del partido, en aquellos años Daniel de León, de ascendencia sefardita española. Todavía en nuestro siglo, el moribundo “Socialist Labor Party”, en el año 2006, presentaba “On Line”, el libro-folleto de Jaime de Angulo, anunciando su venta por internet.

[7] Sobre aquel grupo artístico-cultural contamos con el libro The seacost of Bohemia, de Franklin Walker.

[8] Aunque estaba escribiendo en los años 40, a continuación añadía: “Alas, nada es imposible para el hombre moderno y su progreso infernal, vinieron con excavadoras y tractores y violaron a la virgen. Carreteras y automóviles, grasientos papeles del lunch, botes de cerveza, y sus amos”.

[9] Del matrimonio nacieron Alvar, en 1924, y Guiomar, en 1928. Como en el caso de Ximena, nótese la estirpe hispánica de sus nombres.

[10] Aunque publicó en las más prestigiosas revistas, en Estados Unidos y en Francia, mucha de su obra quedó inédita, como actualizó Wendy Leeds-Hurwitz en su tesis doctoral, publicada en 2004 precisamente con el título de Rolling in Ditches with Shamans, y el subtítulo de Jaime de Angulo and the Pofessionalization of American Antropology.

[11] En su estancia y labor en Taos, de Angulo estuvo invitado al círculo de la colonía artística en torno a Mabel Dodge Luhan y su esposo indio Tony Luhan, con quienes mantuvo bastante amistad. Antes había entrado en relación con Jung, en 1922, cuando visitó en Zurich a Cary y Ximena. Cary trabajaba de traductora de Jung, quien, muy interesado en la mente y vida cultural de los indios, le subvencionó a de Angulo algunas de las idas y venidas de su trabajo de investigación.

[12] Su amigo, el tan famoso en aquellos años Robinson Jeffers, se excedería en el cultivo de tal Big Sur, y el propio Kerouac nos entregaría su depresivo Big Sur sumergido en semejante atmósfera.

[13] Gui de Angulo se extiende sobre la vida —con momentos agridulces vividos en San Francisco, alegres visitas a parques y playas, comidas en el barrio chino… y con Jaime y Nancy trabajando en una edición sobre el cantonés— en el capítulo “San Francisco y Big Sur”. Ella, posteriormente, se dio a conocer por sus fotos del grupo de los poetas beatniks con los que tuvo amistad.

[14] Con momentos de desesperación y ahogado en la depresión con el divorcio. Una tarde de 1942, en casa de la hermana de Nancy, Helen, sacó una navaja y se cortó el cuello de oreja a oreja. Gracias a que había hecho de enfermera en la guerra, esta pudo atajar el desangre y llevarle al hospital para la cura. Intento de suicidio que evoca el acto de Van Gogh de cortarse la oreja.

[15] Según refiere Lisa Jarnot en Robert Duncan. The Ambasador from Venus (pág. 116). Mis citas sobre la relación de Duncan con Jaime de Angulo pertenecen al capítulo 19, “Indian Tales” (págs. 115-118).

[16] Una colección muy completa de su poesía la encontramos en el libro editado por Stefan Hyner, Home among the Starts. Collected Poems of Jaime Angulo, con un ensayo de Andrew Schelling.

[17] No resisto la tentación de traducirlo: “Yo una foca tendida en la roca tomando el sol / Recuerdo a los Esselen, los Mukne / Los Saklan, todas las tribus que habitaron / Desde el Sur a la Bahía de San Francisco / Me sumerjo en el agua y mi cabeza parece la de un hombre / Nadando hacia la orilla en el crepúsculo / Me gusta por la noche vagabundear por las calles iluminadas / Entre la multitud.”

Las citas de Ginsberg, en este ensayo, las he tomado de una sección suya que aparece en internet: Expansive Poetics (Jaime de Angulo).

— — —
BIBLIOGRAFÍA:

Angulo, Jaime de: The “Trail” of Ferrer. A clerical-judicial murder. Charlenston, 1921.

—. Indian Tales. New York: A.A Wyn. 1953

—. A Jaime de Angulo Reader. Ed. Bob Callahan. Berkeley: Turtle Island, 1979.

—. Collected poems of Jaime de Angulo. Ed. Stefan Hyner, Albuquerque: La Alameda     Press. 2006.

—. Cuentos Indios. Madrid: Hiperión, 1992 y 1997.

—. Indios sin plumas (Indians in overalls). Madrid: Hiperión, 1997.

Angulo, Gui de: Jaime in Taos. The Taos Papers of Jaime Angulo. San Francisco: City      Lights Books, 1985.

—. The Life of Jaime de Angulo. The Old Coyote of Big Sur. Berkeley, California:         Stonegarden Press, 1995.

Ginsberg, Allen: “Expasive Poetics (Jaime de Angulo)», en internet.

Herny Ed, Shelley Rideout y Katie Wadell: Berkekey Bohemia. Artists and Visionaries of the early 20th Century. Salt Lake City: Gibbs Smith Publisher, 2008.

Jarnot, Lisa: Robert Duncan, The Ambassador from Venus. A Biography. Berkeley: University Press, 2012.

Killion, Tom con Gary Snyder: California’s Wild Coast. Poetry, Prints and History. Berkeley: Heyday, 2020.

Miller, Henry: A Devil in Paradise. NewYork: New Directions, 1956.

—. Big Sur and the Oranges of Hieronymous Bosch. New York, New Directions, 1957.

Pound, Ezra: Pavannes and Divagations. London: Peter Owen Limites, 1960.

Sharpe Wall, Rosalind: A Wild Coast and Lonely. Big Sur Pioneers: San Carlos,     California, Wide World Publishing/Tetra, 1989.

Snyder, Gary: “The incredible survival of coyote”. A Coyote Reader. Ed. William Bright. Berkeley: University of California Press, 1993. 154-168.

Walker, Franklin: The Seacoast of Bohemia. Santa Barbara y Salt Lake City, 1973.

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