Máscara mortuoria

Por LUIS GRAU LOBO

Luis Grau Lobo.

¿Cómo no idolatrar a la reina Isabel, soberana del Reino Unido y otros catorce estados, cabeza de una mancomunidad de medio centenar? ¿Cómo no acabar rendido a una abuelita legendaria, de estatura tan contrapuesta a su alteza y autoridad e indumentaria basada en el pantone de la muñeca Barbie? ¿Cómo no creer de ella lo mejor si apenas hablaba salvo cuando leía unas cuartillas redactadas por otros? ¿Cómo no admirar —se ha dicho ya tanto— la pompa y el boato, el soberbio despliegue ceremonial de los monarcas más mediáticos y globales? Ellos son únicos en esto. Y su imagen, tan vendida en imanes para frigoríficos, se ha convertido en uno de los negocios más prósperos del Reino Unido. Cómo no comparar con este nuestro feudo de reyes menesterosos que optan por la campechanía o la austeridad. Mala elección: la majestad ha de ser suntuosa y distante.

Y cómo no ver en este culebrón-funeral la apoteósica conclusión de temporada de un serial de plataforma televisiva acicalado con todo el esplendor y péplum de que es capaz la monarquía cuando se arremanga. Cómo no saborear ya los capítulos de la próxima entrega con un nuevo protagonista, el añoso y cascarrabias exesposo de aquella, la única que osó eclipsar el fulgor de la Casa. ¿La única? El papel cuché lo aguanta todo (hasta las salas de espera), pero si uno usa el de periódico la historia no es tan fastuosa, por supuesto, aunque no sea este lugar y momento para aguafiestas. Ávidos de símbolos y enraizamientos, sean de cartón piedra o cubiertos con la Union Jack, ciudadanos de todo el orbe despiden estos días a lo que califican como un icono. Pero los iconos no se sepultan, se ajan. Y este es el momento del barniz y los marcos dorados.

Pese a todo, se ven costuras. Los gestos malhumorados del nuevo rey cuando la estilográfica mancha sus regios dedos o su cara de altivo disgusto al mínimo contratiempo nos dejan ver al ser humano que sustituye a la exitosa esfinge. Más allá del armiño y los protocolos, reyes y demás titulados de sangre acaban por convertirse en la familia Leguineche de ‘Patrimonio nacional’, una de aquellas profecías de García Berlanga. Salvo que no abran la boca. Isabel de York jugaba con la ventaja de ser la reliquia de una época dominada por la imagen fija o el irreal blanco y negro, una época extraña a los acosos íntimos de las cámaras y las redes, una estampa; el tótem de otro tiempo. Por ese motivo las costuras empiezan a tensarse con la llegada de su lenguaraz y explícito sucesor y hasta algunos países súbditos pretenden convertirse en repúblicas una vez desaparecida la reina. Reclamaciones, problemas, contrariedades… qué fastidio.

Solo una impavidez mantenida a prueba de bombas durante siete décadas convierte a un individuo en la máscara que venera una fe no traicionada por las humanas debilidades; una fe donde cada cual pone los rasgos que prefiere y les rinde pleitesía haciendo kilómetros de cola.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 18 de septiembre de 2022)

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