Con pinzas

Fotografía tomada del blog ‘nachadas’.

Por GONZALO BLANCO

Un tendal es como un balneario, como una clínica de desintoxicación. Prótesis textiles de nuestros cuerpos, lienzos mudos expuestos sobre la alambre al aire purificador del sol, de la luz, de la difusa ola de fragancias invisibles que se entrecruzan en la atmósfera inmediata. Neutraliza nuestras adicciones y dependencias. Un tendal somos nosotros mismos despojados del barniz social con que andamos por la calle. En realidad nuestros vestidos nos definen. Nos afirman en el desfile del asfalto y de la vida. Contemplados así en una hilera muda, anónima, minimalista son tan solo girones, formas arrugadas y vacías, sombras cromáticas, preguntas móviles de lino, franela, lana, nylon, lonetas. Frágiles, húmedas, vibrátiles. Se estiran lentamente, se desperezan, pierden poco a  poco al estrés al que han estado sometidas en el fragor de lo real. Es una tregua campestre. Descansan de una batalla minuciosa, épica en ocasiones, que es la que transcurre en el magma cuando enfundan un cuerpo humano, sus miembros, sus andares, sus gestos. Una vez  dados de alta en el tendal, desaparece la anarquía de formas y posiciones en que estaban colgados del  alambre y ese  revoltijo aparente de prendas vuelve a ceñirse  con precisión militar a cada pie, a los senos y genitales, a los brazos, al espaldar, al cuello. Como partículas atraídas por un imán, como un musgo tenaz y elástico, ascienden por los cuerpos. Les hacen opacos, destruyen la desnudez que es también  una forma socialmente reconocida de la humanidad de cada uno. No ya los atuendos propiamente militares o los del orden policial o las togas de jueces y magistrados, o las prendas  de médicos, bomberos, incluso  de los deportistas, por no hablar de hábitos y sotanas,  sino que cualquier vestido es un uniforme, nos asigna un sitio en lo social, nos confiere un rol. La desnudez, en cambio, nos devuelve a lo primigenio, a la naturaleza, a los paraísos. Nos hace receptivos a la justicia, a la inocencia, incluso a la esperanza. Toda ropa es en realidad ropa interior. Una vez puesta sobre la anatomía aunque incluya chaquetas, gabardinas, abrigos, bufandas y gorros, no deja de ser una leve desnudez, y entonces va  el gran poder  y nos “viste” de verdad con leyes, costumbres, pautas, órdenes, jerarquías sociales, códigos, premios y castigos. El verdadero vestido sobre la carne temblorosa y muda del yo es la civilización, la cultura, la represión de deseos, la franela invasiva de la sumisión, el nylon fino e impregnador de las leyes que nos impone el sistema, el cachemir de la obediencia dulce, la lana envolvente del consumo. Versace, Prada, Moschino, Armani son los últimos dioses apócrifos que tratan  en vano de conjurar con estéticas vacías  la seudo-desnudez del vestido. Pero después de Christian Andersen ya nada de esto es inocente. Sólo nos queda, pues, el paraíso perdido y una serpiente amiga.

* Recomendación de Tam-Tam Press:
Al hilo del texto de Gonzalo Blanco, y c
omo curiosidad, el blog S-TENDÀL, de Luisa Veira, se ocupa de “la vida a través de sus tendales”.

Un Comentario

  1. Patricia

    El escrito de ” Con Pinzas” me ha encantado. Creo que todo ello es , enteramente, una bella metáfora del significante ” persona ” y todo lo que ello implica desde su etimología ( del griego prosopon : máscara de actor) , hasta la lectura más psicoanalítica referente al juego de “la mascarada”( aquello que mostramos desde la impostura necesaria en lo social).

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