Rafael, Hopper y un verano hipocondríaco

 

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Por LUIS GRAU LOBO

El verano de 2012 ha estado protagonizado en Madrid por dos acontecimientos expositivos cuya calidad ha sido refrendada por las cifras de visitas: la muestra sobre Hopper y la del último Rafael; con algo más de 320.000 visitas la primera, en el Thyssen, y poco menos la del Prado. Ambas viajarán a París este otoño.

Más allá del hecho evidente de que su tirón se beneficia de la imagen de esos museos que, gracias a una trayectoria y medios incomparables en el panorama español, arrastran a sus salas a un público fiel y otro estacional independientemente de lo atinado de sus propuestas, cabe preguntarse sobre si existen otras razones para tal éxito en el imaginario colectivo de este verano de abatimiento e indignación. En definitiva, ¿existe algo en esas exposiciones que tenga relación con el estado de ánimo de nuestra sociedad? ¿Hay razones para un psicoanálisis colectivo de las preferencias artísticas de los españoles? ¿Puede apurarse, siquiera de manera abocetada, una lectura psicológica de ambos en clave local? Tarea demasiado ambiciosa —emprendida hace un siglo por el propio Freud y cierta forma de hacer historia del arte ya en desuso— pero en la que, no obstante, me gustaría merodear un poco desde la impresión personal…

Rafael Sanzio (1483-1520) no necesita presentación. Quizás el pintor de Urbino, más que ningún otro, ejemplifique el logro de la belleza en términos absolutos. Su deslumbrante y amputada carrera lo aupó a los límites del arte de su tiempo de manera que, mejor incluso que los otros componentes de la santísima trinidad renacentista (Leonardo y Miguel Ángel), colocó la creación artística en un callejón sin salida, anonadada por su genio insuperable. Y sin embargo… como cima de la historia del arte, para nuestra época de gustos extravagantes resulta demasiado perfecto, demasiado “correcto”, hasta “blando”. Al menos en su tópico más común. Preferimos —por poner un ejemplo revelador— a Canova, cuya Paulina Bonaparte fue escogida por los italianos el pasado verano la más bella mujer del arte del bel paese. El “glacial” Canova, precisamente por su perversa e impecable frialdad neoclásica, ha dado en más fascinante que su modelo, lo clásico por antonomasia.

Así, Rafael y su taller (Romano y Penni) alumbraron madonnas y escenas sacras que, de tan ideales, tan correctamente atinadas, apenas nos emocionan salvo por la exactitud de su composición o la repentina extrañeza ante uno de sus detalles considerado aisladamente. Sus retratos nos resultan familiares como obras maestras, incluso aunque no los conozcamos, pero de tan reconocibles, es difícil que nos asombren y nos parece desmantelada su capacidad de conmovernos. Damos por supuesto que son sublimes, pues son de Rafael…

Edward Hopper (1882-1967), por su parte, no responde al prototipo de artista cardinal o al arrasado por su genio creativo. Independientemente del reconocimiento tardío que tuvo en el núcleo neoyorquino del arte contemporáneo, su trayectoria resulta serena, y se instala en una suerte de planicie elevada a la que accedió tras encontrar un reconocimiento maduro y un lenguaje propio, que nunca abandonaría. Se le reconoce al instante como el pintor de esas soledades precisas como un retrato íntimo y, al mismo tiempo universal, como el desamparo que habita el fondo de todos y cada uno de nosotros. Sus cuadros siguen la estela de los interiores holandeses del barroco, de algunos pintores parisinos finiseculares (Manet, Degas…) o de sus compatriotas realistas, pero Hopper concibe ambientes en los que el tiempo queda suspendido de uno de esos instantes en apariencia insignificantes que solemos recordar sin saber muy bien por qué. Una fosforescencia tibia de amanecer o de crepúsculo, un acontecimiento banal observado como si fuera el origen del mundo, el lugar más cotidiano bajo la perspectiva de un extraño… Sus personajes a menudo no parecen humanos, sino meras figuras (en esto tal vez Hopper no parezca un gran pintor), una suerte de maniquíes que si no representan a nadie en concreto, es porque nos representan a todos. Miran casi todos ellos hacia un lugar fuera del cuadro en el que simula residir lo que de verdad importa, que, si no está pintado, es porque debe “pintarse” en nuestra cabeza o, tal vez, porque ya lo está y por eso nos perturba. Porque Hopper conmueve más por lo que falta que por lo que está en sus cuadros. Es el pintor de la ausencia al mismo tiempo que el del recogimiento. Su abstracción reside en la precisión formal del instante retratado: pinta un intervalo, un preciso fotograma (de ahí su íntimo trato con el cine). Una chispa de tiempo que explica todo sin explicar nada.

Concluyamos. Visto así, poco tienen que ver ambos artistas. O sí… El que murió hace medio milenio nos provoca una cierta nostalgia que quizás procede de haber perdido la conexión con aquel refinamiento, aquel equilibrio. Es como si mirásemos un paisaje que sabemos incomparable pero que no visitaremos. Lo admiramos, pero no lo sentimos. Debería emocionarnos más, nos decimos, debería temblar nuestra alma y, sin embargo… Rafael nos recuerda que dejamos atrás cosas como la confianza, la seguridad o la convicción. El bagaje necesario para entrar en él, para valorarlo. Tal vez en el fondo nos recrimina que dilapidamos la posibilidad de ser mejores en nuestro intento por estar más cómodos.

Hopper alienta otro tipo de melancolía. Aquella que nos ensimisma en nuestra propia indefensión, en la cálida y hogareña entrega a nuestros fracasos y nuestras culpas. En el destierro de aquel país en que creíamos vivir y que, de pronto, se desvanece ante nuestros ojos impotentes y sobrecogidos. Pudiera ser que el lugar al que miran ausentes los personajes de Hopper, ese horizonte más allá de la ventana que no alcanzamos a ver, fuera precisamente el lugar donde transcurren las escenas que sólo alguien como Rafael era capaz de pintar. Un lugar que tememos haber perdido para siempre.

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Otros artículos del mismo autor:
La mirada perdida
(un blog de LUIS GRAU LOBO)

4 Comments

  1. Hola. Ni la mirada está perdida ni estás fuera de lugar.
    La mirada es justa, precisa y sabia. Como tus palabras. Gracias por compartirlas.
    El lugar… no temas, no está perdido, sólo hay que saber encontrarlo…

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