Envío 2 (cine Trianón, un enigma, de paso…)

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Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Dos chavales se asoman a la taquilla del antiguo Cine Trianón; es ahora un agujero oscuro y sucio, y al fondo, más suciedad y tinieblas. Allí estaban la cabeza y las manos que expedían las entradas, el májico (con la jota de Juan Ramón) papelillo de los sueños: sesión continua. Boca del pasado que sigue abierta en medio de la ciudad diurna, como un almacén de lo negro, lo siniestro tiene ahí su mejor definición freudiana: atemorizante y familiar (dentro habita el fantasma de la taquillera).
Aquí hubo un atentado, dice uno de ellos, y escupe un salivazo hacia ese interior muerto. Qué haces, exclama el otro y salen pitando, como si acabaran de cometer un delito contra la ciudad.
Unos ojos (el vigilante melancólico de Apollinaire) vigilaban. La bocanada de hollín, oscuridad fría, olor a rata: bocamina. La punzada del cinemascope, technicolor: La flecha de oro (1962).

Un enigma poético (y político) me asalta en plena día, y es de los más arduos, desde el escaparate de un banco (ahora los bancos tiene escaparate para mostrar sus productos):
¿QUÉ ES LA BANCA ÉTICA? ENTRE Y LO COMPROBARÁ
Ni poético ni político, lógico: pura contradicción de términos.

Yo quisiera mirar las calles y ver esas manchas trasmigrantes, seres metamórficos que se transparentan de página a página en el gran cuaderno de Frida Kalho; la mancha que entinta la página siguiente formará el contorno de algo imprevisto. La mirada como un papel calcante en las calles y en el álbum.

Antigua estación de León (así la voz por los altavoces afónicos anunciando llegadas y salidas). La última vez que cogí ahí un tren, me dio por escribir este apunte: CIUDAD DE ORIGEN
Al salir el tren de la estación: León por tren: sólo mío el andén.
Ahora han desviado el cauce del tren, como si fuera un río desaguado. Es casi una obra hidráulica, al estilo de los pantanos que hundieron pueblos con su campanario. Hay una memoria sumergida: me parece que puedo hacer recuento de todas las llegadas y salidas, en qué direcciones, las noches que echamos en el bar de la estación. Clausura, desvío del cauce. (Sacar fotos).

Una mañana ventosa, en una calle lateral a la clínica San Juan de Dios, veo a un matrimonio de ancianos que se afanan en recoger unas radiografías caídas en el suelo, desperdigadas por el viento. Les ayudo, encuentro una (pulmones y corazón) debajo de un  coche, se la devuelvo, me dan las gracias, tímidos, como con vergüenza.

De paso por una ciudad muy alejada de mi casa, veo desde el autobús el anuncio SE VENDE ESTA CASA. Se dispara una imaginación de lo imposible: apearse ahí mismo, ¿por qué no?, comprar la casa, empezar de nuevo. ¿Empezar qué? Lo mismo, casi seguro.

“Devolvedme mi hueco, mi vacío”, se les oyó gritar a los dadaístas por la calle.

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