Prosapiens (2)

Un ‘Rothko’ pintarrajeado por un espontáneo en la Tate Modern (Londres).

El poeta, ensayista y crítico literario uruguayo afincado en México ha enviado a TAM TAM PRESS tres textos inéditos que forman parte de un libro en curso –”un libro que escribo cuando me entra una especie de velocidad de ira”–, titulado ‘Prosapiens’. En esta segunda entrega reflexiona sobre “el fracaso del arte contemporáneo” y la necesidad de un relato que lo englobe.

Por EDUARDO MILÁN

El fracaso del arte contemporáneo se percibe en una evidencia: la necesidad de un relato que lo englobe, que le dé una vuelta. Fragmento, epifanía, pedazos (pieces). Pero incluidos en la malla del relato que los proteja. Se ve claro en la demanda de una poesía consensuada. ¿Sobre qué base se pueden hacer los acuerdos? Sobre la base de la significación y del sentido. Un arte que atente –o ni siquiera: que tome en cuenta factores que no son propiamente los de la transmisión común– contra ambos queda fuera. ¿Sobre qué base se puede hacer una poesía “humana, demasiado humana”? Sobre la base de la inteligibilidad. ¿Sobre qué base descansa esa inteligibilidad, mezcla de comunicación de un mensaje extra-estético y simplificación de procesos? Sobre la base del olvido de la creación. La necesidad de un consenso, finalmente “un consenso de humanidad”, revela varias cosas. 1) La derrota del comentario hegeliano que sustituiría en el futuro al arte. Una cosa es la reflexión, otra es el relato. O sea: la derrota del arte como proceso en crisis derivada, en proceso de autodestrucción y regeneración permanentes. Lo que pretende este deseo de relatar el arte es la anulación del proceso entero que arranca con el romanticismo, sigue con el idealismo alemán, atraviesa el simbolismo, estalla en las vanguardias y culmina en sus emergencias. Significa un hasta aquí a las secuencias. Significa un hasta aquí, paradójicamente, al relato del arte en crisis de los dos últimos siglos en Occidente. Relato del arte acaba con relato de crisis procesual del arte. Un deseo de recomienzo. 2) Revela el deseo de un recomienzo fundante. Implicaría la necesidad –la obligación, en realidad– de un reconocimiento de el momento o los momentos de un arte no perturbado, un arte que se re-integrara a la experiencia humana sin un saber de sí mismo que se instalara fuera de sí, es decir, sin reflexión. Se tratará de la búsqueda de los momentos sin reflexión del arte, eliminados todos los momentos de desdoblamientos, desapariciones, quiebres. Pero en especial uno: eliminado todo oscurecimiento. Toda la experiencia formal (des)integradora del arte occidental puede reducirse a una figura: la oscuridad. Es un miedo tan antiguo como su hija predilecta, la sombra. Y la sombra, como un manifiesto de vanguardia, se proyecta. La sombra es el equivalente en luz del gran fantasma del arte y la poesía occidentales: la ausencia. Sólo que la ausencia deja algo que la sombra no: huellas. El horror a la ausencia es el horror a la huella. La ausencia deja el impacto de la desolación, devasta el mundo. La huella pone a funcionar la máquina de la inquietud, el escozor, el mecanismo sin fin de la sospecha. Mediante la huella es posible (per)seguir un recorrido, un sentido, un horizonte. La ausencia obliga, en todo caso, a poner algo en el lugar que nunca será igual, cambia de espacio.

Arriba decía “la oscuridad”. En realidad, su desplazamiento del no ver al no entender, el reclamo casi ingenuo a su recaída mística: ese no entender de los místicos que se alía al no entender de los locos, de los niños. Y los últimos agregados sinecdóticos: los torturados, los saldos no vendidos a la nada de la guerra civil, los mutilados, los controlados mentales por las máquinas plurales del poder diseminadas al final del beso –hay una ley que controla el beso en público–: una sociedad anulada mediante el control abandona la lucha real del sistema, la diferencia de clases sociales. No sólo lo que se distingue, sustantivo –el habla– sino también a lo que se liga: el silencio, el murmullo –la baja voz que teme o trama y que sólo tolera que se enteren de su cresta, los crispados en lugar del gallo entero–, la forma nueva, el fraseo que desborda el verso, la vuelta por la mitad cansada de un solo buey. Hoy hay un solo buey que ara. A pocos pasos de ese verso –un día, tres noches negras de luna gorda, blanca, un cuarto de tiempo alojado en el no-tiempo aspirado con ventana al campo, una sola– no hay ninguno.

Entrega anterior:
Prosapiens (1)

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