“Es terrible vivir en una sociedad con el estómago lleno y la cabeza vacía”

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Una entrevista con SALVADOR TÁVORA,
director de la compañía La Cuadra

“El teatro es un arte por encima de todo, jamás debe apartarse del compromiso”

“Hay que volver al espectáculo desnudo, directo, agresivo,  lejos de convencionalismos”

“Lucho por la independencia de los pueblos y por su derecho a reivindicar su identidad y su cultura ante el carácter opresor y fascista de la uniformidad”

“Mi compañía trabaja para hacer del teatro un arma útil al ciudadano, para ubicar la cultura en el sitio en la que se produce, para conectar el teatro a la vida cotidiana de nuestro barrio y hacer del arte una necesidad”

“De Agustín García Calvo tengo muchos pensamientos en común como es comprensible por mis orígenes, por mis trabajos y por mis formas de entender la vida y la muerte”

Por ISAAC MACHO

Todavía retumba con fuerza en mi memoria el grito hecho crónica del espectáculo “A palos”, presentado por la compañía La Cuadra y dirigido por Salvador Távora en el colegio mayor San Juan Evangelista de Madrid, a mediados de la década de los 70, del siglo pasado. Aquel trabajo, en esencia, venía a resumir una incipiente trayectoria comprometida con la cultura popular andaluza y las vanguardias de los siglos XX y XXI. Una masa artística animada con la levadura del flamenco, el mito del toreo, el caballo, los estereotipos, la crítica social y el poder, sus orígenes… “Quejío”,  “Andalucía amarga”, “Las Bacantes”, “Identidades”, “Carmen” son algunos de los montajes que Távora ha representado por los teatros más importantes del mundo, hasta llegar a su última obra “Memorias de un caballo andaluz”. En todos queda impresa la marca de un genio que ha revolucionado la escena, a través de la identidad de un pueblo.

—La crisis ha puesto patas arriba los cimientos del estado del bienestar, la cultura, entre ellos.  ¿Está inquieto?

—Inquieto, preocupado, temeroso, decepcionado, y lo que es más nuevo en mis estados de ánimo para el trabajo, cansado. Hemos andado, en el campo de la cultura teatral, concretamente en el marco de las formas, de la estética y la ética, un largo camino de conquistas; hemos solidificado un lenguaje teatral enraizado en la cultura popular alejado de la cultura burguesa y arropado por un universo sonoro que abarca al flamenco como grito y a Verdi o Mozart como deleite para la rebelión; y, de un día para otro, nos encontramos con un panorama de musicales y obras convencionales sin más sentido que la diversión o el entretenimiento. Sin recordar que el arte, y el teatro es un arte por encima de todo, jamás debe apartarse del compromiso. El teatro ha de cumplir siempre su función artística y su función social. Para volver a empezar el debate contra los gustos teatrales de la derecha en el poder y de un culpable sector de la izquierda que jamás consideró, ni considera, la cultura como un arma progresista y fundamental para una sociedad lúcida, me encuentro, hoy, a lo mejor mañana no, además de inquieto, cansado.

—A los trabajadores les han caído el hacha de los recortes y el desempleo, a los contribuyentes la subida de impuestos, a los consumidores de cultura les han disparado el IVA. ¿A dónde vamos?

—Dando tumbos se pierde el camino; y hemos perdido el camino dando tumbos culturales. Importante es tener el estómago lleno sin olvidar que es terrible una sociedad con el estómago lleno y la cabeza vacía. Por ello creo que, considerando el hachazo del desempleo y los recortes como la aspiración de los poderosos a una sangrienta vuelta a la Edad Media de señores y vasallos, la subida del IVA y otros impuestos va más allá de un atropello económico a los consumidores de cultura. Por las barreras que crea al andar de la cultura, al desarrollo de la creación, estas medidas están pensadas y convertidas en ley para vaciar las cabezas.

—Actores, directores, dramaturgos, ¿sois más atrevidos que antes?

—Nosotros siempre hemos sido atrevidos porque entendemos el arte como vía de transformación estética y social. Al menos la gente de teatro que, en los tiempos de la dictadura, intentamos un rompimiento estético y temático del acto teatral. ¿Más atrevido que antes? Quizás. Hoy el atrevimiento, para que tenga proyección mayoritaria, necesita de una economía considerable y a veces en tu subconsciente te nacen ideas que te sitúan en la comercialidad del producto. Hay que volver al espectáculo desnudo, directo, agresivo, y lejos de todo tipo de convencionalismo como hemos hecho en nuestros últimos trabajos y hacemos en nuestro pequeño teatro. Lo doloroso quizás sea comprobar, como está ocurriendo, que los espectadores andan por el camino del divertimiento. Y esto es una realidad social que pone en cuestión la continuidad de una compañía, de un teatro, de un actor, de un director en definitiva de un  profesional que elija el ir a contracorriente de los gustos impuestos y de las ideologías imperantes.

—¿Qué hace para mantener, en el día a día, la democracia?

—Ser fiel a mis pensamientos y combatir la injusticia desde mi entorno. Intentar mantener mi compañía y un teatro en un barrio periférico olvidado culturalmente por ser periférico por las administraciones de izquierdas y de derechas; defender el valor de la libertad a través de mis espectáculos y provocar la emoción y la reflexión del espectador.

—Peter Brook dice que nunca ha perdido la sensación de ser un aprendiz. ¿Le ocurre algo así?

—Creo que siempre aprendo y que la vida da infinitas ocasiones para sorprenderse y aprender. Mirar con ojos de niño incluso la propia experiencia para descubrirla en profundidad y elevarla a la categoría de arte. Si me desapareciera esa sensación de aprendiz habría quizás perdido la capacidad de creación. Yo creo que la creación y la vida andan de la mano y la creación como la vida nace todos los días en esas mañanas alegres o angustiosas al despertarse. Por ello, creo, que la creación teatral es, o debe ser, el resultado de un aprendizaje continuo, como la vida.

—¿Con qué herramientas se enfrenta a su tarea de director?

—Con las herramientas que me proporciona un lenguaje teatral que comenzó a forjarse hace 40 años: el compromiso, Andalucía, el flamenco, el sudor, el sentimiento, la emoción, los silencios y ahora ya, con las decepciones que se convierten en bailes rabiosos como los de “Quejío” en 1972, gritos de impotencia cercanos a los de “Andalucía Amarga” 1979, o navajas que llenan de sangre los escenarios como la de “Carmen” 1996. Yo no soy un director que pone en escena textos sino un autor de lo que pasa y se escucha en el escenario. Un ordenador emotivo de  elementos que se pronuncian por sí solos.

—¿Improvisa?

—Sobre una estructura previa, en el proceso de trabajo hay lugar para la improvisación, para la creación. La improvisación es, quizás, la acción más prevista de una obra teatral o de un espectáculo dramático. No creo en la improvisación caprichosa sino en aquella que aparece como necesidad escénica. Mis improvisaciones son producto de la aspiración a un orden geométrico imprescindible en mis montajes. No tienen nada que ver con lo que en el lenguaje convencional llaman improvisación que a veces no son más que genialidades perecederas.

—Acaba de morir Agustín García Calvo, un intelectual que estaba contra el poder, a favor del 15-M y del amor libre… ¿Tiene algo en común con este disidente radical, con la sociedad en que vivió?

—Yo creo que Agustín García Calvo no ha muerto. Podemos repetir la manoseada frase de: “Se puede matar a un hombre pero no a sus ideas.” Esto es, sus pensamientos, o cuanto de su vida nos quedó. De Agustín García Calvo tengo muchos pensamientos en común como es comprensible por mis orígenes, por mis trabajos y por mis formas de entender la vida y la muerte. He estado siempre muy cerca de él, de ese intelectual a mucha distancia de cierta intelectualidad que nunca admitió nuestro trabajo por no nacer de raíces académicas. Todos sabemos que el teatro no tiene más que una historia que es literaria y pequeño burguesa, y La Cuadra no nacía de ninguno de esos sectores. Podríamos resumir la pregunta de cuanto tengo en común con García Calvo sólo por el hecho de agarrarnos a la necesidad de transgredir las conciencias a través del arte y ser crítico con la realidad que nos tocó vivir. A él y a mí.

—Los empresarios españoles tienen fama de que utilizan todavía, con demasiada frecuencia, la frase “aquí mando yo”. ¿Cuánto y, sobre todo, cómo manda el director de La Cuadra?

—En primer lugar no soy un empresario al uso sino parte de un Consejo Administrativo formalizado con otros compañeros. Mando solo sobre la idea, sobre mi creación, dando las pautas necesarias para materializarla de una manera incansable y casi obsesiva, pero dejo lugar para la creatividad de los intérpretes. Cada participante que interviene en el espectáculo tiene su sitio y su función, y en ese espacio personal yo sugiero, no mando.

—Los ingleses veneran a los profesionales de las artes escénicas. Sus montajes permanecen en cartel décadas y cuentan a sus espectadores por millones. ¿Spain is different?

—España es un lugar en el que no hay cabida para la veneración. No se perdona la imaginación ni los hallazgos artísticos. La tendencia es admirar las producciones que vienen de fuera y despreciar todo aquello que se produce en el país. Lo familiar, lo cercano, aunque rompa con el conservadurismo cotidiano de signos y costumbres, carece de valoración. El dicho “nadie es profeta en tu tierra” tiene una profunda raíz en la envidiosa competitividad social de tu entorno, del entorno de los creadores, de los artistas, de los poetas, de los innovadores. De todas aquellas ocupaciones, empleos o vocaciones que no tengan inmediato seguro y visible rendimiento económico. En este sentido “Spain is different” porque es peor. La Cuadra y mis trabajos con la compañía fueron recibidos con curiosidad en España, concretamente en Cataluña, después de ser descubiertos en París en el Festival de Teatro de las Naciones en la Universidad de La Sorbona. De aquel hecho dijo el crítico y profesor catalán Ricard Salvat: Todo el mundo comentaba emocionado y de manera entusiasta el espectáculo andaluz. El éxito fue tal que pensábamos encontrar en nuestra prensa los entusiastas comentarios que era lógico en tal caso. Pues bien, nos hemos dado cuenta que el gran éxito de La Cuadra en París ha pasado desapercibido. Francamente no lo entendemos…

—Qué le diría a un usuario de internet que escribió este comentario: “muy bonita la unión de La Traviata y el fandango, pero ¿por qué utiliza, maltrata, marea, falta al respeto y juega con animales como toros, caballos, vacas, etc.”?

—Que en mis espectáculos nunca se han maltratado a los animales. Los animales aportan en mis obras belleza y riesgo al escenario. Es la vida en estado puro, y de la relación entre los animales y el hombre, artísticamente hablando, surge una emoción inmediata que nos conecta con la tierra y nos hace conocerlos con una mayor profundidad. En las tragedias griegas se utilizaban animales y eran tan admirados como los actores. No hay nada nuevo en la historia del teatro con la intervención de animales en nuestros trabajos. Además el empleo de caballos obedece a la incorporación de un espacio histórico de nuestra cultura andaluza: al deleite del arte ecuestre y como símbolo del poder. Jamás un discurso literario llenaría de sentido teatral la presencia de un caballo en la escena en relación con el poder y el pueblo. Y esa ha sido una de nuestras constantes escénicas: Pueblo y Poder.

—Cuando oímos hablar del “universo Távora”, en realidad, ¿cómo tenemos que interpretarlo?

—Como una serie de elementos que se han convertido en teatrales pero que parten de mi propia experiencia vital. De todo aquello que me ha marcado como ser humano y que utilizo para trasmitir mi visión de la vida y el mundo. Es el universo de muchos andaluces que no han descubierto la posibilidad de elevarlo al campo del arte. Hay que olvidar la clasificación de los géneros en el arte y, pensando que el teatro es arte por encima de todo, elevar a su marco cuanto te rodea en tu vida cotidiana. Tendríamos así un teatro con muchos universos. Un teatro mucho más rico que el de solo un modelo convencional despersonalizado culturalmente.

—“La historia del teatro se escribe desde Madrid”. ¿Qué pinta su compañía con la sede permanente en el polígono industrial de Hytasa, de Sevilla, periferia de periferias?

—Luchar para hacer del teatro un arma útil al ciudadano, para ubicar la cultura en el sitio en la que se produce, para conectar el teatro a la vida cotidiana de nuestro barrio y hacer del arte una necesidad. Además de intentar descentralizar el teatro en una capital de casi un millón de habitantes como es Sevilla. Podemos, ante la cara vuelta de la administración que atiende preferentemente otros valores teatrales y sociales de continuidad burguesa, perecer en el empeño, mas estamos más seguros de hacer, como grupo de teatro comprometido, lo que nos pertenece hacer para contribuir con nuestro trabajo a una sociedad mejor. Lo hemos aprendido al llegar con nuestras creaciones a los grandes y lujosos teatros de New York, Londres, etc. En estas grandes capitales, otros compañeros con conciencia social lo están intentando desde sus barrios. Volver a nuestros orígenes ante la sorpresa de muchos es lo que nos compensa. Veremos si es posible. Hemos puesto cuarenta años de historia artística y económica en el empeño.

—Saramago soñaba con una Iberia unida, Cataluña con un referéndum de independencia, Escocia espera el 2014… ¿Por qué tipo de independencia lucha?

—Por la independencia de los pueblos y por su derecho a reivindicar su identidad y su cultura ante el carácter opresor y fascista de la uniformidad; no como identidad o cultura excluyente sino como medio de convivencia armónica de las diferentes identidades culturales, y compartir así una sociedad cada día más multicultural, diversa, libre y creativa.

—Hablando de banderas, ¿Andalucía es una nación?

—Sí, sin ninguna duda: Andalucía es una nación.

—Ha dedicado su vida a derribar tópicos y estereotipos. ¿Queda alguno en pie con licencia fiscal?

—Confieso que no entiendo lo de “licencia fiscal”. A lo de combatir los tópicos espero se refiera a nuestro debate por descubrir la tapada verdad del tópico. Como por citar algunos el flamenco: el flamenco posee enterrado bajo su tópico, ser la dura crónica oculta u oscura de la realidad popular andaluza y la realidad popular andaluza es buena parte  de nuestra historia por descubrir. Así muchos tópicos nuestros hemos de seguir destapándolos comprometidamente para conocer cómo éramos y cómo somos. Esa es una labor artística que inquieta al nacionalismo español.

—¿Un dramaturgo tiene que ser siempre crítico con los poderes establecidos?

—El poder siempre tiene la aspiración de mantenerse en su sitio cueste lo que cueste y generalmente ejercen conscientemente mal ese poder. Un dramaturgo, como cualquier miembro de la sociedad, tiene la responsabilidad de ser crítico con todos los poderes.

—¿Quiénes son los destinatarios de sus obras cargadas de reminiscencias andaluzas?

—Los montajes se realizan a partir de un esquema de trabajo, de un estudio dramático del tema, elaborado desde la sensibilidad. Por encuadrarse en el área del arte de difícil explicación. No se piensa en el destinatario, ni en su cultura ni en su identidad sino que parte de la sensibilidad para la sensibilidad, y la sensibilidad es un lenguaje universal del cuerpo y del alma. Como no existe el texto convencional, no existe el condicionante de la barrera del idioma. El punto de partida es desde nuestra sensibilidad y nuestro entorno cultural de elementos andaluces, y hemos comprobado durante cuarenta años su capacidad para llegar a toda cultura y a toda identidad si se posee la más mínima sensibilidad para recibir sensaciones visuales y sonoras.

—¿Es tan buen embajador del arte como el aceite de oliva?

—Más que del aceite y de la oliva podría ser de lo que significa la rama del olivo, un elemento andaluz inequívoco de la necesidad de paz par todos.

—A sus 78 años, ¿está maduro para la jubilación?

—Lo estoy pensando.

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