Ese oscuro objeto del deseo

publico-teatroPor MIGUEL ÁNGEL VARELA

“El lado oscuro de la sala”. Así tituló la antropóloga mexicana Lucina Jiménez su imprescindible investigación sobre el teatro y los públicos. “Mirar al que mira”. Es un ensayo de Luis Puelles que merodea alrededor del espectador, ese fantasma incógnito que ha pasado desapercibido a lo largo de la historia del arte, ese personaje sustantivo y espectral que “está presente mientras permanece invisible o desapercibido”.

El público. Los públicos. Ese oscuro objeto del deseo de toda expresión artística que, en el caso del teatro, es su razón de ser, su recurso estético y económico. Peter Brook inicia su proteico ensayo “El espacio vacío” con una definición categórica, convertida ya en lugar común: “Puedo tomar cualquier espacio vacío y llamarlo un escenario desnudo. Un hombre camina por este espacio vacío mientras otro le observa, y esto es todo lo que se necesita para realizar un acto teatral”.

Digámoslo ya. Se puede hacer teatro sin que exista una sala específicamente construida para ello. Sin focos ni cualquier otra iluminación artificial. Sin un vestuario diseño para la ocasión. Se puede hacer sin director (David Mamet ofrece en “Manifiesto” jugosas y malévolas reflexiones sobre el asunto), ni escenógrafo, ni taquilleros o acomodadores. Sin atrezzistas ni regidores. Por supuesto que se puede hacer teatro sin la intervención de esos agentes a los que hemos llamado “programadores”. Pero es imposible que exista ese misterio al que convenimos en denominar teatro si no hay al menos un actor…, y público.

Del público, de los públicos, sabemos poco o nada. En este país, cuando creíamos ser ricos, no le prestamos mayor atención. Nos conformábamos, en el mejor de los casos, con contarlo (y no siempre). No supimos / quisimos / pudimos conocerlo, comprenderlo, atraparlo, seducirlo, escucharlo…

Y ahora, en medio de la tormenta perfecta, lo necesitamos más que nunca. Y no solo como recurso financiero, que también. Nos es imprescindible como cómplice, como colaborador, como partícipe y como crítico de una labor que no es nada sin él. Escuchemos al oráculo de Alberto Fernández Torres, el ingeniero devenido en analista del sector escénico: una suma de espectadores, por elevada que sea, no es igual a un público.

Necesitamos a ese segmento –tal vez minoritario, pero significativo e influyente– de personas socialmente definidas, que esgrimen como seña de identidad cultural el hecho de que el teatro en su conjunto, y no solo tal o cual espectáculo concreto, se sitúa en primer lugar potencial entre sus elecciones de ocio.

En ello andamos: agazapados frente al oscuro objeto del deseo.

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*Miguel A.Varela es gerente del teatro Bergidum de Ponferrada.

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