El desorden del cielo

Cruz del Sur.

Cruz del Sur.

Por GERMÁN RICOY

Al llegar aquí, la primera noche me sorprendió el desorden del cielo. De pronto me di cuenta de que con el paso de los años, sin saberlo, había ido memorizando en mi cabeza un mapa de estrellas que me parecía el correcto, el riguroso, el ordenado, uno en el que la luz recorre el camino adecuado formando inexistentes imágenes que en el pasado fueron bautizadas con el nombre de seres mitológicos. Como si fuera posible poner orden en el cielo.

También en el Sur, sin embargo, la luna aparece todas las noches, cumpliendo con su ciclo de luz y sombra, mostrando siempre una porción más o menos grande de la misma cara, aunque aquí no es mentirosa y crece cuando tiene forma de ce y decrece cuando parece una de, al revés que en el norte. Y la bóveda celeste también en el Sur parece desplazarse en persecución del sol, pero las estrellas son ajenas a mi costumbre y no puedo evitar pensar en que no están bien colocadas. A veces, en claras noches de insomnio, juego a reordenar las estrellas en la bóveda de mi cráneo como cuando, hace muchos años, con estrellas autoadhesivas que brillaban en la oscuridad, dibujé las constelaciones de Cáncer y Leo sobre el techo de una buhardilla que me ha seguido hasta aquí.

Buscando orden, puntos de referencia que me sirvieran de apoyo ante el vértigo de un cielo para mí caótico busqué la Cruz del Sur, que había conocido en mis lecturas infantiles, probablemente en Verne o Salgari o Melville o Stevenson o todos ellos, y encontré cuatro estrellas en las que no vi una cruz sino la silueta de una cometa. Busqué más información y encontré que para muchas culturas que conocieron esas estrellas antes que los hombres del Norte, en ellas veían la huella del ñandú, impresa sobre un gigantesco y luminoso territorio de caza. Después llegó la gente del Norte y puso la cruz sobre sus cabezas.

Dijo Claudio Rodríguez que “siempre la claridad viene del cielo” y tal vez por eso tengo tanta costumbre de mirar hacia arriba en las noches claras, contando estrellas como quien cuenta ovejas, porque a veces echo en falta más claridad en la Tierra. Cuando era pequeño me di cuenta de que, si miraba durante mucho tiempo el mismo punto, lograba descubrir una nueva pequeña estrella entre dos más brillantes. Y luego otra nueva parecía surgir en otra parte y otra y otra más. Después aprendí que mucha de la luz que llegaba hasta mí era luz muerta, acaso la última mensajera de soles apagados millones de años antes y que, por lo tanto, vivimos en el futuro, un futuro que aún no existe si alguien nos mirara desde allí. La luz, mentirosa por naturaleza, viaja por el espacio a la velocidad del tiempo, creándolo a su paso, y llega a nosotros con las manos llenas de confusas noticias sobre soles en explosión, galaxias en espiral que parecen derramarse por un sumidero cósmico y tremendas nubes de galaxias que apenas caben en el cerebro humano. Y nosotros, en nuestra atrevida ignorancia, ponemos nombre a las estrellas o las numeramos como si nos pertenecieran, como mariposas muertas atravesadas por el alfiler de la presunción humana.

Una noche, bajo “la dulzura florida de las estrellas y del cielo” de la que habló Rimbaud, yo estaba contemplando el desordenado cielo del Sur y comprendí que ese desorden contaba una historia, que trazaba la cartografía precisa de una dominación y, para mí, la vergüenza de pertenecer a ese Occidente que trazó los mapas del cielo, que se atrevió a cambiar hasta los nombres de las estrellas y que volcó hacia el suelo las miradas de los hombres que veían en ellos las huellas del ñandú.

Me di cuenta, además, de que también en mi cabeza existían esos mapas, que yo también estaba sojuzgado por una cultura que se sentía capaz de decir qué imagen del cielo es la correcta, la rigurosa, la ordenada. La que me decía que el cielo del Norte, plagado de osos, cisnes, princesas, centauros y otros héroes de leyenda, era el cielo como tiene que ser. La que hacía que al mirar el cielo del Sur buscara, sin quererlo, una cruz a la que agarrarme para evitar el vértigo celestial de una claridad distinta.

Ahora ya no busco orden en el cielo, porque he comprendido que el orden no es lo que nos han contado. Dejo vagar mi mirada entre las estrellas mientras imagino un mundo de mapas nuevos, desordenados y luminosos como sólo puede serlo la vida verdadera.

Aunque, a veces, vuelvo la vista hacia mi cometa y sonrío al ver que sigue ahí.

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Un Comentario

  1. La Huella del Choique le llaman los tehuelches a la Cruz del Sur y a la Vía Láctea el Camino de los Ancestros ¡Qué pena de luz que nos borra las estrellas!

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