Contra el libro y la lectura

Ilustración: Rafael Ricoy (www.rafaelricoy.com).

Ilustración: Rafael Ricoy (www.rafaelricoy.com).

Por GERMÁN RICOY

Hablemos de números. Sólo en España, un país perdido en la vía muerta del desarrollo, se publicaron el año 2011 más de cien mil nuevos libros, con una tirada media de 1.345 ejemplares por título. El cálculo es fácil: más de 134.500.000 nuevos volúmenes al año. Podemos añadir dos ceros más si suponemos un promedio de cien páginas por ejemplar y eso nos podría dar una idea de cuántos bosques se necesitan para mantener viva esta máquina gestora de subvenciones y alimentadora de guillotinas de papel, consumidora de productos químicos y generadora de ingentes cantidades de residuos tóxicos. Y al decir “residuos tóxicos” no me refiero sólo al contenido de la mayoría de los libros publicados.

Pero no quiero falsear las cifras. A mí me interesan en especial la narrativa y la poesía, y de esas materias se publicaron en 2011 “sólo” 23.654 nuevos títulos. Seamos generosos y admitamos que el diez por ciento de esos nuevos títulos corresponden a libros “que valen la pena”. Sé que entro en terreno pantanoso al establecer esta categoría y por eso no la definiré, seguro de que cada lector tendrá su propia idea acerca de qué es un libro que vale la pena. Nos quedaríamos con 2.365 libros nuevos para leer cada año. En realidad, leyendo mucho, un buen lector podría alcanzar el 10% de esa cifra, unos 236 libros al año, un 1% del total de libros de creación literaria que se publican cada año en España. Y uno de los mayores problemas que tiene un libro es que no podemos saber si realmente valía la pena hasta que lo hemos acabado, aunque, por suerte, la experiencia nos dota de un par de herramientas realmente valiosas para movernos por este proceloso mar: el olfato y la capacidad para tirar un libro en cuanto no satisface nuestras expectativas. Por hoy haremos como que no existen más libros en el mundo que los que se publican cada año en España, como si el pasado también estuviera escrito en una lengua que ya no entendemos.

Aún así, está claro que se publica demasiado. Y, además, un inmenso porcentaje (más del 80%) de lo que se publica son primeras ediciones. Es decir, libros de los que se ponen un año en el mercado un poco más de un millar de ejemplares y desaparecen tragados por la marea imparable de nuevas ediciones, carnaza en la máquina de picadillo cultural en que se ha convertido la industria editorial.

Nos hablan de la noble tarea del editor y nos imaginamos a hombres y mujeres enfermos de literatura que consumen la luz de sus ojos rebuscando oro entre la ganga de manuscritos que constantemente llega a las editoriales, para seleccionar la pieza rara, la obra singular que conmueva a los lectores, que proporcione nuevas herramientas para la interpretación de un mundo que se vuelve cada vez más confuso para los ciudadanos azotados por el ruido y la furia de los medios de comunicación masivos. Y los editores encuentran cada año más de veinte mil nuevos títulos literarios que es imprescindible publicar.

¿En serio?

Ya está bien de mentiras. Salvo honrosas excepciones, que alguna habrá, la industria editorial no es más que una máquina destinada a la producción de bienes de consumo, subsector ocio, que se rige por los principios de la búsqueda del beneficio. Esto podrá ser bueno, malo o indiferente, según la visión del mundo de cada uno, pero se convierte en indecente en cuanto nos damos cuenta de que estas operaciones comerciales se realizan bajo el amparo de la cultura. El libro es cultura, nos dicen, y por eso hay que protegerlo. Hay que ayudar a los pobrecitos editores, porque el sector está en peligro y si el libro se resiente, la cultura sufre. Ya está bien, basta ya. ¿A qué editores hay que ayudar? ¿A los grandes grupos como Planeta que manipulan el mercado a su antojo y que poseen auténticos emporios de comunicación con representantes tan dispares como Antena 3, La Sexta o La Razón porque la única ideología que les interesa es la del dinero? ¿Al Grupo Santillana (propiedad del grupo PRISA) que acaba de vender la mayor parte de su división literaria (incluyendo la Alfaguara por la que tanto lucharon los críticos de Babelia) a Ramdon House Mondadori? ¿Al bueno de Jorge Herralde que ha cerrado su legado con la venta de Anagrama a un gran conglomerado editorial italiano? Porque los que mantienen cautivo el mayor porcentaje del mercado son los que se benefician de los mayores porcentajes de las ayudas. No nos engañemos, al editor de provincias que con dificultad saca dos volúmenes de poesía al año y, con suerte, la novela de un amigo que no tiene amigos poderosos en el mundo editorial, las ayudas del Estado, si le llegan, no le van a sacar de la miseria.

Y todo esto en nombre de la cultura. En nombre de la cultura el mercado se inunda de las sombras de Grey bajo el ala triste de Reverte o la última visita que Ruiz Zafón realiza a su propio cementerio de autores célebres es decir, a su biblioteca, para devolver al gran público, al consumidor de cultura, un producto previamente masticado y casi digerido, que les haga sentirse mejor porque pueden pasear el inmenso volumen de turno en los siniestros vagones de metro que los conducen al matadero cotidiano del que intentan evadirse dejando pasar los ojos por páginas sin aristas, porque bastante triste es la vida ya y lo único que queremos es no pensar, para que no duela.

Porque esa es la otra parte de la historia. Los libros, los buenos libros, los que de verdad marcan una diferencia, los que son algo más que papel manchado con fecha de caducidad prefijada, son dolorosos. Y, además, su lectura requiere esfuerzo. Y ya casi nadie quiere eso, porque el beneficio que ese esfuerzo genera no es de la clase que interesa hoy en día. Lo que interesa es seguir publicando, cuanto más mejor, miles y miles de nuevos volúmenes condenados a la fugacidad, con la excusa de que la diversidad, la insoportable pluralidad de títulos, es representativa de una cultura pujante que satisface a lectores libres cuando, en realidad, en el mundo editorial, como en el resto de las facetas del mundo capitalista occidental, de la libertad ya no queda más que un pobre simulacro, envuelto para regalo.

Sin embargo, internet está otorgando a la escritura y la lectura su auténtica dimensión, adaptada a los gustos y capacidades de la mayoría de los lectores. Poco a poco, pero muy deprisa, estamos cambiando la cultura por información, y eso es más que suficiente para que la máquina, la gran máquina del Poder que a todos nos ata, siga funcionando. El eslogan que un supuesto amigo cuelga en Facebook, tal vez extraído de un libro de los llamados de autoayuda o frase sin contexto de un personaje célebre por la memoria de sus obras que ya nadie lee; el chiste fácil en Twitter o el enlace a una noticia que se lee de refilón y se olvidará antes de mañana para dejar espacio al próximo mensaje biodegradable en este ecosistema que los mercaderes insisten en llamar cultural porque conviene a su negocio, todas estas jaculatorias digitales reflejan mucho mejor lo que siempre le ha gustado a la gran mayoría de las personas que mantienen viva la industria editorial en España. Y yo no soy nadie para juzgar si eso es bueno o malo, ni mucho menos para contradecir a la mayoría.

Pero en estos días saldrán por miles a la calle, empujados por la publicidad, erotizados por las portadas mil veces repetidas a lo largo de lineales semejantes a los de los supermercados, atrapados por un título diseñado por departamentos de mercado para que se clave en los ojos como un anzuelo, y comprarán centenares de miles de libros. Quiero pensar que, por oscuro azar, entre todos esos encuentros desordenados, tal vez un libro especial encuentre a una persona que sepa leerlo y que entre los dos se produzca ese raro hallazgo por el que algunos, pese a nuestra voluntad, seguimos leyendo.

Aunque yo, la verdad sea dicha, pienso que si quemáramos el cien por cien de los libros que se publican cada año acertaríamos en el 99% de las ocasiones. Y eso, nadie me lo negará, sería un gran paso para democratizar la cultura.

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Los datos que aparecen en este texto han sido tomados de la “Panorámica de la edición española de libros en 2011”, del Ministerio de Cultura, Educación y Deporte.

Se puede consultar en línea en:
www.mcu.es/libro/docs/MC/Observatorio/pdf/panoramica_2011.pdf

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  1. Raquel

    Muchísimas gracias por este texto. La verdad duele

  2. Me resulta curioso que este lúcido artículo de Germán Ricoy haya registrado en dos días cerca de 300 visitas y apenas tenga comentarios.

  3. Lo de las visitas será porque el autor ha venido a leerlo trescientas veces. “La mirada onanista”, se llama eso.

  4. no me lo creo, personare, falaz falacia…

  5. ¿Trescientas visitas, Eloísa? Eso no es demasiado, alguno de los posts que he escrito yo (en mi blog de, seamos sinceros, mierda), he llegado a las diez mil en un día. Y eso. Es un blog de mierda.

  6. Ya. Calidad y cantidad no tienen por qué ir unidas.

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