Carlos J. Domínguez: “Estamos llamados a ser la generación de la resistencia”

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• “O se recupera justo ahora sin pasiones personales esta parte de la Historia, o no se conseguirá nunca”

Por M. A. REINARES
(AstorgaRedAcción – Contexto gobal)

Carlos J. Domínguez, periodista leonés, es el autor de Asesinaron La Democracia, un libro sobre la figura del periodista, impresor y alcalde republicano de León, Miguel Castaño, que fue director del periódico ‘La Democracia’ y murió fusilado por los franquistas. Conversamos con él sobre periodismo y memoria histórica.

—Carlos, permíteme que comencemos esta conversación hablando un poquito de ti. Eres más joven que yo, no mucho…, pero cuando llegué a la redacción de ‘La Crónica’ a mediados de los 90, tú ya tenías más horas de vuelo que esta humilde plumilla en el día a día enfrentándote a la maqueta en blanco del periódico. Hemos compartido hueco en la redacción, hemos pasado por gabinetes de prensa institucionales y compartimos la pasión por la recuperación de una parte de la historia de España. Si hoy tuviéramos que redefinir a esta generación de periodistas, ahora que todas las crisis que se agolpan en nuestro sector se empeñan en ‘botarnos’, ¿tú qué dirías?

—Que no podrán con nosotros, y a las pruebas me remito. Estamos llamados a ser la generación de la resistencia, y no sólo dentro del periodismo. Y aunque hay días en los que llega otra noticia de otra empresa cerrada, de otro medio de comunicación que prescinde de nosotros, de un nuevo ataque a la libertad de prensa, y entonces dudo de que lo consigamos, está claro que no nos dejan otro camino. Tenemos que resistir. Algunos, como tú y como yo, empujando su propio proyecto. O refugiándonos en la literatura. Otros amoldándose a la pérdida de muchas condiciones salariales, de derechos, de libertad. Pero siendo como somos un excelente reflejo de la sociedad, si los periodistas cedemos, se puede decir que todo empieza a estar definitivamente perdido.

—Aunque mi primera pregunta haya podido parecer del género ‘ombligo’, por el yo yo-nosotros nosotros, creo que era de obligada realización para saber quién es el periodista/escritor que viene a Astorga a presentar Asesinaron La Democracia, porque en las solapas del libro no hay una sola referencia a tu vida profesional. Así eres, siempre tratando de difuminarte y que tu trabajo hable por ti.

—Fue una decisión voluntaria la de no destacar mi perfil. Y tengo que decir que me la han afeado bastante, que rompe ciertos cánones. Pero entendí que, si bien mi biografía, al menos la periodística, sí es muy dilatada (20 años en esto de contar noticias dan para mucho), en cambio mi bibliografía es tan escueta como que se trata de mi primera publicación de un relato, o un ensayo histórico, o una novela, como cada uno quiera ver Asesinaron La Democracia. Y sí, me dio apuro. Sería genial que la obra hablara por mí. Y de hecho, he de confesarte que según avanzaba en la investigación sobre Miguel Castaño, y sobre todo según ponía su apasionante historia negro sobre blanco, me sentí muy identificado con él. Traté de ponerme en su piel, me pareció necesario para transmitir lo que su historia transmite, y por momentos fue tan duro como brutal fue su experiencia.

—Durante tres años te quitaste muchísimas horas de sueño documentándote e hilando Asesinaron La Democracia. ¿Por qué asumiste ese reto personal y profesional? ¿Qué tiene de excepcional la figura de un alcalde y periodista, director del periódico ‘La Democracia’, para meterte en semejante investigación?

—Pues en primer término, el libro es fruto de la necesidad de un periodista como yo de escribir un buen reportaje después de estar demasiado tiempo fuera de una redacción. Así comencé, pensando en un artículo de prensa. Me salió largo, es verdad, más de 300 páginas (risas). Quise ser muy ambicioso, no podía tratar de recuperar la figura de Miguel Castaño y quedarme a medio camino. Era todo o nada. Y hablando de Castaño, tenía que radiografiar el León del 36, con detalles que después resultaron ser inéditos en muchos casos. Y no podía dejar de reflejar la vida en el campo de concentración de San Marcos, con toda la literaria crudeza de esa experiencia. Y no podía tampoco dejar de reivindicar también a cuantos padecieron su mismo injusto y arbitrario destino. O mencionar a las figuras que sembraron aquel terror, le doliera a quien le doliera. Como no podía dejar de enfrentarlo todo a la figura de su ejecutor, el jovencísimo Tristán Falcó y Álvarez de Toledo, un Grande de España, que descubrí de casualidad, pero que pronto se convirtió en una obsesión tan incontrolable como el propio protagonista. Y además buscaba que todo ello no fuera explicado como en una enciclopedia, que sólo se entendiera desde un espacio reducido de quien conozca León, sino que fuera una historia universal, que un japonés pudiera comprender lo que pasó y sentir lo que los protagonistas pudieron sentir. Para eso, había que darle un enfoque de novela, con toda su intriga y pasión, pero absolutamente fiel a la documentación. La aventura parecía inabarcable hasta que puse fin a la investigación y me puse a escribir. Entonces encajó todo, para mi sorpresa. Tenía un gran guión escrito por la Historia y sentí la misión de darla a conocer. Puede sonar pretencioso, pero así lo viví.

—Miguel Castaño, el alcalde republicano de León, dirigió el periódico ‘La Democracia’ en un tiempo de periodismo de trinchera, una forma de entender esta profesión que colisiona con el principio de la objetividad que tanto nos machacaron en la universidad. Corrían tiempos convulsos –las primeras décadas del siglo pasado- cuando el protagonista de tu libro ejerció el periodismo. No corren años más tranquilos para quienes hoy nos dedicamos a ello. Una de las crisis actuales de los medios de información es la falta de credibilidad por el ‘coqueteo’ entre periodistas y poder, y entre propietarios de los medios y el poder, ¿dónde crees que hubiera estado hoy Miguel Castaño periodista?

—Estaría en la trinchera que mencionas. No se daría por vencido, seguro. Ten en cuenta que Miguel Castaño tenía una enorme ventaja: desde la nada más absoluta, desde el Hospicio donde le abandonaron al nacer (cosa que yo descubrí y ni conocía la mayor parte de su familia) llegó a ser el propietario de la imprenta La Democracia y después del periódico del mismo nombre que la editaba. Es decir, informativamente, no se debía a ninguna empresa ni a ningún poder: sólo se debía a sí mismo y a sus marcados ideales progresistas, democráticos y republicanos. Es una situación envidiable que hoy en día casi ya no se concibe. Puesto también en esto en su piel, debió de ser una experiencia profesional maravillosa, sobre todo cuando después de años de periodismo y también de política, pudo vivir para ver la llegada de aquel soplo de aire limpio que fue la II República, por la que tanto había hecho. Y del mismo modo, tuvo que ser un trauma demoledor verla caer por las armas. Él vivió para conocer que con su imprenta y con su periódico, que el régimen franquista no tardó en usurpar robándoselo a él y a su familia, pasó a editarse nada menos que el periódico ‘Proa’, el periódico de Falange. Triste, tristísimo destino el suyo también en el aspecto ideológico y profesional.

—Tu libro es todo un descubrimiento porque para nuestra generación, y la que nos precede, los alcaldes Miguel Castaño y Carro Verdejo son, sobre todo, calles de León y Astorga, situadas en los extrarradios, que conducen a los cementerios municipales. Cuánto está costando restablecer la memoria de los alcaldes republicanos represaliados y fusilados, ¿verdad? ¿Por qué en España (no digamos en ciudades pequeñas) las memorias duelen todavía? ¿Qué llevamos impreso en la memoria colectiva como un ADN determinante?

—Es algo atávico, tienes razón, pero yo lo comprendo, aunque no lo comparta. Fueron 40 años de terror metido hasta los tuétanos, de presión en todos los órdenes, y no sólo muertos, fusilados, paseados, gente en prisión durante años por delaciones interesadas, familias enteras sin trabajo ni dignidad, marcados para siempre. Mira, sabrás que después de publicado el libro supimos documentalmente que un buen número de personas muy influyentes socialmente de León, directivos de bancos y de periódicos, de la alta burguesía, intentaron evitar el fusilamiento de Castaño: Emilio Francés (el gobernador civil, que si algo hizo fue ponerlo fácil al golpe de Estado), Ramiro Armesto (el presidente de la Diputación, que se peleó con su partido para evitar agresiones a la iglesia o a los militares)… El nuevo régimen impuso multas de hasta 50.000 pesetas. ¡50.000 pesetas de la época! Una barbaridad más. Eso también es represión. Yo he publicado nombres y apellidos que hasta ahora no se vinculaban a esa represión pero que tuvieron un protagonismo destacado. Y sin embargo he de decirte que nadie, jamás, me ha recriminado nada. Incluso mandé ejemplares a los descendientes del ejecutor, a la familia Falcó y Álvarez de Toledo, que siguen siendo Grandes de España. Hablé con una sobrina, y no fue fácil. Ni un reproche. Ha pasado ya el tiempo suficiente, para mal (porque ya se acaban las fuentes directas, sobre todo orales) y también para bien. O se recupera justo ahora sin pasiones personales esta parte de la Historia, o no se conseguirá nunca.

—Miguel Castaño sobrevivió tres meses al alcalde astorgano Carro Verdejo. El leonés fue ‘paseado’ el 20 de noviembre de 1936 y el de Astorga, el 15 de agosto. ¿Qué ocurrió en esos tres meses en la vida del regidor, que en 1923 había logrado llevar el agua corriente a la capital de la provincia?

—Pasó lo peor de su vida, cualquiera se lo puede imaginar. La seguridad de que su destino estaba marcado, viendo antecedentes como los de los alcaldes de Astorga o Ponferrada: terminaría viendo cómo unos militares le dispararían una madrugada, más tarde o más temprano. Y a eso hay que unir una estancia desgarradora en San Marcos, un campo de concentración en todo el mal sentido de la palabra, que trato de describir muy sensorialmente en el libro. Y también el debatirse ante su querida familia (era una persona enormemente familiar, en eso también como yo) entre mantenerles engañados sobre su final, para que no sufrieran tanto, pero sin dejar de transmitirles que no había esperanza alguna. Las cartas manuscritas a su mujer, que son eje central de la novela, responden mucho mejor a esa pregunta tuya de lo que yo pueda conseguir. Ahí, de su puño y letra, está contenida su absoluta incomprensión de la irracionalidad salvaje que aplicaron contra tanta y tanta gente.

—El libro está contado desde dos puntos de vista: el narrador y el personaje (permíteme que así lo califique, porque en algunos momentos parece una novela contada en primera persona), ¿qué quieres proponer al lector con este ‘juego’?

—Está narrada desde tres puntos de vista, espero que así se aprecie: el narrador, o sea, yo; Miguel Castaño; y también Tristán Falcó, su involuntario asesino (involuntario porque no pude averiguar si se presentó o no voluntario para dirigir el pelotón de fusilamiento). También hice ese esfuerzo de adentrarme en su mente, sus motivaciones, su posición social elevadísima, su juventud, su ímpetu ideológico… Lo que propongo al lector es que vea a Castaño y Falcó como símbolos muy claros del enfrentamiento del 36: los reformistas demócratas y los defensores de la tradición; los experimentados (Castaño era ya mayor) y los jóvenes; los que hablaban y defendían con sus actos la libertad y los que acabaron con ella. Ojo, no tomo partido subjetivo al decir esto, no es algo discutible. En el libro destapo las maniobras militares para justificar su alzamiento: ¡llegaron a inventarse un contubernio de los demócratas republicanos para dar un golpe de Estado y listas negras para matar ‘derechistas’, que por cierto ¡le atribuyeron a Miguel Castaño! Y que por supuesto, nunca aparecieron. Son cosas demenciales. Traído al día de hoy, suena como las armas de destrucción masiva en Irak, y así los poderosos hacen lo que quieran con los débiles. Quien lo lea, lo entenderá todo. Y verá las pruebas documentales y orales, para mí es muy importante. Porque yo no quiero imponer ningún punto de vista, sólo contar. Espero haberlo conseguido.

—Por último, Carlos, un tema siempre complicado de controlar por el escritor una vez que ha terminado la fase apasionante y callada de la investigación y posterior redacción, ¿estás satisfecho con la distribución del libro? ¿cómo van las ventas?

—Estoy como loco, ha sido una aventura tan abrumadora como sorprendente en su resultado. A la presentación en León acudieron casi 250 personas. El libro lleva un año y pico a la venta y sigue despertando interés. Y además, ha dado pie a nuevas publicaciones relacionadas de una manera u otra con la historia de Miguel Castaño. Creo sinceramente que mi libro, aunque novela, está llamado a aparecer en muchos pies de página y en muchas bibliografías. Y también estoy muy contento con haberme visto obligado a prescindir de una editorial entre el lector y yo, y haber contado con el apoyo del Ministerio de Presidencia, en un apoyo a la memoria histórica que ahora ya está por desgracia desmantelado; y por supuesto, de haber sido arropado por la Asociación Juventudes Activas de León, para el libro, la exposición y quién sabe si un documental. Me ha tocado ir, con la mochila al hombro, literalmente, distribuyendo los ejemplares, sobre todo en León, Ponferrada y por supuesto Astorga (librerías Cervantes y El Progreso), pero todo han sido satisfacciones. Y al final de todo, el aplauso de la familia de Miguel Castaño, a veces reticente durante el proceso, que ha sabido agradecer mi esfuerzo por situar a su familiar, tantas décadas ‘enterrado’ de nuestra memoria, donde siempre debió estar. Esto último basta para sentirse satisfecho.

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