Tachando “chochito de oro”, ta-chán

'El origen del mundo', óleo sobre lienzo de Gustave Courbet (1866).
‘El origen del mundo’, óleo sobre lienzo de Gustave Courbet (1866).

Por PRIMITIVO CARBAJO

Evidentemente, no se puede llamar “chochito de oro” a la ilustrísima doña Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno, vicepresidenta de la Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos Económicos, ministra de la Presidencia, portavoz del Consejo de Ministros, abogada del Estado, casada como Dios manda con el también abogado del Estado, aunque fichado hace unos meses por TAelefónica, don Iván Rosa Vallejo, y madre, tras el pertinente Estado de buena esperanza, que en su caso solo pudo fluir mayúsculo, madre de una niña que no puede ser aquélla del líder que fuera candidato y ahora es presidente plasmático porque la niña aún es bebé a la que doña Soraya también dedica naturales desvelos entre sus ocupaciones de Estado. Llamarla “chochito de oro” es insultar por la llana.

A Xaquín Charlín, el concejal gallego que tuvo la ocurrencia, yo también lo vi enseguida falto de toda delicadeza, que subrayo por Delicado, Francisco Delicado, que fue cura en Roma y retrató a la lozana andaluza, Aldonza, acompañada de personajes como Siete Coñitos, un afinado bailaor muy solicitado por la Curia papal, a la que seducía la gracia y facilidad de sus meneos. En ese cortejo literario que prologa en el siglo XVI el salero de la picaresca española, no desentonaría un hipotético Chochito de Oro, pero ¡estamos en Momento Mariano, por favor! y Charlín, ya dije, ni de lejos es Delicado. Ni mínimamente riguroso, pues para avalar su insulto, cargó como gasto de la doña un presupuesto de 40.000 euros que corresponde a un programa ginecológico de todo el personal de la Moncloa. ¡Coño!… (¡huy, perdón!). “Lo de menos es a lo que se ha destinado el dinero”,  precisó la presidenta de Mujeres Progresistas, la socialista Yolanda Besteiro. Ah, lo de menos… Y “chochito de oro” lo máximo.  Un “daño letal” –repito: un daño letal dijo–, en la lucha por la igualdad.

 Así que todo el mundo se fue a la chepa del Charlín, que dimitió a velocidad de centella: lo normal. Para entonces ya no había periódico sin la ecografía del “chochito de oro” en la tipografía de cada cabecera, en portadas y páginas interiores, en las emisoras, chochito de oro en la cresta digital de la globalización, chochito de oro allá donde miraras, por todas partes chochito de oro, qué agitación… Al dimitir, Charlín hizo lo normal, pero resulta casi un milagro como noticia del Momento Mariano, donde no seca el barro de las mamandurrias –Aguirre dixit– de ladrones y pícaros aferrados a escaños mantenidos por el Estado como si, además, les hubieran crecido ventosas, el Rafael Blasco de las Cortes Valencianas que decía el otro día y los tropecientos como él que cunden la peste por el territorio piel de toro, con piel política igual de dura y sus ventosas. Esos no dimiten. Y aquí el insulto a todos es la indulgencia por inacción que obtiene este fenómeno paranormal y abiertamente peligroso para la salud pública, todos y cada uno de esos especímenes con sus ventosas y cuentas. Las cuentan, cuando lo hacen, emulando a Carlos Gracejo Floriano, conocido en los intermedios como Flores Gamp, ese hombre, ese crack, ese verbo del verbo del PP, esa gracia de bailaor de palabras que Siete Coñitos tenía en las caderas. Nadie iguala los talentos de Floriano; de manera que todos los demás deberían darse por aludidos, como el edil lenguaraz, y dimitir. Porque también hay ese clamor, ¿no lo escuchan?

Acaso ya les aburra y, considerando que el chochito de oro no desentona como daño letal infligido a lo políticamente correcto, a unas y otros les puso la ocasión de rasgarse las vestiduras, chochito de oro, qué escándalo, y embestir con presteza, ruido y furia contra el parlanchín de género zoquete que lo escribió. Pero extraña esa presteza, tratándose singularmente de diputadas-os y legisladores-as cuya indolencia tolerante también es causa de una real y capital violencia de género que es de su competencia eliminar: la desigualdad salarial. A igual trabajo, igual salario, hombres y mujeres, ¿tan difícil es? ¿para cuándo? Ufff!, resopla el bestefloriano, antes de volver a subrayar la trascendencia del chochito de oro, y no diré yo que no la tiene, ni lo dirá nadie: los chochitos de la vida, de la lengua y del habla. El bestefloriano busca para todos una línea unisex, por corrección política, pero es de temer que, por la vía mojigata, acaben devolviendo los ejemplares de La lozana andaluza a galeras, donde ya estuvo más de cuatro siglos (la censura impedía editarlo en España), o encontrando la manera de castigar no sé cómo a los jerezanos cada vez que saluden a sus chicas como hacen, “¡pero qué es de tu vida, chocho, tiempo sin verte!”, por ejemplo, o prohibiendo la denominación del dulce típico de Salamanca, sus chochos, aunque en este caso habría una justificación, o sea, la dureza del bollo, que pide diente y, efectivamente, por asociación, acaso estimule en alguien una involuntaria e insoportable violencia sexual…

De momento, dimitió raudo el edil Charlín y nadie osará reproducir la ecografía del chochito de oro, ni siquiera en casa. Por corrección política. Pero todavía, gracias a la escandalera de los besteflorianos, cuando la doña de más arriba sale a los telediarios con sus ojitos, son muchos los que dirían ¡anda, mira, chochito de oro!, pero se muerden la lengua, ta-chán…, cierran la boca apretando los morros, ta-chán…, parece borrado el dicho pero lo tienen en la cabeza, ta-chán…, y no pueden reprimir un estallido de risa cubriéndose la cara… A ver los besteflorianos qué hacen con eso.

1 Comment

  1. Se agradece leer artículos inteligentes con la dosis de humor justa y el sarcasmo conveniente para didfrutar de la lectura sin màs , y de paso comprobar , con angustia y desolación, que este pais es inmune al ridículo, a la zafiedaz y a la la más mínima dignidad.

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