‘Coming from Reality’

imagesPor LUIS GRAU LOBO

El futuro se escribió hace tiempo. Que lo que hoy sucede está marcado por nuestros actos y errores pasados ha venido, en esta época miserable, a convertirse en una suerte de mantra que todo lo explica y todo lo purga. Pese a las dosis de fatalismo que ello conlleva cabe reconocer que, en efecto, algo así sucede, pero al reconocerlo tampoco debemos negarnos la posibilidad de redención, de estímulo para la acción, si tenemos en cuenta que nuestros aciertos pueden convertirse en la llave de la puerta por la que se colará el mañana, un tipo de mañana y no otro. Y un mañana más próximo o más remoto, según. Un tiempo nuevo es nuestra responsabilidad actual. Pero hay que estar pendientes de los avisos, porque, para nuestra fortuna, hay quienes están especialmente dotados para percibir antes que los demás las señales de alarma e incluso para facilitarnos esas claves, esas llaves. Y les escuchamos poco y mal.

Un caso paradigmático llena estas semanas páginas y bites. Detroit, estado de Michigan, USA. La antaño ostentosa metrópoli de la industria automovilística norteamericana se ha convertido en un mugriento y colosal despoblado agonizante en su abandono fantasmal y en una deuda pública que encamina la ciudad a una suspensión de pagos histórica y una intervención inminente de sus cuentas. ¿Quién lo diría? Pues muchos lo dijeron, ya que este camino ahora sin salida se emprendió hace más de medio siglo y nadie, en apariencia, ha sido capaz de detener la marcha. Mucho antes de que los coyotes merodearan por los edificios vacíos del downtown hubo voces que sugirieron que algo así podría ocurrir. Siempre hay voces. Pero seguramente no se hizo caso a quienes avisaron a tiempo, hace sesenta, cincuenta, cuarenta años. Como es habitual, con toda suerte de aguafiestas, casandras y laocoontes, o se les ignora o las serpientes se echan sobre ellos. Hasta que se abre el caballo de madera y ya es tarde.

Entre todos ellos, ha habido alguien que, al menos, ha merecido vindicación décadas después. Sixto Rodríguez, o Rodríguez a secas. Descendiente de mejicanos, nacido en 1942 en Detroit, a orillas del río y de la miseria de sus barrios marginados, fue autor de dos únicos y maravillosos álbumes a principios de los 70, Cold Fact y Coming from Reality. En ellos cantaba, contaba y de cierta forma predecía, también, la historia de su ciudad en el siguiente medio siglo.  No tuvo éxito, claro (Eminem, que también se crió en Detroit, atestigua este fracaso). Sin embargo, aunque en su país no lo obtuviera, un prodigioso y aleatorio recorrido llevó su música al otro extremo del mundo (geográfico y mental): a la Sudáfrica del apartheid.

Rodríguez no supo de tal circunstancia hasta un cuarto de siglo después, en 1998, cuando fue “redescubierto”, rescatado de una supuesta muerte legendaria e irreal, que le había mantenido todo ese tiempo dedicado a trabajar en un andamio para el sustento de su familia y a defender con su esforzado trabajo diario las mismas causas que refería en las letras de sus canciones. Porque esas canciones, auténticos poemas urbanos a la manera de Ginsberg o el mejor Dylan, alentadas con una voz de sonoridad y dicción traslúcida, con una guitarra a veces etérea y a veces mineral, son tan angustiosamente hermosas como las primeras ráfagas del viento que anuncian una terrible tormenta.

En su tierra, Rodríguez no fue nada para casi nadie. En Sudáfrica se convirtió en la voz y el poeta de una generación que luchaba por derogar un mundo lóbrego, opresivo y fanático para convertirlo en un país decente. Es una hermosa historia sobre cómo el arte se abre camino de la forma más insospechada cuando se le necesita. Incluso a pesar de la forma clandestina y fortuita de su difusión, de la ignorancia sobre su autor, de un entorno tan distinto, de las claves que lo hacían local y, pese a todo, lo convierten en universal.

El documental que cuenta todo esto y mucho más se titula Searching for a Sugar Man (Malik Bendjelloul, Suecia y UK, 2012) y ha sido premiado entre otros con el Óscar, el BAFTA y el premio de los guionistas WGA. Y fue por algo. Aparte de otras muchas cosas, mucho más importantes, que se relacionan con la forma injusta en que la fama trata a quien la merece y a quien no, con la manera en que una persona íntegra asume su destino y lo hace honrada y dignamente, con los azares y las reparaciones, también entre sus líneas, en las líneas de las letras de Rodríguez, estaba escrita la historia de Detroit, que, como la historia de muchos otros lugares, es una historia que estos días salta a los periódicos por causa de lo de siempre, una deuda de millones de dólares. O de euros. Nadie se acordaba entonces, hace tantos años ya, de los marginados, de la pobreza, de los barrios, la droga, el abandono y la miseria. Porque no cotizaba ni se escribía su historia con los números rojos de las deudas que tienen acreedores importantes. Nadie excepto, tal vez, Rodríguez. Y ahora, ese pasado ha alcanzado a todos.

Es una lección que debe aprenderse, porque, de alguna manera es la misma historia que todos los días vemos surgir aquí y allá, en un alrededor cada vez más cercano, cada vez más inminente. Ese, y no otro, es el poder de la poesía, del arte: presentir, de cierta manera, el futuro. Cambiarlo está en manos de quienes escuchamos esos versos o nos negamos majaderamente a hacerlo.

  1. He visto varios trozos de ese documental, muy curioso el éxito que tuvo en Sudáfrica este hispano.

  2. Agapito Delgado Pedroso

    Para el que le gusta la música y las canciones del tipo Bob Dylan, muy recomendable; para los que gustan de cine documental muy bien trabajado y presentado, también peliculón. Y tan interesante o más resulta ver el making off (“así se hizo”) que puede verse en la versión que viene como extras en la versión del disco dvd. Está disponible en el video club Casablanca, el local que hay en Eras. Ciertamente, comprobar que el Detroit que “pronosticó” Sixto Rodríduez hace unos cuarenta años es el Detroit actual resulta sobrecogedor. Es lo que tienen los talentos verdaderos.

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