Envío 9 (Maziste, el melonero, la hormiga y la cigarra…)

© Ilustración de Julia D. Velázquez.
© Ilustración de Julia D. Velázquez.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Se nos acercó el vendedor ambulante, vendía calcetines de lana, en pleno verano, nosotros estábamos sentados en una terraza. Camelador, nos expuso la mejor razón para que compráramos: sus calcetines eran buenos contra la gripe.

Yo todavía tengo amaneceres de saxofonista ferroviario, sobre todo en las estaciones término (ahora la de León lo parece). En la estación de Coruña los topes de las vías están pintados con colores marineros, muy frescos, sin rastros de hollín, blanco, rojo, verde. Los topes son como barcas.
Cuando amaneció el primer reflejo de la luz en los raíles, casi un haiku:
luz en los raíles: caminos de hierro

En el álbum se destacan por sí mismas ciertas figuras míticas. El esclavo lustroso que golpeaba el gong al principio y al final de ciertas películas. Y Maziste, el forzudo máximo de la infancia. De cuando en cuando el adulto se cruza con ellos por la ciudad

La velocidad y el ajuste de un código sólo puede probarse en el escenario mismo donde se ejerce: la entonación, el sentido espacial, ese no mirar a quien uno se dirige (ojos que han partido el mundo con un horizonte que de ningún modo van a sobrepasar mientras dure el desafío de las frases, del código). Eso es lo que cuenta; no las palabras, sino los sobreentendidos, gestos y sobreentendidos. El escenario mismo.

Salí a la calle una mañana de fiesta y vi colgada de una ventana una sábana inmensa. Tendida en la fachada de aquella casa pobre las dimensiones de la sábana eran incongruentes: no era posible imaginar en su interior una cama capaz de contenerla. Significaba una señal puramente festiva, un lienzo que mostraba al sol toda la interioridad de la casa. Pero la imagen me alarmó, por su extrañeza.

El melonero, en su puesto, charla con un compadre: “Yo siempre estoy en el puesto que tengo allí”, y se reía muy alto, como si estuviera silbando aquella canción de los fascistas. Así sobreviven las viejas frases, restos de “cuando el glorioso”, como solía decir mi abuela.
El azar se desmadeja y es obsesivo. La misma mañana, sigo la charla de dos mujeres que viene juntas de la compra y una le decía a la otra: “Era muy malo, muy falangista”.

Han vuelto en su estación los lobos de mar, los trabajadores del tiovivo, las tómbolas, los carruseles. Los más extraños y duros son los que se atarean en la pista de los coches de choque: sucios de grasa densa, dan saltos entre las varas que despiden chispas, musculosos y tatuados, indescifrables cuando extienden la mano pesada para cobrar el viaje.

Se cumplió la amenaza: los que no guardaron para el invierno, los que echaron el verano en cantar y bailar, nada tienen ahora, están a la intemperie.
Pero, ¿y la hormiga afanosa y emprendedora? ¿La hormiguita que ahorró, que no fue al baile, que no dejó nunca de atropar sus granos?
Pues bien, su destino es el mismo, sin nada también se ha quedado. Ambas, hormiga y cigarra, hermanadas en el mismo expolio (y la cigarra sigue cantando, para darse algún consuelo, a ella y a su vecina). / (Cuaderno de la crisis: Fábula de la hormiga y la cigarra)

Hombrecillos y mujercillas al volante, nos miran a los peatones como si nos perdonaran la vida (nos la perdonan, claro). Pobre, no tiene ruedas, piensan. En el interior de grandes coches, casi no alcanzan al volante.

La verdad es que yo nunca me hubiera creído un observador. Me gusta dejarme penetrar por el viento y la lluvia; el azar, ésa es toda mi experiencia. Que el mundo se me ofrezca no es culpa mía”. / (Louis Aragon, El  campesino de París)

Anda por ahí el afilador, le oigo, escucho su llamada, difunde una tristeza andina; o es un rayito de sol en el claro del bosque de los nómadas.

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