Jesús González de la Torre, “Por un no sé qué”

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Por MARIFÉ SANTIAGO BOLAÑOS

Escribe María Zambrano en “Cielos pintados”, dedicado al pintor Jesús González de la Torre:

Hay en Roma un monumento extraño en la plaza del mercado más populoso. Se trata de una puerta, llamada la Puerta Hermética, que es lo que ha quedado del palacio de unos cardenales del Renacimiento. Tiene siete lemas, que corresponden a los siete planetas. Uno de ellos es: “Si logras convertir la Tierra en Cielo y el Cielo en la Tierra Preciosa, serás llamado sabio”. Se me ocurrió que, sin conocer este lema, el pintor Jesús G. de la Torre, eso es lo que buscaba. Pero lo buscaba solamente con la mirada, sin materia alguna. Mirar, buscar el lugar desde donde, al mismo tiempo, se entrecrucen la mirada que la Tierra necesita y la mirada que la Tierra recibe. Una aventura ganada o perdida solamente en la luz”. [1]

Hay otra puerta capaz de conectar los tiempos. Está en la Ronda mística a la que Rilke llegara llamado por un sueño. Esa puerta es una calle, y la calle lleva el nombre “Pintor Jesús G. de la Torre”.

Hay otra puerta que conduce al centro de un misterio. El misterio está sostenido por cuatro columnas y una quinta con apariencia de árbol. Esa puerta está en Segovia y lleva hasta el patio-templo de la casa de Jesús G. de la Torre.

Hay otras puertas que han de buscarse entre los libros de Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Hildegarda de Bingen, Meister Eckhart, Juliana de Norwich, Böhme, Moisés de León, Ibn Arabí, Ángela de Foligno, Rumi, Giordano Bruno, Edith Stein, Simone Weil, María Zambrano, Rilke, Valente, Ernesto Cardenal, Dante, Gelman, Miguel de Molinos o… Son puertas que atraviesan la materia cotidiana y la trascienden, por lo que permiten habitar el espacio intermedio donde se siente el flujo de la vida, el palpitar de lo que llegarán a ser cosas y sentimientos. Puertas-puente del cielo a la tierra y de la tierra al cielo.

Hay otra puerta aun: lleva al corazón de Jesús G. de la Torre. La puerta, en realidad, también puede considerarse un camino hacia el territorio de la amistad. Senda generosa y cómplice, se recorre en silencio, si así se desea. El tiempo no la desgasta. Impertérrita y acogedora, la puerta contiene la grandeza de lo imprescindible y su misma discreción.

Esta vez Jesús G. de la Torre —el pintor madrileño de Segovia y Ronda, es decir, del mundo— ha abierto de par en par todas esas puertas para que, con la concentración que la Belleza requiere, entremos en la espesura todavía más adentro. Y en lo que balbuciendo quede como resto, ha ido preparando una ofrenda pictórica para que sea la luz la que “gane la aventura”. En La Alhóndiga de Segovia, José Mª Parreño —con elegancia y acierto— se ha ocupado de que todos los elementos del rito estén dispuestos, y ha creado como comisario de esta exposición, un espacio-guía para meditar y sentir en la plenitud de lo exquisito algo que, como él mismo dice en el catálogo de esta “Por un no sé qué”, no es frecuente en nuestros tiempos, y ahí es donde radica su importancia: ¿cómo representar lo sagrado?

De la Torre escucha la voz que llega de los grandes místicos universales que han intentado escribir su experiencia, tratando de cercarla en un poema, en la descripción de una imagen o en ensayos que piden a la razón una metodología comparativa en la que sea posible una aproximación a lo inefable. Ardua tarea que muestra la experiencia de la nada como única opción elevada para adentrarse en lo que la puerta hacia tal experiencia advierte.

Y escucha, además, con toda la atención de quien ha hecho de la Belleza un destino, a los poetas que han propiciado un allegarse a lo indecible, al manantial desde el que brotan las palabras de la experiencia poética.

De esa aventura —por seguir aludiendo al texto que María Zambrano le dedicó al pintor— trae Jesús G. de la Torre templos y constelaciones, rayos y tinieblas luminosas, estelas, ruinas o las puertas del desierto. Trae dunas y trae nombres de la mística femenina, recogiendo sus frutos-símbolo y sus intuiciones.

En La Alhóndiga segoviana, a ambos lados de su entrada, hay puertas de acceso a la mandorla donde respira la pregunta de cómo representar lo sagrado. Y en nuestra memoria, quedan delicadezas atemporales como la que, por ejemplo, De la Torre le dedica a Ana de Jesús: hay que buscarla como la amada al esposo en los cánticos místicos. Solo así, en la búsqueda, se reconocerá cuando llegue el encuentro. Pues, como señala Angelus Silesius: “Amigo: ya está. Si quieres leer más ve y conviértete (tú mismo) en escritura”.

En El Espinar, otoño de 2013


[1] ZAMBRANO, María: “Cielos pintados”, en Algunos lugares de la pintura, Edición, introducción y notas de Pedro Chacón, Madrid, Eutelequia, 2012, ps. 169-170.

Visitas a la exposición:

  • Sala de exposiciones de La Alhóndiga, Segovia.
  • Hasta el 7 de noviembre. Entrada libre.
  • Horario: de martes a viernes, de 17:30 a 20:30 horas, sábados y festivos de 12:00 a 14:00 horas y de 17:30 a 20:30 horas, y domingos de 12:00 a 14:00 horas. Los lunes cierra.

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