Pobreza y exclusión social

El banquete del rico Epulón y muerte del pobre Lázaro frente a la puerta de la casa del rico. / Moissac (Tarn-et-Garonne, Francia). Abadía de Saint-Pierre.
El banquete del rico Epulón y muerte del pobre Lázaro frente a la puerta de la casa del rico. / Moissac (Tarn-et-Garonne, Francia). Abadía de Saint-Pierre.

Por JUAN GONZÁLEZ VIZMANOS

En  el panorama nacional están apareciendo una serie de iniciativas tanto de los poderes públicos como de sindicatos y particulares, en orden a atender y a paliar las necesidades de familias que se encuentran en situación de exclusión social.

Algunos ejemplos: Ley de renta garantizada en diversas comunidades autónomas, bancos de alimentos, fondo de solidaridad  de  ayuda a la pobreza impulsada por empresarios y asociaciones,  y un largo etcétera.

Colectivos de buena voluntad como Cruz Roja, Cáritas, sindicatos, asociaciones de vecinos, Conferencias de San Vicente de Paúl, etc. han entendido que muchas familias viven en una situación excepcional, que la distancia entre los que tienen muy poco y los que tienen mucho se ha ido incrementando.

Parece como si la pobreza fuera un hecho inevitable, connatural a nuestra sociedad. La exclusión social es una realidad que parece tan natural como la existencia de la vía láctea, en el mejor de los casos no tiene una calificación ética, es tan neutral, tan necesaria como un teorema matemático.

Sin embargo, aquí falta un dato muy importante: el incremento de la extrema pobreza, la vulnerabilidad de familias que no tengan cubiertas unas mínimas necesidades básicas es la manifestación de una injusticia radical.

Una generación de jóvenes va a ser despojada de la esperanza de trabajar dignamente, se verán excluidos del bienestar que proporciona una sociedad avanzada y equitativa.

¿Cómo puede coexistir una sociedad que tiene manifestaciones de opulencia con  colectivos en grave depresión social?

No es solo ni principalmente un problema de sentimientos o de sensibilidad, es un problema mucho más grave. Es un problema político. Se ha aceptado que sea el capital financiero el que dicte las normas de convivencia, la  cultura,  la investigación, las modas… El capital financiero ha decidido que no se puede pagar el bienestar para mucha gente, por tanto la pobreza tendrá que habitar entre nosotros, es necesaria para que la sociedad prospere. Es  un daño colateral inherente al progreso.

El gran negocio del capital financiero está en invertir en política. Cuidar el medio ambiente es más caro que convencer a los políticos para que no hagan leyes que lo protejan. Pagar campañas electorales determinadas es una inversión que produce grandes retornos. Copar los medios de comunicación es una estrategia rentable.

Somos testigos involuntarios de la transición suave hacia la dictadura del capital. Esa dictadura tiene que instalarse en todo el mundo, para que sea efectiva. Un instrumento muy eficaz es la privatización, esto permite rebajar salarios, enviar al paro a muchos trabajadores (millones), crear negocios muy lucrativos y naturalmente competitivos…

El capital financiero ya está saboreando las mieles de la victoria.  Saben que el poder ya no proviene del pueblo sino de los bancos centrales, de las grandes corporaciones económicas, de los fondos que prestan dinero a cambio de vasallaje.

Esta situación  de injusticia social, en España tiene historia: una política económica disparatada basada en la codicia durante bastantes años (mercado inmobiliario y financiero) y además está condimentada con la percepción de una corrupción generalizada y una opacidad de las administraciones  públicas.

La respuesta no es la revolución violenta como equivocadamente se ha intentado en muchas ocasiones. Los vencedores se convierten en tiranos que hacen una limpieza criminal. Es necesario resistir, manifestar, protestar. Hay que hacer política. La política que vemos todos los días es una versión actualizada del caciquismo, de la reverencia por  el dinero. Estamos mal acostumbrados. Política no es perderse en disputas partidarias. Es buscar consenso. Habrá que hacer política en la calle, en los centros de trabajo, allí donde está amenazado el valor universal (educación, sanidad, bienestar). Es necesario apoyar las iniciativas que intentan que se haga justicia. Hay que  usar los grandes recursos  que tiene el ser humano: la palabra y la solidaridad.

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*Juan González Vizmanos, en representación del Grupo “Poniendo cara a la crisis”.

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