El pompero, La Ventana y Tintín

Fernado García Crespo.

Fernado García Crespo.

A Fernado García Crespo, del grupo ‘Hoja de Roble’, no le hacen falta presentaciones. En 1995 empezó a contarnos sus cuentos con sombras. Las últimas veces que lo hemos visto en Astorga (León) estaba envuelto en pompas… más grandes, menos grandes o más pequeñas, pero siempre con su kit pompero: caldero con jabón especial, dos palos de caña y una cuerda. Fernando presenta este sábado 11 de enero a las 19 horas en La Ergástula su última aventura, el libro de relatos ‘Ingenios y disparates’. / Con ilustraciones de Laura G. Bécares.

Por MARÍA ANTONIA REINARES
Desde astorgaredaccion.com

El proceso de creación de ‘Ingenios y disparates’ podría formar parte del libro, no es que sea un disparate pero si les desvelo que se fraguó en la Agencia Tributaria en los momentos de relax de un funcionario llamado Fernando García Crespo, a lo mejor me van entendiendo lo que quiero decir. Imaginemos al autor en su oficina de la delegación de Hacienda de Astorga revisando nuestras declaraciones de la renta en busca de algún detalle…, digamos, poco claro a la luz del ojo administrativo que todo lo ve, y de repente en un descanso entre los tantos por ciento se conecta a La Ventana (la intranet que comunica internamente a través de internet a todos los empleados de la Agencia Tributaria de España). Una vez ‘asomado’ y viendo lo que sus compañeros han ido colgando (una receta de cocina, un consejo de salud, el último viaje…), el pompero deja caer un relato titulado, por ejemplo, ‘Disguise smoke (Disfrazando el humo)’ y espera la reacción. ¿Y quién es el primero que reacciona? El moderador de La Ventana, Luis de Luis Otero, que no tenemos ni idea desde dónde se conecta (ni siquiera sabemos cómo es porque Fernando no lo conoce personalmente), se convierte en el principal valedor de ‘Ingenios y disparates’, es más, es quien lo prologa.

© Ilustración de Laura G. Bécares.

© Ilustración de Laura G. Bécares.

Todo esto no lo contamos para ‘humanizar’ la Agencia Tributaria (no es santo de nuestra devoción, para qué vamos a engañarnos), sino para subrayar que el libro con 18 relatos, narrados por un pompero que comenzó a escribir en las clases del instituto porque se aburría soberanamente, refleja el mundo interior del cerebro de Fernando: le desborda la mente creativa. “Me he inspirado en situaciones cotidianas en las que todo va disparatándose. En ir a la oficina una mañana y darte cuenta que vas vestido como si fueras a la playa, cargado con los utensilios de la playa, y aún así mantienes todo tu ímpetu y gestionas todo tu jornada como un día de playa en la oficina. Es algo como muy ‘normal'”, asegura el escritor.

Claro, todo muy ‘normal’, como que a Fernando no le quedara más remedio que escribir el libro porque un día del mes de septiembre de 2012 un montón de artistas, entre ellos él mismo, se reunieron para actuar con el fin de que lo recaudado sirviera para hacer cumplir un sueño a alguien y el elegido (sin saberlo) fue él. “Cuando me concedieron el sueño para mí fue un ‘marrón’, yo no tenía ningún interés en publicar nada. Hace años con Nacho Martín Novo, Xavi y Yolanda, grabamos unos cuentos infantiles míos, Nacho compuso la música, Xavi puso la voz y Yolanda los ilustró. Me pareció un trabajo tan bonito que mandé cartas con discos para que pudieran ver el trabajo a todas las editoriales de España y sólo me contestó Calandraca, con la carta tipo de no me interesa. Desde entonces perdí la ilusión de publicar nada, sabía que era algo tan sencillo como poner dinero, pero yo no quería tener libros en casa sino que llegaran a alguien. Y Manu (Manuel Ferrero) cuando hizo todo eso, como conocía ese trabajo, yo creo que iba con la idea de que publicara cuentos infantiles, pero era como retomar un trabajo pasado que no me apetecía y yo no tenía más cuentos infantiles de esa calidad”, explica.

© Ilustración de Laura G. Bécares.

© Ilustración de Laura G. Bécares.

Entonces, sin saber muy bien qué publicaría, aparece el capitán Haddok, el personaje que siempre acaba salvando a Tintín. Al capitán lo conocemos de sobra en Astorga, vende gafas y sus nacimientos en el escaparate son un clásico cada Navidad. “Un día comentándole a Fausto ‘y ahora qué hago yo, menudo lío en el que me han metido’, le leí un par de relatos de los que yo publicaba en la intranet de la oficina, se echó a reír y me dijo que si tenía más de estos sería lo suyo. Me dediqué a escribir más y hasta que el editor dijo ‘ya está bien’. Tenía 10 o 12, escribí seis más”.

En ‘Ingenios y disparates’ una de las partes más importantes son las ilustraciones de Laura G. Bécares, la artista que creó el cartel de ‘Artistas por un sueño’, “me parecía un mandala. Es ella la que tenía que hacerlos. Le dije que si se inspiraba en mí en alguno de los personajes me pintara el pelo naranja”…, como Tintín.

Deberíamos dedicar un espacio a la aventura de Tintín en el Tíbet, porque volvería a aparecer el moderador de La Ventana de la Agencia Tributaria y la caja de cerillas con la viñeta del héroe del cómic de pelo naranja, encontrada en la habitación del hotel de Nepal donde Fernando y el capitán Hadok descansaban. Tampoco deberíamos pasar por alto las relaciones entre el escritor y el ‘I Ching’, el libro milenario chino, ni entre el pompero y el ‘Elogio de la locura’ (o la necedad) de Erasmo de Rotterdam, pero esto se convertiría en el cuento de nunca acabar, donde no sabríamos qué es lo real y qué lo soñado por Fernando.

Así que colorín colorado este cuento se ha acabado.

Portada del libro.

Portada del libro.

: : Un relato de Fernando García Crespo

Postal de verano

 Esta mañana, de camino a la oficina, me he dado cuenta de que he salido de casa totalmente equipado para ir a la playa: bermudas, chanclas, sombrero de paja, sombrilla y bolsa con toalla, cremas, fiambrera y demás clásicos del verano.

De repente, mientras subía la cuesta, he recordado que en Astorga no hay playa.

Vaya.

No me cabía el estupor en el cuerpo, he querido tener un impulso súbito de regresar a casa y vestirme “de formal”, pero no. No ha sido posible. Era como si mi ser estuviera plenamente decidido a continuar. Me angustiaba un poquito no saber el objeto, el objetivo de tan firme decisión.

Al entrar en la oficina y fichar intenté ocultar mi poca vergüenza pero nadie pareció fijarse en mí. Me he sentido tan aliviado de no llamar innecesariamente la atención que he sacado la toalla y me he tumbado sobre ella, bajo la luz indiferente de los fluorescentes. La oficina no es como la playa, pero todo es cuestión de adaptarse.

A mediodía apareció el primer contribuyente pero, lejos de molestarme, se ha puesto a jugar conmigo entre los papeles. Cansados de bucear entre agitadas olas de expedientes pendientes nos hemos despedido emocionados como dos nuevos amigos en el fin del verano.

Melancólico, regresé a la toalla. Los ruidos de las impresoras invitaban al sopor, como cuando de niño quedas, los días de lluvia, ensimismado y traspuesto en el centrifugar de la lavadora.

Entonces apareció ella. Enfadada con el mundo, molesta con las cartas tan feas y antiestéticas que osábamos enviarle y harta de sentirse víctima de la burocrática administración.

No me agradó que pintase de realidad mi mañana de playa, pero no me disgusté. Le invité a compartir el rizo americano de mi toalla, a jugar en el entintado mar de papel, pero ella seguía enojada.

Sin saber qué hacer, comencé a darme crema con la misma naturalidad que si lo hiciese todos los días a la misma hora.

Entonces sonrió.

Entre risas algo tímidas y divertidas me confesó que no había traído traje de baño, ni siquiera biquini.

Yo también sonreí. No me costó ningún trabajo informarle que allí el nudismo estaba bien visto. A mí la desnudez no me parece fea, a no ser que lo sea.

 Al final de la mañana nos hemos despedido, no me ha dejado pintar su cuerpo con crema; entre sonrisas ha prometido escribirme una postal.

 

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