La Curva cierra sus puertas tras 30 años de activismo cultural

Ángel García, responsable del bar La Curva, en Valladolid. © Foto: L. Fraile.

Ángel García, responsable del bar La Curva, en Valladolid. © Foto: L. Fraile.

Motivos derivados de la insostenibilidad económica han llevado a Ángel García, su responsable, a tomar la decisión de cerrar este emblemático bar vallisoletano, auténtico refugio cultural, el próximo 31 de mayo.

Por LAURA FRAILE
últimoCero.com

“A lo largo de veintinueve años jamás he sentido el impacto de la crisis como ahora. En los últimos seis meses, según empezaba a tener problemas para pagar las facturas, he estado barajando algunas posibilidades, pero he tenido que tomar la decisión de cerrarlo”. Con estas palabras resume Ángel García la que probablemente haya sido una de las decisiones más difíciles de su vida: cerrar ese refugio cultural al que un día decidió llamar con el nombre de La Curva que, a lo largo de tres décadas, ha conseguido establecerse como un lugar imprescindible para tantas personas de Valladolid.

Ahora resulta sorprendente saber que, cuando montó el bar, un 28 de septiembre de 1985, no tenía intención de mantenerlo abierto durante mucho tiempo. “Me planteé estar con ello unos pocos años, menos de cinco”, reconoce Ángel, que por aquel entonces acababa de terminar sus estudios de Historia en la Universidad. La Curva se convirtió para él en una “apuesta vital” desde la que dar salida a sus inquietudes culturales. “Quería apostar por otro tipo de espacios de encuentro. En ese momento no existían los teléfonos móviles, así que era en este tipo de lugares donde surgían las cosas: los encuentros con amigos y conocidos, las citas…”.

Valladolid vivía en esos años una efervescencia cultural y asociativa de la que no fue ajeno este bar situado en la calle José María Lacort. “Justo enfrente estaban situados los locales de la JOCE, que por aquel entonces eran increíblemente dinámicos y acogían organizaciones de distinto tipo: desde las que trabajaban por la solidaridad con Latinoamérica a las que lo hacían por el pacifismo o el ecologismo. También había proyectos de radios libres”, recuerda Ángel. Muchos de los activistas de estas organizaciones continuaban sus encuentros en La Curva, un bar que se encontraba a unos pocos metros de otros puntos de reunión como el Minotauro o La Luna (años después, se incorporaría a esta lista el bar Lisboa, que permanece cerrado desde hace varios años).

Probablemente pocas personas sabrán que antes de que este bar abriera sus puertas fue una capilla de la Iglesia Evangélica, un almacén de zapatos y una cochera. Después, cuando se convirtió en el bar que hoy conocemos, cambió los bancos y las plegarias por unas pocas mesas de mármol, añadió una barra que es la misma donde hoy descansan no menos de una veintena de botellas de diferentes marcas de cerveza e introdujo un largo banco negro, donde tantas confidencias se han susurrado a lo largo de estos treinta años.

Uno de los elementos más característicos de este bar, que debe su nombre a unos versos de Jesús Lizano recogidos en su poema `Las personas curvas´, es su ambiente. “Desde el principio tuve muy claro que quería un sitio donde la gente pudiera hablar, lo que comportó que desde ese momento decidiera prescindir de la televisión”, aclara Ángel. El mejor sustitutivo para la pantalla ha sido desde entonces una cuidada selección musical en la que, según reconoce, nunca han faltado Tom Waits o Nick Cave. En cualquier caso, advierte, sería difícil definir una banda sonora de La Curva. “Podría decirte grupos completamente distintos que pasan de la Nueva Trova Cubana y Mercedes Sosa a Siniestro Total. Durante mucho tiempo he empezado la tarde escuchando música clásica”, aclara Ángel, que salvo estos dos últimos años (en los que ha entrado Memé) ha sido el único responsable detrás de la barra.

Más allá de la música, si por algo se conoce a La Curva es por ser uno de esos refugios culturales donde fácilmente puedes encontrarte con un recital de poesía, una exposición o un proyecto que, entreoído en una conversación, parece que va tomando forma.Tal y como explica Ángel, esto fue así desde el principio. “Entre 1987 y 1991 un grupo de personas estuvimos editando un fanzine llamado `Las 4 estaciones del jugador de chinos´. Nuestro propósito era que la gente leyera poesía. En total hicimos una docena de números que llegamos a distribuir por bares de Valladolid, Burgos, Palencia y León, aunque también lo presentamos por Andalucía. Esta publicación formaba parte de la Federal de Editores Independientes, que por aquel entonces incluía otros proyectos como Veneno, Los Infolios, Ediciones El Faro o Ediciones Portuguesas“, continúa Ángel. Poco a poco La Curva se fue convirtiendo en un lugar al que llegaban personas que hacían otro tipo de fanzines como `Cajón de sastre´ o `La patera´, en donde se podía participar en tertulias sobre cine y literatura o al que se podía acudir para adquirir la maqueta de ese grupo de música que estaba empezando o ese fanzine fotocopiado y con una tirada reducida que pronto pasaba a los bolsillos y bolsos de la clientela habitual.

Más adelante La Curva empezó a ser el punto de encuentro de grupos literarios como el Colmo Colectivo, que precisamente nombró a una de sus plaquettes con el título de `La Chica de la Curva´, Arañados Signos, que tantas veces ha aportado sus obras para vestir las paredes forradas con corcho de este bar, o el Elefante Rosa, que ha presentado buena parte de los números de su fanzine en este local. También han utilizado este espacio otros colectivos y asociaciones como Ramalazo o la Asamblea Ciclista. Nunca ha habido una sola pega, ninguna cadena de trámites. “Llegaba la gente, le gustaba el sitio y hacía una propuesta”, resume Ángel. Así de fácil. En esta lista tampoco pueden faltar todos esos poetas que acostumbran a compartir sus versos en cada Susurros a pleno pulmón, una cita imprescindible para la que ahora deberán buscar un nuevo espacio. Muchos de estos colectivos también han respondido cuando se les ha necesitado (por ejemplo, cuando el pasado 27 de abril se organizó un vermut solidario para financiar una multa interpuesta al bar porque vieron a una persona fumando en el patio).

Resumir todos los afectos y vínculos o toda la vida cultural que ha acogido este bar durante estos casi treinta años no es una tarea fácil. Tampoco resulta sencillo despedirse de sitios así. En la memoria quedará ese piano que siempre ha permanecido en silencio y que Ángel recibió de una vecina a la que no le quedó más remedio que deshacerse de él, un instrumento que al llegar a La Curva cobró nuevas funciones, como la de sostener todos los libros de poemas que formaban parte de los recitales realizados junto a la ventana. Imborrable será también la imagen de esa barra curvada en la que siempre te encontrabas con una tímida sonrisa y una paciencia infinita a la espera de abrir una de sus múltiples marcas de cerveza o de empezar a preparar un té guardado en pequeños frascos de cristal con etiquetas que invitaban a dejarse cautivar por la hierba luisa, el anís verde o el tomillo.

En el recuerdo quedarán también ese rincón junto a la ventana, epicentro de las noches poéticas, ese patio de paredes anaranjadas donde tomar el fresco en los días de calor, o ese otro rinconcito junto a la máquina de pistachos, gominolas y papel de fumar, donde descansan ejemplares de fanzines como `Palomaria´, `Art for Arts Shake´, `Ramalazo´ o `¡El Azote!´ junto a la prensa del día o revistas como El Jueves, la Rockdelux, El Cultural o la Mondo Sonoro. Inevitable será recordar esa estantería de libros situada junto al perchero con base de tortuga, esa caja registradora con un imán del Telepizza (sólo para los momentos de emergencia) o esa puerta siempre semi-abierta que conducía a un pequeño almacén donde se apilaban cajas, bolsas de patatas o donde se escondía el equipo de música.

Desde que Ángel ha empezado a comunicar su intención de cerrar el bar, se han multiplicado las muestras de cariño y agradecimiento. “La respuesta de la gente allegada está siendo conmovedora. La mayor parte se abruma porque lo siente como una pérdida de un espacio propio. A nivel personal todos tratan de animarme y de desearme que sea para bien”, comenta. Muchas personas se están acercando estos días por el bar para agradecerle la infatigable labor de todos estos años, agradecimiento que se extiende a las redes sociales a través de múltiples mensajes y poemas.

Antes de que llegue el 31 de mayo, que será la fecha de su cierre definitivo y en la que el local pasará de nuevo a sus dueños (que tienen intención de venderlo), está prevista la celebración de una fiesta de despedida. Después Ángel y Memé harán un viaje a Canadá para renovar fuerzas y para dar forma a nuevos proyectos que por el momento están a la espera de encontrar el lugar idóneo. “Me gustaría montar un espacio abierto a varios usos, que sea participado y que dé cabida a diferentes manifestaciones culturales”, concluye Ángel con una de sus características sonrisas. Sin embargo, esta vez es algo más triste, ya que es una sonrisa que anuncia una despedida, el fin de una etapa. Demasiados recuerdos reunidos en apenas 70 m²…

  1. DOLOR Y UN POQUITO DE RABIA. HISTORIAS PARALELAS Y COMPARTIDAS. SALUD Y ABRAZOS, Y FUERZA PARA SEGUIR.

  2. Pingback: Poesía en la librería “A pie de página” y para despedir al bar La Curva | Tam-Tam Press

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