TAC / Memoria de la calle, un teatro de fantasmas

El TAC inundará las calles vallisoletanas del 21 al 25 de mayo.

El TAC inundará las calles vallisoletanas del 21 al 25 de mayo.

El profesor de Historia Medieval de la UVA reflexiona sobre el teatro de calle a propósito del Festival Internacional de Teatro y Artes de Calle de Valladolid (TAC) que arrancará la próxima semana en la capital castellana.

Por ENRIQUE GAVILÁN

Si la música es el arte del tiempo, el teatro es el arte del espacio, una idea presente ya en su misma etimología. Théatron significaba en griego “lugar para mirar”, pero no como el ejercicio cotidiano habitual, sino con una atención absoluta, la que merece lo excepcional, la que reclama la contemplación de lo numinoso, aquello que por un instante nos sitúa más allá de las limitaciones del presente.

De ahí que cuando la magia del escenario se traslada a la calle se produzca una transformación mucho más profunda de lo que se suele creer. El cambio no consiste sólo en el emplazamiento de una plataforma y unas gradas, para repetir lo que podría hacerse de forma muy parecida en la sala. El nuevo ámbito está lejos de ser un espacio neutro, o fácil de manejar. La calle no es simplemente el espacio que delimitan los edificios que la forman, sino un suceder. Es un organismo dinámico, en continua transformación, ordenado por reglas múltiples, que constituye en sí mismo un escenario, o más bien, un conjunto de escenarios articulados.

El teatro de calle representa así el entrecruzamiento de diversos espectáculos, en una combinación de gran complejidad. Es posible utilizarla de formas muy diferentes, que he explorado en otros escritos. Aquí quiero limitarme a un aspecto de esa interrelación: los modos en que el teatro aprovecha la “memoria” de un lugar. La cuestión tiene una importancia muy notable por dos razones: el peso que Occidente ha otorgado a la historia, y la intensidad con la que entre nosotros se vincula un acontecimiento al lugar donde ocurrió. Cabe distinguir tres estrategias dramatúrgicas opuestas: monumental, crítica e imaginaria.

La primera, la forma artísticamente más pobre, es, desgraciadamente la más frecuente. Se trata de las recreaciones históricas que hoy en día tienden a proliferar de manera creciente. Consiste en escenificar, con mejor o peor fortuna, el episodio histórico de que se trate, en el lugar exacto donde ocurrió, de acuerdo con una estética que recurre al ilusionismo y al humor. Su éxito se debe a la capacidad para combinar la “animación cultural”, la celebración de los héroes del pasado y la exaltación de los valores del presente.

Más interesante resulta la estrategia “crítica”, el recurso, no tanto al lado mimético del drama, al estilo de las recreaciones históricas, como a su poder reflexivo. Aplica la ironía teatral a la exploración de nuestra relación con el pasado, su carácter construido, el modo en que el presente tiende a deformarlo a su medida. Uno de los ejemplos más interesantes pudo verse en Valladolid durante la séptima edición del TAC, “Playrecord”, una investigación sobre la “memoria” asociada a la vieja estación de Ariza. En el trabajo de la compañía francesa KomplexKapharnaüM, el tono dulzón de las recreaciones monumentales, era sustituido por una ironía que resultó demasiado ácida para un público que esperaba algo muy distinto.

La tercera estrategia, la “imaginaria”, se asocia al denominado teatro postdramático, y suele ser la más rica y atrevida en su exploración del espacio. A diferencia de las anteriores no parte del supuesto de que la realidad sea delimitable, ni que puedan diferenciarse el presente y el pasado, o que exista una frontera nítida entre verdad y ficción. En el teatro postdramático la realidad sería solamente una parte de algo más amplio, el mundo de lo posible. El recurso a lo imaginario tiende a suspender el orden simbólico de la calle. Ésta constituye un espacio ideal para rescatar las radiaciones del pasado todavía presente, o para imaginar un pretérito fantasmal. Un espectáculo de la sexta edición del TAC, X-Times People Chair, es un buen ejemplo de ese teatro. Angie Hiesl colgaba de las fachadas a actores de edad provecta que, ajenos al bullicio de la calle, se dedicaban a actividades tan cotidianas como afeitarse, hacer punto, leer, moverse al ritmo de una música inaudible, creando un espectáculo tan desconcertante como sugerente.

Un Proverbio de Leni Peickert quizás ayude a entender las claves de esa dramaturgia de lo imaginario: “Mientras en la cúpula del circo sólo hacemos como si pudiéramos volar, fuera de la carpa, como todo el mundo debería saber, podríamos volar realmente”, Alexander Kluge.

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*Enrique Gavilán es miembro del Jurado del TAC, profesor de Historia Medieval de la UVA e integrante del grupo Sagunto, de la Universidad de Valencia.

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