“Ejido de las ciudades / Composición del mar”. Miguel Marinas

Portada del libro

Portada del libro

“Ejido de las ciudades / Composición del mar”
MIGUEL MARINAS
Prólogo: Ildefonso Rodríguez
Varasek Ediciones, Colección Buccaneers, nº 9
Madrid, 2014.
Rústica 96 páginas
Precio: 12 € (papel + ebook)

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Reproducimos el texto leído por la poeta Olvido García Valdés durante el acto de presentación del libro “Ejido de las ciudades / Composición del mar”, de Miguel Marinas, que tuvo lugar en el Café Librería Molar (Madrid) el pasado 12 de junio de 2014.

Por OLVIDO GARCÍA VALDÉS

—No lo había hecho nunca, creo, y espero no aficionarme, pero voy a empezar citando dos versos míos, de Lo solo del animal: “por el corredor va el mirlo entre dos alas / a recogerse”. Traigo esa imagen porque me parece que describe lo que pasa en este libro: aquí hay dos libros y un solo impulso de escritura. Es por ese impulso por el que querría preguntarme. Es, en realidad, una pregunta que me acompaña siempre, la del lugar de la poesía; y en este caso, en concreto, cuál es el lugar de la poesía en el conjunto de la obra de Miguel Marinas.

Se conoce bien su trayectoria académica –Catedrático de Filosofía Política y Sociología en la Universidad Complutense, ha dirigido sus investigaciones hacia el ámbito de la sociedad del consumo, analizando su impacto en la conformación de la subjetividad y de la opinión pública; ha estudiado también los aspectos éticos y políticos del psicoanálisis en sus complejas implicaciones sociales–. Es bien conocida su actividad en revistas de pensamiento crítico como La balsa de la medusa, o El rapto de Europa, de la que fue co-fundador. Y es bien conocida su obra como ensayista; por citar algunos de sus títulos: La razón biográfica: ética y política de la identidad; La ciudad y la esfinge: contexto ético del psicoanálisis; El síntoma comunitario: entre polis y mercado;o aquellos de los que fue promotor y coordinador, como Lo íntimo y lo público: una tensión de la política europea o Lo político y el psicoanálisis: el reverso del vínculo, y el más reciente de los suyos, El poder de los santos. Valor político de las imágenes religiosas.

¿Y la poesía, cómo entra ahí? No lo he comentado con él, pero me parece que en su escritura, en su vida, la poesía es lo más antiguo; es también –si se puede decir así– raíz de todo lo demás; no el norte de la actualidad o la reflexión sobre el momento, sino el centro de lo que importa, que es el vivir, lo que guarda y cuida el vivir.

Marinas, tan generoso de natural, no lo ha sido en la publicación de sus poemas; antes de este libro, había aparecido Razón de duelo en Traviesas de poesía, o All kinds of love, composición para Inés Thiebaut musicada por ella misma. Y sin embargo, ya en 1986, en la mítica antología Todos de etiqueta, preparada por Tomás Salvador González, figuraba una selección de poemas suyos con el título “Guía de trashumantes”, que daría lugar al libro De transeúntes a trashumantes.

–– De transeúntes a trashumantes, Ejido de las ciudades, Composición del mar. ¿Desde dónde hablan estos poemas?

He estado releyendo hace poco un ensayo de Jameson que seguramente conocen, “La lógica cultural del capitalismo tardío”; es un texto que tiene ya treinta años, pero que los ha aguantado muy bien. En él se preguntaba Jameson qué sería lo sublime, aquella vieja categoría tan productiva, en un momento en que la naturaleza está siendo irremediablemente destruida, por lo que no puede ser ya lo otro de nuestras sociedades, como lo fue en un mundo pre-capitalista. Tampoco lo sería, a su juicio, la tecnología, más resultado del desarrollo capitalista, que causa primera en sentido estricto; la representación imperfecta de una inmensa red informática y comunicacional que podemos hacernos, no sería más que una figura distorsionada de algo más profundo, que es el sistema mundial del capitalismo tardío de nuestros días. Y es precisamente ahí donde halla Jameson lo sublime posmoderno, en esta nueva realidad de las instituciones económicas y sociales de la red global y descentralizada, una realidad inabarcable, amenazadora y solo oscuramente perceptible, opaca, casi imposible de concebir para nuestro entendimiento e imaginación, y de la que la tecnología resultaría un esquema de representación privilegiado.

Constata lo que hemos vivido, que la lógica del capitalismo avanzado ha disuelto la antigua esfera cultural autónoma en forma explosiva: como una inmensa expansión, hasta el punto de que en nuestra vida todo es ya cultura –desde los valores mercantiles y el poder estatal, hasta los hábitos y estructuras mentales de los individuos–. Ese nuevo espacio cultural ha abolido de tal modo las distancias, que algunas posiciones políticas se habrían desactivado, por ejemplo, las que se fundan en las nociones de negatividad, en la oposición y la subversión, pues todas requieren el presupuesto de una distancia crítica. Nos encontramos tan inmersos en esta nueva realidad, que parecería que no solo las formas contraculturales de resistencia, sino las intervenciones declaradamente políticas, se encuentran secretamente desarmadas y reabsorbidas por un sistema del que también ellas acaban formando parte. Y, sin embargo, a juicio de Jameson, sería precisamente este nuevo espacio global, desmoralizador y deprimente, el “momento de verdad”, y planteaba recuperar algo que el arte ya había venido utilizando, una estética de los mapas cognitivos.

Si una ciudad alienada es aquella cuyos habitantes son incapaces de construir mentalmente mapas, tanto respecto a su propia posición como en cuanto a la totalidad –y así ocurre hoy en los cinturones urbanos–; y si esta alienación espacial es, metafórica y literalmente, imagen de nuestra situación cultural, habría que recuperar algún modo de mapa, es decir, una capacidad práctica de orientación, dibujando pequeños mapas parciales e individuales que puedan reconstruir cierto territorio. Mapas cognitivos, simbólicos, que tuvieran presente aquella redefinición althusseriana de ideología como representación de “la relación imaginaria del sujeto con sus condiciones reales de existencia”. No mapas completos, desde luego, sino modestos itinerarios, imágenes de situación, que den cuenta del tránsito vital de alguien, de sus lugares y movimientos, su infinitesimal experiencia de vida, de su tiempo de vida.

Ese hilo brindado por Jameson, un planteamiento aparentemente tan de mínimos –la escritura, por ejemplo, cierto modo de entender la escritura como forma de resistencia, que es también un modo de resistencia política– es algo que siempre he compartido con la gente más cercana, muchos de los que hacíamos la revista El signo del gorrión, de la que Miguel Marinas estuvo muy próximo.

La poesía no busca la totalidad, mira desde muy cerca, su perspectiva es parcial y fragmentaria, pero tiene raíz, sirve para situarse y desde ahí orientarse. Pequeños mapas serían los poemas, rastros orientadores; ante todo, para quien escribe y, tal vez por serlo para quien escribe, puedan serlo para otros, pues la escritura solo por ensimismada es compartida. “El poeta no tiene biografía”, es verdad, pero yo siempre he pensado que el poema es un lugar raro en el que se guarda la vida.

Eso que proponía Jameson lo formulaba Marinas en el fragmento X de su libro Razón de duelo:

decimos las vueltas
que da la vida

un camino con recodos,
trocha entre jaras y avenas locas,
sendero con poca definición como para furtivos,
acotado por sebes, barbechos que crían yuyos y chatarra

las vueltas que da la vida no tienen mapa:
lo pintamos mucho más tarde
cuando ya no vemos carriles ni roderas

son las vueltas que da la lengua para nombrar el río quieto
con aguas siempre nuevas

Y lo matizaba en el XIII:

como si solo hubiera asidero
en el poder decir: rescatar el núcleo,
lo que va por debajo de las condiciones,

esto también perece y sin embargo
lo llamamos meollo, fondo
para que no lo toque lo que todo se lleva

Y lo clavaba en un verso del fragmento XIV:

solo la palabra alivia la pérdida

–– Literalmente, lo que hace Marinas en Ejido de las ciudades, es poner en movimiento la palabra, esa palabra que alivia la pérdida, “rescatar el núcleo, / lo que va por debajo de las condiciones”, trazar caminos, itinerarios: <de Toledo a Torrijos>, acota el primer poema; <Maqueda>, el segundo; y así, <de Navalcarnero al Alberche>, y hacia Portugal, <San Pedro de Moel>, playa de Vieira, el monasterio de Batalha, hasta Coimbra, y luego <Ávila>, <León>. León es origen y memoria –barrio de Santa Ana, proximidad del barrio del Ejido, plaza de Riaño–, pero la memoria busca ecos, huecos en los que se transustancian imágenes, casetones de Moncloa, Madrid en Moscú, la plaza del Sol en los grabados antiguos; y el <Sur> se hace porteño, con letra de tango y música de fuelle. Todo lo miran “los ojos abiertos, como flores, / del nómada”, la ciudad –las ciudades– leída como una piel, “barrio fundacional que nos contiene / como una madreperla de secano”, lo grande en lo pequeño, lo cerca en lo lejos: León es Nueva York, la familiar calle de la Muralla bien podría ser la Wall Street de los judíos holandeses de aquella vieja y Nueva Amsterdam.

Y en esa lectura del mundo, que es la del nómada (el trashumante, el emigrante), vemos la historia que se muestra, muro sin lamentaciones pero con deseo de conocer, de seguir conociendo lo que fue, un transitar de quienes se quedan afuera, extramuros –arrabales pasolinianos, banlieues parisinas–, un itinerario, de Toledo a Portugal, de Amsterdam a New Amsterdam, que bien pudieron seguir pasos de sefardíes expulsados o republicanos vencidos. Se trata de no olvidar, de ver cómo reverbera en el presente el dolor del pasado y el dolor del presente, la vida que fluye; un fluir de lo propio en lo colectivo –desde hace mucho sabemos que lo personal es político–. No se trazan los hilos, los caminos; se proyectan (cámaras de resonancia), se transmiten por ósmosis, por ecos que resuenan en cavidades de la memoria. Y hay una lengua que viene del habla, del decir comunal, y que adelgazada se hace lengua propia, ritmo propio que fluye, música de dentro, de los adentros, que viene con un pensar, con un sopesar afectivo de ese fluir en el que noche y día caben, en el que historia y sueños e infancia caben.

El lugar desde el que se habla y que llega hasta el título es ya una poética, una poética del ejido como alguna vez la nombró Antonio Gamoneda; incursiones aún del campo en la ciudad, que constituyeron la memoria infantil, modos de vida todavía no formalmente regulados por una economía capitalista; tierra de nadie, ya en la ciudad pero que la urbe aún no se ha tragado reduciéndola; una posición lateral, un mirar al trasluz, ver unas cosas en otras.

El libro se abre con el Oscuro, la buena sombra de Heráclito protegiéndolo, y se cierra –abriéndose a otro ámbito– con lo oscuro y sus sueños. Y en cierta forma –contradiciendo lo sabido–, el libro propone volver a bañarse en el mismo río, en ese que ya no está –corrió aguas abajo– pero que está aún, porque la vida y la historia se viven también en la memoria, y la vida con memoria, con historia es experiencia, y saber y bondad, la vida con memoria es desprendimiento. Saber de dónde somos –de qué barrio, de qué ejido– no es solo saber de dónde venimos –qué pasó, qué nos pasó, para que no nos pase–, es preguntarnos quiénes somos, como en los sueños, “¿quién anda ahí?”

–– ¿Y la otra ala del mirlo, Composición del mar? Parecería otra lengua; la naturalidad de Ejido vira en sus primeros fragmentos hacia un fraseo y percutir barroco (como si aquello de que las Soledades gongorinas se hubieran quedado en dos, le ocurriera también a este peregrino). Pero no, Composición del mar es muchas lenguas; está lo barroco abrupto y lo reflexivo que se devana y crece, se encrespa o amansa. Se busca la transparencia de las cosas, y está la alta noche y de nuevo los sueños, y la conciencia de que nada queda. Composición: de qué y cómo se conforma lo informe, y también componer: alisar, aderezar u ordenar. El mar llega en masculino, o como solo mar (amplio, abarcador), o la mar (cuando es casa, vivible). La mirada que lo contempla es la de los físicos jonios, filósofos que miran a la cara el mundo y lo piensan. Y una garganta “ya no anudada/ de lazo lírico” es precisa para cantarlo. Para dar cuenta de una fascinación: la del mar real inabarcable, incomprensible, innúmero, y la del mar de la cultura (ya la palabra contiene el mar de Grecia y el mar de Homero, el mar devorador de hombres y de barcos, contiene historia y destino, el mar sin fondo). Sin fondo es la lengua de quien lo mira, hueco y lleno de él, de esa presencia excesiva e intratable, o apacible, próxima. Oh mar, dice el poema, sus cuarenta y cinco latidos, y ese oh es un eco pura música, hecho de preguntas y canciones, como de niños, de asombro y júbilo y temor. Contiene sirenas y extravíos, contiene la muerte, resguarda secretos. “Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va”, parece decir.

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