Sobre objetos y palabras. Una exposición de Juan Carlos Uriarte

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Reproducimos tres textos que forman parte del catálogo de la exposición “Útiles Inútiles”, del artista leonés Juan Carlos Uriarte. La muestra que se ha desplegado en tres fases —en la Galería Espacio E y la Fundación Sierra Pambley— durante los meses de octubre, noviembre y diciembre, reúne más de una veintena de piezas. Sobre estos objetos transformados que cabalgan entre lo cotidiano y lo absurdo hablan Camino Sayago, Víctor M. Díez y Avelino Fierro.

¡Menudo pájaro!
(flauta de pico)

Por VÍCTOR M. DÍEZ

No es solo por darle al pico que uno rodea con su mente al objeto y se hace el dormido junto a él. ¿Esperando que despierte? ¿Por si suena la flauta? Aclara Cirlot, que el sentido profundo del símbolo flauta es complejo: dolor erótico y funerario a la vez, fálico por fuera, pero cuya expresión interna es femenina y le relaciona con el ánima. Pero, ¿y el pájaro? ¿Cómo fecundó el pájaro al objeto hasta hacerle de viento? ¿Le dio un pico? Sublimación y espiritualidad, también en el simbolismo del pájaro, en la jaulita que es todo símbolo. No obstante, el objeto siempre baja desnudo la escalera (desde Duchamp) y en su deshabillé descendente, muestra el oscuro ser que se reclama: —Yo soy un soplador, no para ser soplado—, parece decir. Y ¡fú! Deshace de un soplido, el desalmado, todo el cuento: Si pico, me mancho el pico y, sino, me muero de hambre. Todos, el hacedor, el que mira y el objeto, cayendo por una dulce escalera de color:

Agua, apaga la lumbre,
que la lumbre no ha querido quemar al palo;
el palo no ha querido pegar al lobo, el lobo no ha querido
comer a la oveja, la oveja no ha querido comer a la malva y la malva no
ha querido limpiarme el pico, que tengo que ir a la boda de mi tío Quirico..

Escalera arriba y escalera abajo, los objetos se dicen y desdicen fumigando el sentido; en un doble staccato de flauta: tu-ku, tu-ku, en un sonoro ostinatto de picapino. No despiertes, pájaro flauta, al artista que te mece en sus manos, que te acuna en un pecho de paloma. Ahora es mejor cerrar el pico.

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“La pipa que mece el viento”

(La pipa de kif)

Por CAMINO SAYAGO 

Una pipa estilizada sobre un sencillo pedestal de hierro descansa en una base de madera. Es la pieza más pequeña de esta colección ready made de Juan Carlos Uriarte, que ha titulado, con sorna e ironía, “Útiles inútiles”. Objetos de diverso origen que se ha empeñado en dar otra vida. Como esta humilde, etérea y evocadora pipa de kif, convertida en un poema de humo para no olvidar los recuerdos de salitre, de hierba verde y de madera de la India que empapan sus surcos.

Su historia se mece entre el azar y el aroma de las hierbas ibicencas. Rescatada para otra función que no es la suya, su insignificancia la hace aún más seductora. Guarda en su memoria de madera ríos de vida, reflexiones sicotrópicas, conversaciones interminables. Y a pesar de los años no ha enmudecido.

Emergió en la playa de una costa entonces casi desconocida, cuando el joven Uriarte se topó con ella. Estaba deslumbrado de cómo las olas del mar le devolvían el icono de toda una época, que ahora recupera como ilustre pieza de esta exposición. Corrían los sesenta, 1965. El artista, que todavía no sabe que lo es, coincide con la mítica banda británica Pink Floyd, cuando viajan rumbo hacia la isla pitiusa, Cada uno, si cabe la comparación, busca su ruta, los músicos la psicodelia con una incipiente tecnología electrónica, y el creador su punto de fuga donde fijar la atención, todavía entremezclado con la atractiva tiranía de los libros.

En aquellos años merodeaban por este territorio pocos curiosos, algunos famosos como Paul Getti o Jean Paul Belmondo y otros mas modestos atraídos por las playas vírgenes y el olor de un entorno rural aún sin explotar de sabinas, pitas y olivos. Todos ávidos de nuevas experiencias y nuevas formas de vivir. Quizás como los propietarios de esta pipa de kif, que conduce a las mareas de la literatura, a las bocanadas de huno de poetas, escritores y artistas. Desde el persa Omar Kheyyam en el siglo XI al Paris del XIX, con Gautier y Baudelaire; o al Tánger cosmopolita de los sesenta frecuentado por Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William Burroughs, Paul Bowles, Francis Bacon, o Truman Capote, deseosos por explorar otros mecanismos de percepción de la realidad .

Sin embargo el autor que mejor rinde tributo a esta pipa de kif del creador leonés es el soberbio Ramón del Valle-Inclán, que describió el efecto del cannabis en un peculiar poema bajo el mismo nombre y que posiblemente Uriarte haya leído o tenga en su inmensa biblioteca. El poema de Valle huele a cáñamo y este útil inutil exhala aíre, viento, humo invisible como el que envuelve a “The Piper at the Gates of Dawn”, el primer álbum de Pink Floid. A Marcel Duchamp lo encontramos detrás. Detrás, de detrás de la pipa.

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La Caja de la Discordia

(a Fust y Gutenberg)

Por AVELINO FIERRO 

A finales del otoño de 1735, Hinrich Brunsberg, que había estado paseando cabizbajo por el puente que une el Hoch y el Mittelschloss en el castillo de Marienburg, en la antigua Prusia occidental, contemplando cómo el viento arrastraba las hojas de los abedules por el lago inmenso que en otros siglos había servido de foso y a una bandada de alocados estorninos que se recortaba sobre el cielo color cereza de aquel atardecer, volvió a su celda.

Había tomado la decisión de abandonar sus estudios de filosofía y volver a su ciudad natal para seguir en el negocio familiar de orfebre. Mientras pensaba en ello, había mirado repetidamente sus manos, que eran hermosas y de dedos recios y suaves a un tiempo. Ese gesto mecánico, alejado de las volutas caprichosas del pensamiento abstracto, le había determinado a ello.

La estancia no era monacal, más bien pudo servir de lugar de descanso a algún privilegiado de la orden teutónica. Hasta la luz era aristocrática, servida al interior desde un alto friso geométrico de cerámica vidriada. La recorrió con detalle, algo que no había hecho en la rutina absorta de aquellos meses de estudio. En un pequeño altillo, en una hornacina disimulada tras un ventanuco ciego, encontró lo que parecía un pequeño códice.

Pudo observar que estaba impreso en Maguncia, en 1448, por Johann Fust, al que Hinrich recordó como socio de Johannes Gutenberg. Era un libro de música. Sobre los pentagramas estaban, impresas o escritas a mano, de manera delicada y bella, las notas del cantus planus. En otras hojas reconoció un psalterium y una pequeña colección de motetes. Pero al final del volumen le sorprendieron unas notaciones en caracteres desconocidos, y líneas y planos que parecían configurar un artefacto sin aparente utilidad.

Retrasó su partida, pero los días que el tratar de desentrañar el hallazgo lo retuvieron, ayudado por el maestro de capilla y un estudioso de la vecina Stratsund, no fueron fructíferos. Y las horas de estudio sólo sirvieron para provocar su inquietud, y quizá un vago temor.

La notación era singularmente burda, pero en aquella caligrafía repetitiva que quería ser musical rezumaba una incierta melodía. El musicólogo quiso aventurar que había similitudes con la grafía de la tosca cerámica de los galata, los hombres de gran cuerpo blanco, “habladores temibles”, según Michelet, que cultivaban los claros del bosque y eran adoradores de Esus, al que complacían colgando de los árboles cuerpos desmembrados. Pero nada habían dejado escrito; sólo los mitos que se mezclan con los de otros pobladores de la Gallia.

Esas leyendas dicen algo de una especie de aullidos sin estridencias, de lamentos, de sonidos que curaban a los animales, adelantaban las cosechas y detenían el hielo. Sólo los pronunciaban los más salvajes y obstinados, de rostro más oscuro, y el don perduraba a través de la sangre y de las aguas ferruginosas en algunos elegidos.

Sin que nadie viniera a interesarse después en él, el manuscrito se pierde en la Gran Guerra al derruirse en aquel ángulo oeste del castillo unos arcos de descarga.

De los aulladores ha hecho mención Rainer María von Rilke en sus escritos de juventud, en el diario de Schmargendorf, anotación del 3 de noviembre de 1899, en la que extrañamente precisa que son horas de la noche, de un silencio hondo y ancho, y los sigue tildando de acérrimos y salvajes, aunque, a veces, de corazón oprimido. Y también Franz Kafka, el funcionario que escribe hasta altas horas de la madrugada, en las notas previas a la redacción del coito de K. con Frieda en El Castillo, para describir la extrañeza y el extravío de los amantes en el mundo ajeno: einer Fremde… der Fremde… vor Frendheit. Explica que esas frases pronunciadas repetidamente pretenden desacelerar el tiempo del amor y otorgar al texto una cadencia nostálgica.

Lo que podía ser copia de los planos de la caja o máquina para emitir lamentos, o quizá el Verbo primigenio de los que nos decimos cristianos, apareció a finales del XIX en la pequeña biblioteca instalada provisionalmente en el refectorio de verano del gran maestre en Neustadt, en la vecina Polonia.Pero, sea por lo inexcrutable de los antiguos saberes o por el temor a despertar sonidos como aquellos que un día llegaron a derribar las murallas, nadie se había atrevido a construirla.

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