“El lugar en mí”, de Antonio Manilla / “Que su lugar fuera el lugar de su tierra”

Portada del libro.

Portada del libro.

El lugar en mí
ANTONIO MANILLA
Ed. Reino de Cordelia, Madrid, 2015.

Reseña de la última obra de Antonio Manilla (León 1967), titulada ‘El lugar en mí’, con la que el poeta y periodista leonés obtuvo XVIII Premio de Poesía Ciudad de Salamanca.

Por ELOY RUBIO CARRO
astorgaredaccion.com

Antonio Manilla (León 1967), poeta y periodista, ha publicado anteriormente ‘Una clara conciencia’, ‘Canción gris’, ‘Momentos transversales’ y ‘Broza’, y también ha sido galardonado con el Premio Luis Mateo Díez de relatos, el Francisco Valdés de Periodismo y los premios Emilio Prados y José de Espronceda de poesía.

El Prólogo se escribe en un largo poema ‘En un jardín plagado de quimeras’ (17), un paraíso o una trampa de difícil salida. La duda es motivo, se acude al ‘auspex’, se recuentan los dioses, los mitos del lugar, la desconfianza en todo futuro que desilusione las gestas que nunca fueron ciertas. Se engrandecen las hazañas hasta parecer galácticas: “Hemos visto urogallos en la aurora…”  y se finaliza con una duda que es un verdadero quebradero vital: “No sabemos si irnos o quebrarnos”. La salida se hará en bucle melancólico, uno de cuyos productos es este poemario.

Alegrías perdidas’ (109), el poema del Epílogo es una  rememoración de aquella Arcadia: “De todo aquello, ahora, nada queda / en pie: tan solo esta nostalgia que, / al cabo es otra forma de derrota: / la pálida memoria / de un tiempo ido.”

Pero también es la manifestación de que el pueblo y sus fastos y sus alegrías ya están en otra parte, como un modo de vida que queda en nosotros, en nuestro ser más recóndito. Todavía el fuego de aquella verbena en pos del cual intermitentes giramos.

Prólogo y Epílogo enmarcan un poemario que quiere contarnos el ciclo, un ciclo que contra toda vana esperanza comienza en el verano, para proseguir en orden natural, otoño, invierno, primavera. Se trata de poemas de factura sencilla, nunca crípticos y casi siempre simbolistas, en los que todavía conviven, a pesar de que en ellos se muestre la imposibilidad ya de hacerlo, el ciclo natural con el sucederse la vida humana.

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Comienza el ciclo veraniego añorando el rugir del torrente en primavera, siempre se añorará algo en estos poemas de añoranza del pueblo. Pronto parece hermanarse con Alberto Caeiro, un alter ego ‘guardador de rebaños’, un ensalzamiento ‘de la vida beata’, humilde, campesina, esperanzado a no tener esperanzas. En ‘Mundo revelado’ (29) la luz y la noche del verano se enzarzan en connivencia y se suceden sin alharacas, invisten todas las cosas sin querencia alguna, sin mala conciencia. Armonías al fin, equilibrio en la danza, mundo revelado en ese toma y daca. El verano se oculta inopinadamente como un fin de día, “…y, en su caída / tropieza una vez más el vasto e insomne sueño.”

Pierde el verano su pujanza y las sombras al principio exiliadas al corazón del bosque, “a las cuevas profundas, a los esquivos huecos, / a los velados pozos sin vislumbre…”, van equilibrando el día. Aquí a punto una inflexión, una inflexión de la vida. Queriendo velar su caída, la caída del sol y dar sentido a los viajeros de noche, prende un fanal en su morada. El campo sigue su curso, pero el escritor mantiene la  inesperada esperanza de que un “visitante soñado” llegara con puñal de fuego…

El otoño retiene como un desvaído espejo los días del verano, y en alianza con la memoria reencuentra días de pasados veranos. Se concibe el tiempo otoñal también como una resultante, una maduración de las estaciones precedentes, de vivencias previas. No vemos acontecimientos vitales importantes, sino ‘la vida la pasar’. Cabría decir también de estos poemas lo que dijera Blanchot de los filósofos existencialistas, “… que han tomado el exilio como patria… comprometiendo la realidad del hombre en una aventura que la convierte en enigma y pregunta.”

Asistimos a una ligazón íntima entre las estaciones del año en paralelo a las edades de la vida, por ello la Naturaleza se da en forma de paisaje, incluso los bramidos del arroyo transforman el grito de su origen boscoso en un lamento inteligible.

“Caminas por un mundo iluminado / por su cercano ayer / de mañanas sin fin”.

Esta antropomorfización lleva inmediatamente a la naturalización del ser humano, el otoño como anticipo y resistencia ante la vejez y la muerte.

Es la época de los frutos, en los que cabe saborear “esplendores en la sombra”, la sazón del verano. Se rememora y se proyecta, pero ya se anticipan las ausencias. La alegría del hallazgo de la madurez se asombra, se volverá de sombra cuando se vislumbren las ausencias, la de su padre, -a quien dedica el poema ‘Juro que estaba alegre’ (57)-. Las caricias puede que se den en el aire, la belleza del otoño contiene la melancolía del gran momento vital que fueron los veranos.

‘Fulgor’ (63) es un poema de engarce entre lo natural y la concreción humana de una vida. Referido al otoño, a la vida otoñal, enseña la sabiduría de la fugacidad, una reflexión sobre el tiempo, a medio camino entre el fulgor de la madurez y un futuro al albur de lo que se presiente “desfalleciente llama”. Trae a cuento el aporte de una juventud inconsciente y feliz para una vida entera. En ‘Sobre un tema de Attilio Bertolucci’ (49), “un detalle nimio invoca al todo” y “el visaje familiar /  que por azar recoge en el espejo” viaja en secreto enlace hasta la fulguración juvenil “que iluminó un instante / la vida entera.” La memoria hila y rehíla y reactiva el sabor originario y lo trae a cada paso en una vida que atesora su gran fundamento en una arcadia melancólica que cascabelea y brama y se repite con el regusto añadido de cada rememoración.

Ya en el umbral del invierno, tras negros heraldos, ‘Falsa esperanza’ (67) juega con ese modo evocativo, solo que ahora lo trae a la escritura, también el modo escriturario puede referirse a otro escrito anterior, también el texto tiene un pretexto y anticipa un texto futuro que retendrá a ambos. El Otoño que se enmarca entre dos luces queda en este escrito emporticado entre dos poemas ‘Fanal’ (45) y el mentado ‘Falsa esperanza’ (67). Se enciende una luz al principio del otoño, como una esperanza que al cabo aparece vana. ¿Es en la conciencia de esta imposibilidad donde se da esa espera? Tal vez se la tenga, pero no puede vivir en ella. La ilusión que crea el estallido de tan potente rayo es inevitable; ni aún sabiéndolo podrá evitar esa esperanza, bien que sea sin esperanza alguna.

En ‘Invierno’ se alternan imágenes invernales con otras de la vejez, ausencias de los padres y de los hijos que se van del nido. Pero en mitad de todas estas ausencias hay un refugio psicológico que proviene de haber aprendido a vivir en el lugar que cada cual lleva en sí. ‘El lugar  en mí’, el refugio, la familia y la casa aún en nuestra ausencia.

Se da en el invierno un paso más allá, se vuelve a ese ‘Lugar en mí’ a través de los hijos. Esa mirada es para los hijos solo juguete, evasión, tal vez canción, arrullo de los padres. El bramido de los montes en el arroyo que baja en primavera es un bramido mediatizado, tal vez demediado, sin el estallido vital en que golpea el rayo. Véase: ‘Presentación’ (81).

Esa esperanza al final del invierno se llama amor y no acaba de llegar, los silbidos que se escuchan son de viento en la evocación amplificada de las cicatrices de la casa.

¿Por qué la ‘Primavera’ viene al final si de forma natural parece un principio? Porque de aquella manera llegaríamos a un final en el que todo acabaría, y aquí llegamos a un final que siempre recomienza.

Fue en primavera donde se produjo la duda, la tentativa de dejar la vida rural atrás; se sopesaron sus deleites… Se argumenta al tiempo que se evoca: “La gota de rocío, / en la esfericidad perfecta, sobre la hoja de acanto: / escultura del mundo.” Un a modo de autorretrato en espejo convexo. El mundo todo el mundo en esa gota de rocío, el mundo y el reflejo del mundo en el mundo que surge en el reflejo, esa fue la tentativa desesperada de marchar llevándose también eso…

Este recomienzo permite recuperar aquellas golondrinas y a cuantos fueron precisos “para que yo esté aquí”; pero como en el autorretrato de ‘El Parmigianino’, es en esa imagen convexa donde caben todas esas vidas antecedentes, eso sí, en clave de Alberto Caeiro, que no es la de las cosas sin conciencia, sino la actitud melancólica de quien hubiera querido que su lugar fuera el lugar de su tierra.

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