Antonio Manilla: “Un poema es, siempre, un artefacto de ficción”

Antonio Manilla. © Fotografía: Eloy Rubio Carro / astogaredaccion.com

Antonio Manilla. © Fotografía: Eloy Rubio Carro / astogaredaccion.com

Hace unos días leía sus poemas en Veguellina, en la IX edición de ‘Poesía a orillas del Órbigo’, Antonio Manilla, que llegó muy hondo a los corazones del público asistente. Manilla ha publicado unos cuantos poemarios, de los que destacan ‘Canción gris’, ‘Momentos transversales, ‘El lugar en mí’ y ‘Sin tiempo ni añoranza’. Aprovechamos su paso por el Órbigo, del que es gran conocedor por su afición a la pesca, para hacerle una breve pero sustanciosa entrevista.

Por ELOY RUBIO CARRO
astorgaredaccion.com

—Has dicho o escrito en algún lugar: “Lo que soy ya lo he sido, lo que seré ya lo soy”. Tengo la impresión, luego de haber leído tu primer libro, ‘Una clara conciencia’, de que esto sucede también con tu poesía.

Te refieres a un poema mío y un poema es, siempre, un artefacto de ficción, es decir, un objeto o, mejor, un sujeto, en el sentido de que desarrolla una acción sobre quien lo lee o lo escucha, imaginario. Ese es el objetivo del poema: actuar sobre el lector. La técnica para alcanzar eso es varia y múltiple, permite muchas estrategias al autor, existen siglos de tradición detrás porque la poesía, como la música, inseparable de ella, es una de las artes de los primeros hombres, así que el poeta que conoce su oficio, de alguna forma, es al mismo tiempo Homero y un poeta del siglo XXV que tal vez llegue a inspirarse en él algún día. Pero sin olvidar nunca que es el lector y no el poeta quien tiene que estar en el poema, que el poema no es literatura en sí mismo sino que se hace literatura al ser leído. Es la parte de Misterio, de Transustanciación y de Arcano que hay en la poesía. El poema que citas lleva una cita de Juan Ramón Jiménez que tal vez responda a tu pregunta, en él se dice que «no somos presente sólo»

—En tú último libro, ‘En caso de duda y otros poemas de casi amor’, hay varios poemas en los que se muestra la impregnación de algún sujeto por aquello que ama. Esas posesiones no pasan desapercibidas a los seres sensibles: “El gato busca en mí tu compañía”. También el suceder deja sus huellas en algo efímero que guarda a perpetuidad. ¿Es tu poesía un intento de recuperación de esos instantes plenos, emocionados, la búsqueda de esas impregnaciones en las cosas?

—Seguramente sí, no tengo duda que en toda mi producción hay una veta elegíaca que no voy a negar y que, por supuesto, no rechazo. La conciencia de temporalidad es un atributo exclusivamente humano que se manifiesta a través de la percepción de cambio y devenir, al Tiempo le ocurre como a un río, que pasa y permanece, con nosotros y toda nuestra circunstancia flotando en él. La historia de cualquier vida es el relato de ese viaje inmóvil sobre unas aguas engañosas, que aparentan calma en superficie pero van a otra velocidad muy distinta bajo ella. Y las pulsiones esenciales de la vida de ese pasajero que cree ir viendo el paisaje, cuando lo que pasa es su propia existencia, son la nostalgia y la utopía. Elegía y futurismo, por lo tanto, son las dos opciones elementales, primarias, para cualquier escritor. Pero también hay que decir que la melancolía no existe sin la felicidad. Que la elegía, el canto de lo perdido, puede ser un recuerdo alegre.

—La ruralidad cantada en ‘Una clara conciencia’ es de despedida, de la juventud, del verano, de la vida rural. Tus poemas de ahora siguen hablando del tiempo que pasa, pero también de ese pasado que permanece, que posee las cosas. ¿Todo pasa y todo queda? ¿Cómo pasa y cómo queda todo eso?

—El Tiempo es uno de los temas fundamentales de la poesía, como lo es para el hombre. Borges decía que es la materia de la que hemos sido creados, resaltando así que somos la única especie animal que lo percibe, que tenemos plena conciencia de la dimensión temporal de nuestra existencia cotidiana. Fuera de eso, se sabe muy poco sobre el tiempo, porque estamos inmersos en él, quizá porque el tiempo no pasa sino que pasamos nosotros. Si pudiera contestar a tu pregunta, en fin, estaría aboliendo la teología y un par de ciencias. Lo que sí sabemos es que mediante la memoria el hombre encuentra un arma de oposición a él.

—¿Acaso la memoria de los momentos felices debe ser silenciada? ¿Acaso sería eso posible? ¿No hace esa memoria precisamente que la felicidad, a pesar o gracias al dolor de la ausencia, se multiplique?

—Efectivamente es así. En tu primera pregunta aludes a un poema que es la enunciación de un deseo tal vez utópico: no sufrir por la añoranza de un instante de dicha. La memoria puede cumplir ambas funciones: ser fuente de placidez o de desgracia, al rememorar la felicidad para siempre ida. Nadie está libre de ninguna de estas dos opciones, porque no tenemos pleno control sobre las emociones. Y mejor que así sea, al menos mientras seamos personas y no robots.

—¿Es tu poesía, como dijo José Enrique Martínez, “un imposible refugio contra el mundo”? Parecen palabras gastadas… ¿No serán esos poemas el rescate de lo que irremediablemente escapa y que quisiéramos siempre presente, una estrategia para protegerse de la muerte?

—Esa es una cita de un poema mío que hace José Enrique Martínez y creo que es una buena apreciación dentro de su contexto. Siempre decimos que son las palabras lo que se gasta y sufre erosión pero en realidad somos nosotros quienes vamos hacia la desaparición, adelgazándonos de sentido con los años, gastándonos como una poética o una estética que pasa de moda. Solo queda, si acaso, durante un tiempo, como bien dices, aquello que se salva a través de la memoria. Y la poesía es uno de los baluartes de la memoria, en muchas ocasiones más cierta que la propia historia. No cabe duda que la poesía también cumple cierta función de catarsis personal, pero descreo bastante de la poesía como acta de noches en vela o traumáticas experiencias, ese tipo de poesía primaria y casi espontánea que tanto abunda últimamente en redes sociales e incluso en poemarios superventas.

—En un poema que titulabas ‘Poética elemental’ dices saber que para hacer un poema habría que evitar muchas de las cosas que venías haciendo en aquellos poemas? Sin embargo en ‘Transparencia’, un poema muy posterior, incluido en ‘Momentos transversales’, proclamas absolutamente lo contrario, que es poesía todo eso que has venido haciendo. ¿Supone esto, más allá de la ironía, la aceptación de la obra propia?

—“Poética elemental” es un poema irónico, que cierra mi primer libro, exponiendo que no se debe hablar en los poemas exactamente de todas las cosas que habían ido apareciendo convocadas en los versos anteriores. Quizá no se apreciaba lo suficiente esa carga socarrona. Las poéticas, casi siempre, son una manera de eludir responder a la pregunta que exponen, es decir, cuál es la razón de escribir del autor, el alma de su quehacer.

—No puedo dejar de preguntarte por Leopoldo Panero. En el poema ‘L.P. con un álbum’ inunda la melancolía de lo pasado. ¿Por qué Leopoldo Panero para expresar esta verdad descarnada?

—Quizá por lo que te decía antes, porque la melancolía no existe sin la felicidad y la vida de Leopoldo Panero, sin ninguna duda el poeta más alto de los que llevan su apellido, fue un naufragio —fracasó en las cosas que más quería— lleno de momentos luminosos. Lo imaginé en sus últimas horas, contemplando un álbum de fotografías de su existencia, con nostalgia de unos días que seguramente, como nos ocurrirá a todos en algún momento de la edad, le parecerías ajenos.

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